Paolo Bacigalupi - La chica mecánica

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Premios Hugo, Nebula, Locus (Primera Novela) Y John W. Campbell Memorial 2010.
Bienvenidos al siglo XXII. Anderson Lake es el hombre de confianza de AgriGen en Tailandia, un reino cerrado a los extranjeros para proteger sus preciadas reservas ecológicas. Su empleo como director de una fábrica es en realidad una tapadera. Anderson peina los puestos callejeros de Bangkok en busca del botín más preciado para sus amos: los alimentos que la humanidad creía extinguidos. Entonces encuentra a Emiko… Emiko es una «chica mecánica», el último eslabón de la ingeniería genética. Como los demás neoseres a cuya raza pertenece, fue diseñada para servir. Acusados por unos de carecer de alma, por otros de ser demonios encarnados, los neoseres son esclavos, soldados o, en el caso de Emiko, juguetes sexuales para satisfacer a los ricos en un futuro inquietantemente cercano… donde las personas nuevamente han de recordar qué las hace humanas.

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40

El tanque les pilla a todos por sorpresa. Viajaban por una calle prácticamente desierta en un par de rickshaws enganchados a sendas bicicletas y, antes de darse cuenta, un bramido inunda el aire y un tanque irrumpe en la intersección frente a ellos. Está dotado de un megáfono que berrea algo ininteligible, tal vez una advertencia, y acto seguido la torreta gira en su dirección.

– ¡Escondeos! -grita Hock Seng mientras todos se apresuran a apearse de las bicicletas.

El cañón del tanque suelta un rugido. Hock Seng se tira al suelo. La fachada de un edificio se desploma, cubriéndolos de cascotes. Una nube de polvo gris flota sobre él. Hock Seng tose e intenta levantarse y alejarse gateando, pero el chasquido de un fusil hace que vuelva a aplastarse contra el suelo. La polvareda no le permite ver nada. Unas pistolas responden desde un edificio cercano, y el tanque dispara de nuevo. El humo se despeja ligeramente.

Chan el Risueño llama por señas a Hock Seng desde un callejón. Tiene el pelo y la cara cubiertos de polvo gris. Mueve los labios pero no emite ningún sonido. Hock Seng tira de Pak Eng y corren a ponerse a cubierto. La escotilla del tanque se abre con un chasquido y aparece un artillero blindado y armado con un fusil de resortes. Pak Eng cae con el pecho teñido de rojo. Peter Kuok se mete en un callejón y Hock Seng ve cómo se aleja corriendo. Se tiende en el suelo una vez más y repta entre los cascotes. El tanque vuelve a disparar, encabritándose sobre las ruedas de oruga. En algún lugar, calle abajo, estallan más pistolas. El hombre de la torreta se desploma hacia delante, muerto. El fusil resbala por el blindaje del tanque, que salta y gira con estrépito sobre las ruedas de oruga, rodeado de desperdicios y octavillas. Avanza hacia Hock Seng y acelera. Hock Seng se tira a un lado mientras el tanque pasa junto a él como una exhalación, bañándolo de escombros.

Chan el Risueño se queda mirando fijamente la retirada del vehículo. Dice algo, pero a Hock Seng todavía le pitan los oídos. Por señas, le indica a Hock Seng que se reúna con él. Hock Seng se levanta y, tambaleándose, se adentra en la relativa seguridad del soi . Chan el Risueño abocina las manos en torno a la oreja de Hock Seng. Su grito queda reducido a un susurro.

– ¡Es rápido! ¡Más que un megodonte!

Hock Seng asiente con la cabeza. Está temblando. Apareció de la nada. No ha visto nunca algo más veloz. Tecnología de la antigua Expansión. Y sus tripulantes parecían cabreados. Hock Seng pasea la mirada por los escombros.

– Ni siquiera sé qué estaban haciendo aquí. No hay nada que defender.

De pronto, Chan el Risueño suelta una carcajada. Sus palabras lejanas se abren paso a través del pitido en los oídos de Hock Seng.

– ¡A lo mejor se han perdido!

Antes de darse cuenta, Hock Seng se ha echado a reír a su vez, prácticamente histérico de alivio. Se quedan sentados en el callejón, descansando, sin resuello, riéndose por lo bajo. Hock Seng recupera gradualmente el oído.

– Son peores que los pañuelos verdes -dice Chan el Risueño, contemplando los destrozos-. Por lo menos con ellos se trataba de algo personal. -Hace una mueca-. Podías plantarles cara. Estos son demasiado rápidos. Y están demasiado locos. Fengle , hasta el último de ellos.

Hock Seng le da la razón.

– De todas formas, la muerte es la muerte. Preferiría no tener que enfrentarme a ninguno de ellos.

– Habrá que andarse con más cuidado. -Chan el Risueño apunta al cadáver de Pak Eng con la cabeza-. ¿Qué hacemos con él?

– ¿Quieres acarrearlo hasta las torres? -pregunta mordazmente Hock Seng.

Chan arruga la frente y sacude la cabeza. Reverbera otra explosión. A juzgar por el sonido, se ha producido a escasas manzanas de distancia.

Hock Seng levanta la cabeza.

– ¿Otra vez el tanque?

– No vamos a quedarnos a averiguarlo.

Reemprenden el camino calle abajo, pegados a los portales. Hay un puñado de personas en el exterior, con la mirada vuelta hacia el retumbo de las explosiones. Intentando ver de dónde procede el estruendo, qué está pasando. Hock Seng recuerda cuando él mismo se encontraba en una calle parecida hace tan solo unos años, la fragancia del mar y la promesa del monzón radiantes en el aire el día que los pañuelos verdes comenzaron las operaciones de limpieza. También aquel día había personas que miraban a todas partes como palomas, volviendo la cabeza hacia el sonido de la carnicería, inesperadamente conscientes del peligro que corrían.

Frente a ellos, inconfundible, el chasquido de las armas de resortes. Hock Seng le hace una seña a Chan el Risueño y se meten en otro callejón. Es demasiado viejo para estas payasadas. Debería estar reclinado en un diván, fumando una pipa de opio mientras una atractiva quinta esposa le masajea los tobillos. A sus espaldas, el resto de los curiosos que quedan en la calle continúan mirando fijamente en dirección a los sonidos de la batalla. Los thais no saben qué hacer. Todavía no. No tienen experiencia con la verdadera carnicería. Les fallan los reflejos. Hock Seng se adentra en un edificio abandonado.

– ¿Adónde vas? -pregunta Chan el Risueño.

– Quiero ver. Necesito saber qué está pasando.

Asciende. Una escalera, dos escaleras, tres, cuatro. Está jadeando. Cinco. Seis. Sale a un pasillo. Puertas rotas, calor asfixiante, el olor a excrementos. Otra explosión retumba a lo lejos.

Al otro lado de una ventana abierta se divisan estelas de fuego que trazan arcos en el firmamento crepuscular y atruenan a lo lejos. Las pistolas chasquean y repiquetean en las calles como los fuegos artificiales durante el Festival de la Primavera. Se elevan columnas de humo en una docena de puntos de la ciudad. Nagas enroscados, negros contra el sol poniente. Los amarraderos, las esclusas, el polígono industrial… el Ministerio de Medio Ambiente…

Chan el Risueño apoya una mano en el hombro de Hock Seng y señala con el dedo.

Hock Seng contiene la respiración. El arrabal de Yaowarat está en llamas, las chozas de WeatherAll explotan en una cortina de fuego que lo devora todo a su paso.

Wode tian -murmura Chan el Risueño-. No podemos volver ahí.

Hock Seng contempla fijamente el suburbio incendiado que era su hogar, horrorizado; todas sus gemas, todo su dinero en efectivo reducido a cenizas. La suerte es caprichosa. Se ríe con aire cansino.

– Y decías que yo estaba gafado. Si nos hubiéramos quedado, ahora estaríamos asándonos como cochinillos.

Chan el Risueño responde a sus palabras con un wai y replica, burlón:

– Seguiré al líder de Tres Prosperidades hasta los nueve infiernos. -Tras un momento de pausa, añade-: ¿Qué hacemos ahora?

Hock Seng apunta con el dedo.

– Seguiremos el Thanon Rama XII, y luego…

No ve dónde impacta el misil. Es demasiado rápido para los ojos humanos. Quizá un neoser militar hubiera tenido tiempo de prepararse, pero Chan el Risueño y él son derribados al suelo por la onda expansiva. Un edificio se desmorona en la acera de enfrente.

– ¡Da igual! -Chan el Risueño agarra a Hock Seng y lo arrastra hacia el refugio del hueco de la escalera-. Ya se nos ocurrirá algo. No quiero perder la cabeza para que tú puedas disfrutar del panorama.

Con renovada cautela, recorren sigilosamente las calles en sombra, avanzando en dirección al distrito industrial. Las calles empiezan a quedarse desiertas conforme los thais se dan cuenta de lo peligroso que es estar al descubierto.

– ¿Qué es eso? -susurra Chan el Risueño.

Hock Seng entorna los párpados en la penumbra. Hay tres hombres en cuclillas alrededor de una radio de manivela. Uno de ellos sostiene una antena por encima de la cabeza, intentando captar alguna señal. Hock Seng aminora el paso e indica a Chan el Risueño que lo siga mientras cruza la calle hacia ellos.

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