Paolo Bacigalupi - La chica mecánica

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Premios Hugo, Nebula, Locus (Primera Novela) Y John W. Campbell Memorial 2010.
Bienvenidos al siglo XXII. Anderson Lake es el hombre de confianza de AgriGen en Tailandia, un reino cerrado a los extranjeros para proteger sus preciadas reservas ecológicas. Su empleo como director de una fábrica es en realidad una tapadera. Anderson peina los puestos callejeros de Bangkok en busca del botín más preciado para sus amos: los alimentos que la humanidad creía extinguidos. Entonces encuentra a Emiko… Emiko es una «chica mecánica», el último eslabón de la ingeniería genética. Como los demás neoseres a cuya raza pertenece, fue diseñada para servir. Acusados por unos de carecer de alma, por otros de ser demonios encarnados, los neoseres son esclavos, soldados o, en el caso de Emiko, juguetes sexuales para satisfacer a los ricos en un futuro inquietantemente cercano… donde las personas nuevamente han de recordar qué las hace humanas.

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– Bhirombhakdi estaba en los amarraderos, pero desde aquí solo se ven llamaradas.

– ¿Dónde estáis?

– En una torre de la Expansión, cerca de la carretera de Pharam.

– ¿Cuántos sois?

– Alrededor de treinta.

Kanya echa un vistazo a su grupo, abatida. Hombres y mujeres heridos. Hiroko reclinada contra un bananero destrozado, encendida como un farolillo chino, con los ojos cerrados. Tal vez muerta ya. Por un instante fugaz se pregunta si le importa la criatura o… Sus hombres la rodean, pendientes de ella. Kanya piensa en sus patéticas reservas de munición. Sus heridas. Son tan pocos…

La radio emite un chasquido.

– ¿Qué quiere que hagamos, capitana? -pregunta el teniente Apichart-. Nuestras armas no sirven de nada frente a los tanques. No podemos… -El canal se inunda de estática.

Una explosión retumba, ensordecedora, procedente del río.

El soldado Sarawut baja del árbol al que se había encaramado.

– Han dejado de bombardear los muelles.

– Nos hemos quedado solos -murmura Pai.

44

Es el silencio lo que la despierta. Emiko ha pasado la noche tumbada de cualquier manera, periodos de sueño interrumpidos por el retumbo de los explosivos y el chasquido de la artillería de resortes al liberarse. Los tanques recorren las calles quemando carbón con estrépito, pero la mayor parte de todo ello es algo lejano, las batallas se libran en otros distritos. Los cadáveres yacen abandonados en las calles, víctimas de los disturbios ya olvidadas en medio del marco del conflicto.

Un extraño silencio se ha apoderado de la ciudad. La única iluminación proviene de las pocas velas que titilan en las ventanas desde las que la gente monta guardia a medianoche sobre la ciudad devastada. No hay ninguna luz de gas encendida en los edificios o en las calles. La oscuridad es absoluta. Es como si se hubiera agotado el metano de la ciudad, o como si alguien por fin hubiera cortado el suministro.

Emiko se incorpora en medio de la basura, arrugando la nariz, asqueada por las cortezas de melón y las pieles de plátano abandonadas. Contra el cielo anaranjado por las llamas puede ver unas pocas columnas de humo, pero nada más. Las calles están desiertas. Es el momento perfecto para llevar a cabo su plan.

Se concentra en la torre. A seis plantas de altura aguarda el apartamento de Anderson-sama. Ojalá pudiera llegar hasta él. Al principio había esperado cruzar el vestíbulo a toda velocidad y buscar alguna manera de subir las escaleras, pero las puertas están cerradas con llave y hay guardias apostados en el interior del edificio. Su retrato es demasiado famoso como para arriesgarse a entrar sin más. Pero existe una alternativa.

Tiene calor. Un calor espantoso. El coco verde que encontró y machacó al comienzo de la noche ya no es más que un recuerdo borroso. Vuelve a contar los balcones que se elevan sobre su cabeza, uno detrás de otro. Hay agua allí arriba. Brisa. Supervivencia y un escondite temporal, si consigue llegar hasta él.

Un estampido resuena a lo lejos, seguido de explosiones diminutas como fuegos artificiales. Escucha. No es conveniente seguir esperando. Se encarama al balcón más bajo. Está protegido con rejas de hierro, igual que el siguiente. Trepa por ellos con facilidad, utilizando los barrotes como asideros.

Por fin se yergue en el tercer balcón, abierto, jadeando a causa del esfuerzo. El calor que no deja de crecer en su interior le produce un mareo. A sus pies, el empedrado del callejón la llama, tentador. Eleva la mirada hacia el saliente del balcón de la cuarta planta. Se prepara, salta… y es recompensada con un buen asidero. Trepa a pulso.

Una vez de pie en el cuarto balcón, se sienta en la barandilla y contempla fijamente el quinto. El calor fruto del esfuerzo físico es cada vez mayor. Respira hondo y salta. Engarfia los dedos. Se queda colgando sobre el vacío. Mira abajo y se arrepiente de inmediato. El callejón está ahora muy lejos. Se iza lentamente, jadeando.

El interior del apartamento está a oscuras. No hay movimiento. Emiko prueba la reja de hierro de la puerta de seguridad, encomendándose a la suerte, pero la llave está echada. Daría cualquier cosa por beber un trago de agua, por refrescarse la cara y el cuerpo. Inspecciona el diseño de la puerta de seguridad, pero no hay manera de forzarla.

«Un salto más.»

Vuelve al filo del balcón. Las manos son la única parte de su cuerpo que parecen sudar como las de una criatura normal, y ahora las siente como si estuvieran empapadas de aceite. Se las restriega una y otra vez contra la ropa, intentando secarlas. El calor provocado por el exceso de actividad física amenaza con devorarla. Se encarama al saliente del balcón, tambaleándose. Mareada. Dobla las rodillas para no perder el equilibrio.

Salta.

Sus dedos arañan el borde del balcón y resbalan. Cae a plomo, se estrella contra la barandilla de abajo. Sus costillas estallan de dolor cuando rebota y aterriza encima de unas macetas de jazmines. Otra llamarada de dolor, esta vez en el codo.

Se queda tendida, gimoteando entre los trozos de maceta y la fragancia nocturna de los jazmines. La sangre reluce negra en sus manos. No puede parar de sollozar. Tiembla de la cabeza a los pies. Arde con el esfuerzo de la escalada y los saltos.

Se incorpora con torpeza, acunándose el brazo lastimado, esperando que los ocupantes del piso se abalancen sobre ella, pero las luces permanecen apagadas al otro lado de la reja.

Emiko se pone en pie, se tambalea y se apoya en la barandilla del balcón, contemplando su objetivo.

«Chiquilla estúpida. ¿Por qué te esfuerzas tanto por sobrevivir? ¿Por qué no te tiras y mueres? Sería mucho más fácil.»

Se asoma al lóbrego callejón que está a sus pies. No tiene respuesta. Es algo que lleva en los genes, tan innato como su afán por agradar. Vuelve a auparse encima de la barandilla, haciendo equilibrios, doblando el brazo dolorido. Mira arriba y reza a Mizuko Jizo, bodhisattva de los neoseres, para que se apiade de ella.

Salta y alarga una mano hacia la salvación.

Sus dedos hacen presa… y vuelven a resbalar.

Emiko proyecta la mano mala hacia arriba y encuentra asidero. Los ligamentos de su codo se desgarran. Grita al sentir cómo se separan los huesos con un crujido. Sollozando, con el aliento atrapado en la garganta, tantea la barandilla con la mano buena. Se afianza. Deja que el brazo roto caiga y oscile como un péndulo, inerte.

Emiko cuelga de una mano sobre la calle lejana. Su brazo ha quedado reducido a una mera columna de fuego. Solloza en silencio, preparándose para volver a lastimarse. Emite un sollozo entrecortado y vuelve a extender el brazo roto. Sus dedos se cierran en torno a la barandilla.

«Por favor. Por favor. Solo un poco más.»

Carga el peso del cuerpo sobre el brazo. El dolor es incandescente. El aliento de Emiko se atasca en su garganta. Levanta una pierna, tanteando con el pie, buscando asidero, hasta que por fin consigue engancharlo en el hierro. Se aúpa a pulso, rechinando los dientes, llorando, renunciando a rendirse.

«Solo un poco más.»

Emiko abre los ojos. Una niña empuña la pistola con manos temblorosas. Mira a Emiko fijamente, aterrada.

– Tenías razón -musita.

Un anciano chino se asoma a su espalda con expresión sombría. Asomados al precipicio del balcón, observan a Emiko mientras esta cuelga sobre el abismo. Las manos de Emiko empiezan a resbalar. El dolor es insoportable.

– Por favor -susurra Emiko-. Ayudadme.

45

Las luces de gas del centro de operaciones de Akkarat se apagan con un chispazo. Anderson se incorpora en la repentina oscuridad, sorprendido. Hace tiempo que los disparos se han vuelto esporádicos, pero la escena se repite por toda la ciudad. Las farolas de gas de Krung Thep están apagándose, los puntos de luz verde se desvanecen uno a uno en todas las avenidas. Unas pocas zonas de conflicto titilan aún naranjas y amarillas con la madera WeatherAll quemada, pero el verde ha abandonado la ciudad, cubierta ahora por un manto negro tan completo casi como el del océano al otro lado de los diques.

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