John Darnton - Ánima

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Nueva York: un chico de trece años yace en la cama de un hospital con el cerebro dañado a causa de un accidente. Dos científicos se hacen cargo de su destino. Ambos médicos alcanzarán juntos un resultado que superará todas las expectativas de la ciencia médica.

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– Bien, ya veremos -dijo.

– Papá -la palabra incluía ahora un tono de queja-, lo prometiste.

– He dicho que ya veremos. Y ya es suficiente.

Sabía que su amonestación tenía mucho menos peso que hacía apenas un tiempo. Hubo una época en la que, cuando él decía «ya es suficiente», era realmente suficiente.

– Y también dijiste que podría sacarme el permiso de conducir y que, a los dieciocho años, podría saltar en paracaídas.

– Tal vez.

– No dijiste tal vez; dijiste que podría hacerlo. -Ya veremos. Y ya es suficiente.

Tyler frunció el ceño.

Scott se tomaba muy en serio las responsabilidades del padre único. Trataba de llevar un hogar normal, aunque no era una tarea fácil estando ellos dos solos. Se había mudado a Nueva York para evitar los viajes en tren. Esas horas adicionales eran realmente preciosas. Tenían un loft espacioso con bicicletas, bates de béisbol, zapatillas y objetos masculinos de toda clase. Al tener que cumplir doble turno como padre, Scott había dejado su carrera en segundo término. Para convertirte en un fotógrafo importante, como había sido su intención hacía muchos años, tenías que ser un trotamundos, debías tener siempre la maleta preparada junto a la puerta. Había aprendido a rebajar su ambición. No aceptaba trabajos fuera de la ciudad, participaba ocasionalmente en sesiones fotográficas con modelos, e incluso, que Dios lo ampare, preparaba carpetas de actores; lo que hiciese falta, para pagar el alquiler. Era lo bastante bueno como para que los editores de las revistas más importantes recurrieran a él cuando estaban entre la espada y la pared.

Tyler y él. Dos contra el mundo. Casi le halagaba la forma en que luchaba por construir un mundo de confort burgués para su hijo; pero sin una madre no estaba completo. Cada vez que veía a Tyler mirando algún programa en la tele en que aparecía una familia de cinco miembros, sentía que le daba un vuelco el corazón. Acudía solo a las reuniones con los profesores, a las obras de teatro en el colegio, a los partidos de béisbol en Central Para, sintiéndose fuera de lugar, como un «solterón». Todos los demás parecían estar emparejados, al igual que los animales que subían la rampa del arca de Noé, solía pensar. Cómo se henchía de orgullo su corazón cuando los amigos de Tyler iban a su casa a pasar el rato; hacía que todo pareciera, durante unas horas, felizmente normal.

Cuando lo llamaron para decirle que el avión en el que Lydia viajaba se había estrellado, sintió que su vida se partía en dos. Había llevado su pena a todas partes, como si fuese un saco de piedras, y sólo había podido superar el trance por su hijo. Al principio se negó siquiera a considerar la posibilidad de volver a casarse; le parecía una deslealtad. Habían estado casados poco tiempo y, sin embargo, habían llegado a formar un equipo perfecto, una unidad sólida. A ella le encantaba planear el futuro juntos, hablando de todo, desde la pintura para la casa de sus sueños (amarillo pálido, de madera, estilo colonial) hasta el número de hijos que tendrían (cuatro, quizá cinco). Ella lo había diseñado con tanta intensidad que no resultaba fácil volverle la espalda. Y entonces, cuando estuvo preparado para salir con otras mujeres, las cosas nunca funcionaron. Había tenido varias parejas, relaciones serias en algunos casos, pero ninguna parecía ajustarse a lo que él necesitaba. Se cuidaba de que durmiesen en la pequeña habitación que había en la parte trasera del loft, de modo que, cuando Tyler venía a remolonear como hacía todas las mañanas, siempre lo encontraba solo en la enorme cama. Era curiosa esa insistencia en mantener un código moral estricto; estaba seguro de que si Lydia estuviese viva, los dos se habrían mostrado mucho más liberales en cuanto a la educación de su hijo. Tarde o temprano, las mujeres se cansaban de competir.

Acabó el café y dejó la jarra de metal apoyada en el tronco.

Siete años, pensó, desde aquella llamada telefónica. Siete largos años. De alguna manera, había conseguido superarlo. Lo había hecho lo mejor que había podido. Y, a veces, como en ese momento, cuando miraba a Tyler, pensaba que lo había hecho jodidamente bien. – ¿Preparado para dormir? -preguntó.

Tyler asintió.

Se alejaron del fuego y encontraron un pequeño claro para extender sus sacos de dormir. Podían sentir el heno debajo. Los pies, con los calcetines de lana, estaban calientes dentro de los sacos. Cometa se tumbó a un par de metros con un leve gruñido.

En el cielo brillaba una media luna, suficiente luz para divisar el paso de una nube solitaria y extraviada. Luego el cielo se aclaró y se encontraron contemplando las estrellas.

– Papá, ¿podrías volver a señalarlas?

Ése era uno de los rituales que practicaban cuando se encontraban al aire libre. A Tyler le gustaba reconocer las constelaciones, pero en realidad quería algo más, algo que llegaba al final.

Scott comenzó a nombrarlas, guiando a su hijo de una a otra. La Estrella Polar, la Osa Mayor, la Osa Me nor, Casiopea. Cubrió toda la bóveda celeste que se extendía sobre sus cabezas. Y entonces llegó a la que ambos estaban esperando: Orión.

– Y allí, mira el cinturón. Y colgando del cinturón, están las tres estrellas pequeñas que forman su cuchillo. Ahora fíjate hacia dónde apunta.

Tyler lo hizo. Vio una pequeña estrella, solitaria, que brillaba intensamente.

– ¿La ves?

– Sí -contestó Tyler.

– Ésa es.

Scott recordó la primera vez que había encontrado esa estrella para Tyler y le dijo que era de su madre, y recordó también haberle explicado los versos sencillos que Lydia y él habían compuesto hacía muchos años, durante su luna de miel: «Por las estrellas de Orión, juro que eres mío/mía».

Recordó el momento en que se registraron en el hotel, firmando por primera vez como señor y señora.

Le emocionaba ver cómo le gustaba a Tyler escuchar historias de ambos.

– Papá, ¿recuerdas cuando me explicabas todas aquellas historias de Jingo?

– Por supuesto.

– Todas las noches una diferente. Jingo acababa peleando con gatos callejeros o cayendo por un viejo pozo o comiendo una hoja extraña y encogiéndose hasta hacerse tan pequeño como un saltamontes.

– Pero siempre llegaba a casa, a su cama, sano y salvo. -Una vez que pasaba a través de la pequeña puerta blanca.

De pronto, Scott tuvo la imagen de Tyler, muchos años atrás, acostado en su cama, debajo de la cabecera de madera tallada, la manta metida debajo de la barbilla, escuchando el relato con sus ojos marrones muy abiertos. Cómo le había gustado a Tyler aquel ritual. Y cuando fue un poco mayor le encantaba escuchar el comienzo de la historia, el resto lo recitaba solo, sin olvidarse jamás una sola palabra. Jingo frotaba la piedra mágica:

Y entonces sucedió algo muy extraño. Al principio sintió calor y luego frío. Y después el calor disminuyó y el frío también. Y, finalmente, se sintió bien.

Y cuando abría los ojos estaba delante de una enorme mansión blanca, «la casa de las mil habitaciones». Cuando Tyler se dio la vuelta para dormir, Scott deseó que la vida real pudiese ser así, siempre con un final feliz, incluso uno que se pudiese añadir por conveniencia, una pequeña puerta de salida para asegurarse de que todo estuviese bien.

Scott conducía por la autopista de Nueva York a velocidad de vértigo. Intentó reducir la marcha en dos o tres ocasiones para que no lo detuvieran por exceso de velocidad; no por temor a la multa, sino porque no creía que pudiese soportar la espera mientras el guardia la rellenaba. Pero su mente se disparaba hacia tantas direcciones diferentes que apenas podía concentrarse en la conducción. Cada vez que echaba un vistazo al cuentakilómetros, la aguja marcaba ciento treinta por hora.

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