– Guy confesó que sentía algo muy especial por mí.
– ¡Qué sabrá él!
La segunda característica más acusada de los espectadores era su incapacidad para ponerse en contacto con sus propios sentimientos.
– ¿Es que ellos no tienen la máquina omphaloscópica? -Nada de nada. Carecen de medios. Se ponen a recordar lo
que sentían cuando ya han dejado de sentirlo. Marcha atrás o en diferido, para que tú me entiendas. Mientras tanto, en directo, no tienen ni la más remota idea de lo que les está pasando. Lo hacen todo a mano, sin nuestras máquinas de mirarse el ombligo. Se aprenden canciones de memoria y las repiten en su cabeza hasta que se convencen de que sienten lo que diga la letra. Subrayan párrafos en los libros en cuanto creen reconocerse. Con un lápiz, apuntan en los márgenes: «¡Exacto!», «¡Gran verdad!», «¡Ahí le duele!» o "¡Justo lo que me pasaba a mí con Cristina». Cada equis meses, sin dar explicaciones, cambian de sitio los muebles. O cambian de costumbres, de horarios, de amigos y de amantes, sólo para ver si así aparece en su lugar otra persona: alguien a quien por fin puedan reconocer.
– ¿Ellos no se ven tal y como son ni saben lo que de verdad sienten?
– ¡Bingo! Les resulta imposible. Muchas veces por suerte para ellos.
Pasillo arriba, el banquero Yves de La Vachepourrie se acercaba carraspeando en francés.
– Recuerda, corazón. Number one: no saben quiénes son. Number two: utilizan las cosas para lo que no sirven -susurró sinópticamente Reina Zenaida, antes de añadir en voz alta-: ¡Bonyur, moncher Ifs. ¿Comandá-levú ce matan?
Visto por fuera, el hombre del pijama a rayas era un banquero de mediana edad, pero tal vez, por dentro, él se creyera un gran conversador o quizá pensara que su rasgo más característico era la timidez. ¿Y si se tuviera en el fondo por un sentimental?
Según su madre, eran capaces de cualquier cosa.
Yves de La Vachepourrie preguntó por Margan, la chacha ausente; se sirvió un vaso de zumo de pomelo y cerró la nevera de un portazo que dejó temblando los tetrabriks. No soportaba que nadie estuviera despierto antes que él (descontado el servicio), porque atribuía una indiscutible superioridad moral al simple hecho de levantarse más temprano que los demás.
Sin embargo, él parecía convencido de que su mal humor se debía, en parte, a la baja de las cotizaciones y, en parte, a la ausencia de la extremeña, que tenía la fea costumbre de desaparecer justo cuando más se la necesitaba.
– Voy a buscarla -se ofreció de inmediato la Princesa.
Salió al jardín apretando el paso, con un miedo hasta entonces desconocido hacia esos autoinescrutables telespectadores.
El maestro Carranza sufría el vértigo incurable del secreto.
Con él nada era lo que parecía. Siempre se guardaba un as en la manga para mostrarlo en el último instante y que los hechos conocidos se agruparan con un sentido inesperado (y con frecuencia opuesto al que tenían a primera vista).
Era como si le diera vueltas en la mano a un calidoscopio.
– Nada es casual. Todo encaja: ¡click! -repetía con cada giro de muñeca.
Para Rafa Ruiz se trataba del genio incomprendido del siglo, al historiador Ulizarna le inspiraba respeto que hubiera ganado en Salamanca (1963) a un hijo de don Miguel de Unamuno, Benito Vela aseguraba estar ante la cabeza mejor construida de Europa y al pobre Toni Maroto apenas le alcanzaba la voz para suplicar:
– ¡Haga usted de mí lo que quiera, doctor!
Con todos ellos había tenido la generosidad de compartir revelaciones, pues Carranza llevaba veinte años sintonizado con el más allá.
Todo comenzó el 2 de octubre de 1972, en el bar del hotel Tirol (Madrid), a las 3.05 p. m. en punto, cuando un haz de rayos lanzado desde un televisor en blanco y negro alcanzó la parte posterior de la cabeza de Carranza, que se encontraba en la barra, saboreando el segundo coñac Torres mientras veía el telediario reflejado en el espejo.
En el momento en que apareció la imagen de Bobby Fischer en la pantalla, dio comienzo la emisión radioactiva.
Concentrada en la nuca durante cuatro segundos, adquirió intensidad suficiente para traspasar el cráneo y alcanzar su hemisferio cerebral derecho, donde quedó depositada la noticia: él, Claudio Carranza von Thurns, doctor en Teología por la Universidad de Insbruk, ex Maestro Internacional FIDE, ex miembro del Anillo Analítico Lacaniano de Buenos Aires, ex presidiario en dos continentes; precisamente él, entre todos los hombres y mujeres de la tierra, había sido el seleccionado para recibir la revelación de la fórmula Omega.
Increíble, sí, pero cierto.
Salió del Tirol tambaleándose bajo el peso de la responsabilidad.
No tardó en comprender que, durante la masiva irradiación, un microrreceptor biológico de gran potencia había sido implantado en su bulbo raquídeo.
¡Caramba, le habían convertido en la antena humana!
Dos semanas más tarde apareció una verruga de sesenta y cinco milímetros de diámetro, parecida a una lenteja, en el punto exacto en el que el haz de rayos había atravesado la piel. Se trataba, naturalmente, de un localizador-vigía que señalaba su posición en radares remotos.
¡Caramba, caramba: resulta que también habían convertido su cabeza en un punto de luz intermitente, visible en la cuadrícula de pantallas desconocidas!
– Bip-bip…, bip-bip…, bip-bip… -comenzó a repetir según andaba por la calle.
Abandonó su casa de la calle Sicilia y se instaló en una pensión de la calle del Barco, para mantenerse a corta distancia del rascacielos de la Telefónica y facilitar las transmisiones.
En la federación reclutó a ese puñado de hombres dispuestos a todo, les tomó juramento y les advirtió que tuvieran paciencia, hasta que él recibiera noticias occipitales y supieran a qué atenerse.
Así fue como nació el Club Gambito de Dama, que se reunía en el Café de la Anunciación a esperar noticias de Los Ángeles.
Años después se sumó el último afiliado: Antonio Maroto.
Cuando regresó de París, un desconocido le entregó una octavilla en el metro.
Ajedrez. Club Gambito de Dama. Partidas ultra-hiperrápidas a pierdepaga (hostiblitz). Admisión: 200 pts Diagnóstico+pronóstico psiquiátrico instantáneos: 200 pts Prof Dr Carranza. Todas las noches. Café de la Anunciación,cl Víctor Hugo, 6.
Dejó el taxi en doble fila.
Detrás del futbolín estaban las mesas y, en la de la esquina, el tablero de Carranza dispuesto para los hostiblís, como él los llamaba, porque iban a toda hostia.
Don Claudio reconoció el papel fotocopiado: su último recurso para saldar la cuenta de coñac Torres contraída con Arturo, en la confianza de que jamás perdería ninguna partida, si jugaba con las blancas y no sobrepasaba el minuto.
– No vale, porque habría un proceso de pensamiento -respondía cuando le proponían más tiempo, alegando que lo suprimido de la conciencia sólo se reflejaba en el tablero a condición de mover sin pensar.
Antonio colocó sobre la mesa dos monedas. El Maestro bebió un sorbo, como si cogiera aire antes de bucear un largo de piscina; puso en marcha el reloj y movió peón cuatro rey.
El obeso taxista rechazó la tentación de la Siciliana, dudó entre Caro-Kahn y la Francesa y avanzó por fin peón cuatro rey, decidido a presentar batalla con la Española.
En el último instante, se acobardó y movió Cf6, transformándola en una prudente Petroff.
El historiador Ulizama y Rafa Ruiz, el embarrancado novelista, se dieron un codazo: era un empeño suicida. La Petroff proporciona a las negras una cómoda oportunidad de hacer tablas, pero con un desarrollo demasiado lento para un vertiginoso hostiblís.
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