Paolo Bacigalupi - La chica mecánica

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Premios Hugo, Nebula, Locus (Primera Novela) Y John W. Campbell Memorial 2010.
Bienvenidos al siglo XXII. Anderson Lake es el hombre de confianza de AgriGen en Tailandia, un reino cerrado a los extranjeros para proteger sus preciadas reservas ecológicas. Su empleo como director de una fábrica es en realidad una tapadera. Anderson peina los puestos callejeros de Bangkok en busca del botín más preciado para sus amos: los alimentos que la humanidad creía extinguidos. Entonces encuentra a Emiko… Emiko es una «chica mecánica», el último eslabón de la ingeniería genética. Como los demás neoseres a cuya raza pertenece, fue diseñada para servir. Acusados por unos de carecer de alma, por otros de ser demonios encarnados, los neoseres son esclavos, soldados o, en el caso de Emiko, juguetes sexuales para satisfacer a los ricos en un futuro inquietantemente cercano… donde las personas nuevamente han de recordar qué las hace humanas.

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– No todos somos peligrosos -insiste Hiroko.

Kanya se encoge de hombros.

– El señor Yashimoto dice que nos serás de ayuda para encontrar a la asesina. Si es cierto, me vales. Si no, preferiría convertirte en esterilizante con el resto de la colección de estiércol diaria. Tu amo insiste en que nos serás útil, aunque no entiendo cómo.

Hiroko aparta la mirada y contempla las fábricas que se alzan en la lejana orilla.

– Me parece que has herido sus sentimientos -murmura Jaidee.

– ¿Son más reales sus sentimientos que su alma? -Kanya carga el peso del cuerpo sobre el timón para orientar el pequeño esquife hacia los embarcaderos. Todavía hay muchas cosas por hacer.

– Buscará un nuevo dueño -dice Hiroko de repente.

Kanya se da la vuelta, sorprendida.

– ¿A qué te refieres?

– Ha perdido a su amo japonés. Y también al hombre que regentaba el local donde trabajaba.

– Lo asesinó.

Hiroko se encoge de hombros.

– Da lo mismo. Se ha quedado sin amo. Debe encontrar uno nuevo.

– ¿Cómo lo sabes?

Hiroko le dirige una mirada glacial.

– Lo llevamos en los genes. Ansiamos obedecer. Que alguien nos dirija. Es una necesidad. Tan importante como el agua para los peces. Es nuestro elemento. Yashimoto-sama tiene razón. Somos más japoneses que los japoneses. Debemos servir dentro de una jerarquía. Tiene que buscar otro amo.

– ¿Y si ella es distinta? ¿Si no lo necesita?

– Lo necesita. No tiene elección.

– Igual que tú.

Los ojos negros de Hiroko se clavan en la capitana.

– Exactamente igual.

¿Hay un destello de rabia y desesperación en esos ojos? ¿O son simples imaginaciones de Kanya? ¿Se trata de algo que la capitana asume que debe de acechar bajo la superficie, el antropomorfismo de una criatura que no es humana ni lo será jamás? Bonito rompecabezas. Kanya vuelve a concentrarse en el agua y en su inminente llegada, inspecciona las olas que la rodean en busca de otras embarcaciones con las que deberá disputarse el espacio. Frunce el ceño.

– No me suenan esas barcazas.

Hiroko levanta la cabeza.

– ¿Vigiláis las aguas con tanto celo?

Kanya niega con un ademán.

– Me asignaron a los muelles cuando ingresé en el cuerpo. Redadas, control de importaciones. La paga era buena. -Estudia las barcazas-. Esas están diseñadas para el transporte pesado. Más que simple arroz. No veía…

Deja la frase inacabada. El corazón empieza a martillear en su pecho mientras contempla el avance de las máquinas, grandes bestias oscuras, implacables.

– ¿Qué sucede? -pregunta Hiroko.

– No son de muelles percutores.

– ¿Y?

Kanya maniobra la vela para dejar que la brisa fluvial tire bruscamente de la pequeña embarcación, alejándola así de la flota que está entrando en el puerto.

– Son militares. Todas son militares.

38

A Anderson le cuesta respirar bajo la capucha. La oscuridad es absoluta, sofocante a causa de su propio aliento condensado y el miedo contenido. Nadie le ha explicado por qué tenían que taparle la cara para salir del piso. Carlyle había despertado ya, pero cuando intentó protestar por el trato recibido, uno de los panteras le propinó un golpe en la oreja con la culata del fusil, abriéndole una herida, y ambos habían optado por guardar silencio y permitir que les cubrieran la cabeza. Transcurrida una hora, les indicaron que se pusieran en pie a patadas y los metieron en algún tipo de transporte que reverberaba con gases de escape. Militar, dedujo Anderson mientras le obligaban a subir a empujones.

El dedo roto cuelga inerte a su espalda. Si dobla la mano, el dolor es insoportable. Practica una respiración acompasada bajo la capucha, controlando sus temores y especulaciones. La opresión de la tela polvorienta le hace toser, y cuando tose, sus costillas envían punzadas de dolor al fondo de su ser. Respira tan despacio como le es posible.

¿Piensan ejecutarlo para dar ejemplo?

Hace tiempo que no oye la voz de Akkarat. No ha vuelto a oír nada. Quiere susurrarle algo a Carlyle, comprobar si están encerrados en la misma habitación, pero no le apetece que vuelvan a vapulearlo si resulta que hay algún guardia con ellos.

Cuando los bajaron del vehículo y los metieron a rastras en el edificio nuevo, ni siquiera estaba seguro de que Carlyle siguiera con él. A continuación montaron en un ascensor. Cree que descendieron al interior de algún tipo de búnker, aunque hace un calor espantoso en el lugar donde lo abandonaron. El bochorno es sofocante. La tela de la capucha le produce urticaria. De todas las cosas que desea, lo que más le gustaría es poder rascarse la nariz allí donde el sudor forma un reguero y empapa la tela, intensificando el picor. Intenta mover el rostro, alejar la tela de sus labios y su nariz. Si lograra aspirar una bocanada de aire fresco…

El chasquido de una puerta. Pasos. Anderson se queda paralizado. Voces amortiguadas sobre su cabeza. De improviso, unas manos lo aferran y le ponen en pie. Se le corta el aliento cuando zarandean sus costillas rotas. Las manos tiran de él, guiándolo por una serie de recodos y pausas. Una brisa le acaricia los brazos, un soplo de aire más fresco y frío, algún tipo de conducto de ventilación. Percibe una vaharada de salitre. Murmullos en tailandés a su alrededor. Pasos. Gente moviéndose. Le da la impresión de que están conduciéndolo por un pasillo. Más voces intermitentes, aproximándose y alejándose sin cesar. Cuando trastabilla, sus captores lo enderezan sin miramientos y lo empujan hacia delante.

Por fin se detienen. El aire es más fresco aquí. Siente la corriente de los sistemas de circulación, oye el traqueteo de los pedales y el chirrido de los volantes. Algún tipo de centro de procesamiento. Sus captores le indican a empellones que enderece la espalda. Se pregunta si será aquí donde piensan ejecutarlo. Si va a morir sin volver a ver la luz del día.

La chica mecánica. La puñetera chica mecánica. Recuerda el modo en que saltó del balcón, zambulléndose en la oscuridad. No parecía un suicidio. Cuanto más lo piensa, más se convence de que la expresión de Emiko era de confianza absoluta. ¿Será cierto que mató al protector de la reina? Pero si fuera una asesina, ¿cómo podría tener tanto miedo? No tiene sentido. Y ahora todo se ha ido al garete. Dios, cómo le pica la nariz. Estornuda, aspira el aire cargado de polvo del interior de la capucha, empieza a toser otra vez.

Se dobla por la mitad, tosiendo, con las costillas ardiendo.

Le quitan la capucha de la cabeza.

Anderson parpadea cuando la luz le clavetea los ojos. Agradecido, se llena los pulmones de aire fresco. Se yergue despacio. La habitación es espaciosa, repleta de hombres y mujeres con uniformes militares. Ordenadores de pedales. Bobinas de muelles percutores. Incluso un monitor de pared que muestra distintas imágenes de la ciudad, como si estuvieran en cualquiera de los centros de procesamiento de AgriGen.

Y vistas al exterior. Se equivocaba, no había bajado a ninguna parte. Había subido. La ciudad se extiende a sus pies. Anderson reorienta sus confusas percepciones. Están en una torre en alguna parte, una torre de la antigua Expansión. Desde las ventanas abiertas puede admirar la ciudad. El sol poniente esmerila el aire y tiñe los edificios de un rojo apagado.

También Carlyle está presente, aparentemente aturdido.

– Cielos, cómo apestáis.

Akkarat, de pie no muy lejos de ellos. Sonriendo con malicia. Dicen que los thais tienen trece clases de sonrisas. Anderson se pregunta cuál está viendo ahora.

– Habrá que meteros en la ducha.

Anderson empieza a hablar, pero lo interrumpe otro ataque de tos. Respira hondo, intentando dominar los pulmones, pero no deja de toser. Las esposas se le clavan en las muñecas mientras se convulsiona. Sus costillas son una maraña de dolor. Carlyle no abre la boca. Tiene la frente cubierta de sangre. Anderson no sabe si se habrá enfrentado a sus captores o si estos le habrán torturado.

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