Rafael Reig - La Fórmula Omega

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En una teleserie, los personajes secundarios organizan una revolución que obliga a los protagonistas hertzianos y catodios a exiliarse al otro lado de la pantalla, en Madrid, donde tendrán que enfrentarse al universo opaco de los telespectadores españoles. Siguiendo las instrucciones secretas que Bobby Fischer envía al Maestro Carranza, una organización criminal pone en movimiento su comando armado, dirigido por un taxista y compositor de problemas (no sólo de ajedrez) que tiene un propósito imposible: salir de sí mismo y conseguir entrar fuera. Cuando aparecen los primeros cadáveres la novela se precipita en un laberinto de amores prohibidos y persecuciones implacables que desemboca en la reglamentaria ensalada de tiros.
A través del humor, La fórmula Omega se propone forzar las posibilidades del género para lograr una novela diferente. Y, al mismo tiempo, una de pensar. ¿Qué es la fórmula? ¿Hay una verdad oculta? ¿Cuál es la verdadera naturaleza de lo real? Estas son las preguntas que se hacen unos personajes arrinconados entre la memoria y la esperanza.

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Daban ganas de esconderse, como los enchufes, por detrás de las patas de algún mueble.

El primer acontecimiento de su infancia sucedió cuando tenía nueve años y su padre le enseñó a jugar. Tuvo que ser a los nueve, no sólo porque aún vivían en Viriato 52, sino porque la improvisada afición de su padre se debía a la misma razón que tenía en vilo al resto del mundo: en la capital de Islandia, Boris Spassky defendía el título contra Bobby Fischer.

Después, hasta que se produjo el segundo acontecimiento, nada de particular.

Que él recordara, coleccionó cromos (sin acabar ningún álbum), leyó Hazañas Bélicas y más tarde mortadelos y tintines, jugó a decir misas, a los submarinos (con Ortueta, en un árbol que hacía de periscopio) y a la guerra termonuclear final; no consiguió tener anginas ni apendicitis, registró los cajones de todos los miembros de su familia y, antes de cumplir once, ya le ganaba a su padre.

El segundo acontecimiento tuvo lugar en Doctor Castelo, frente al Retiro. A los doce años encontró a su paso un obstáculo inamovible al que sólo pasado el tiempo se atrevió a dar nombre.

Era el amor.

¡El mayor peligro al que nos hemos enfrentado jamás!

Amor del bueno, como el que salía en las películas.

Ella tenía diecisiete, se llamaba Maribel y era su única hermana.

Capítulo 9 Les autres: mode d'emploi

– Quiero que me digas cómo vienen los niños al mundo. La Princesa repitió uno de sus mohines de impaciencia.

– ¡Por adopción, mami! ¿Es que te piensas que aún me chupo el dedo?

Chituca había cancelado su rabieta de dos horas de reloj a las 3.45 a. m., hora local a las afueras de París. A las 4.50 separó el rostro de la almohada y a las 5.17, a cambio de tres violetas imperiales (sus caramelos favoritos), accedió a trasladarse al boudoir para mantener con su madre una conversación de mujer a mujer.

– ¿Nunca oíste hablar de la reproducción biológica? -¿Qué cosa, mami?

– Estás mucho más pez de lo que me imaginaba.

Chituca sabía que el mundo de los telespectadores parecía idéntico, pero era en realidad muy distinto al de los hertzianos. Contaba con los resúmenes escolares acerca de su naturaleza. Conservaban un cerebro prehistórico, semejante al de los cocodrilos. El voluminoso córtex que caracterizaba a los hertzianos era en ellos una adquisición reciente. En términos evolutivos, una verdadera chapuza de última hora (apenas unos cien mil años). Por debajo, permanecía intacto el cerebro de un reptil del jurásico o del cretáceo, con el que los espectadores no tenían más remedio que intentar entenderse.

La conservación del paleocerebro tenía como consecuencia que ninguno de ellos fuera ni del todo bueno ni del todo malo, como en Venezolandia, sino que a menudo realizaban acciones positivas sólo para fastidiar y provocaban desastres con las mejores intenciones.

Más tarde, siempre repetían lo mismo: ¡ha sido sin querer! ¡Ha sido sin querer!, decían, como si hubiera sido el cocodrilo.

La Princesa había oído en el colegio que los espectadores no platicaban ni departían con la misma franqueza que ellos. Cuando alguien hablaba, no hacían caso, porque se ponían a pensar en lo que iban a decir a continuación; y si preguntaban algo, era sólo para saber lo que ellos mismos habrían respondido.

También sabía que al otro lado de la cámara nadaban entre dos aguas. No eran felices, pero tampoco lo contrario. Iban tirando, según decían.

Con razón sus vidas no merecían ser filmadas.

Aunque poseía esta información elemental de la EGB venezolandesa, ignoraba los espeluznantes detalles del día que le iba revelando su madre.

Demudada, agotado el repertorio de mohines, tuvo que recostarse en la chaise-longue, porque sintió vértigo al saber que utilizaban ciertos aparatos de sus propios cuerpos para obtener el mismo resultado al que en Venezolandia se llegaba a través de complicados actos jurídicos, en la mayoría de los casos de adopción de menores, o mediante fundidos en negro a continuación de un beso en el que nadie movía la lengua dentro de la boca de otra persona.

– ¡Qué tan corporal! -se estremeció -, ¡Aparatos genitourinarios en pleno siglo xx!

– Lo denominan el coito. Algunos secundarios también lo practican.

Eso se debía sin duda a la contaminación de su sangre. En Venezolandia sólo las superestrellas eran de origen hertziano o catodio puro. El resto de la población tenía diferentes proporciones de telespectador. Había unos pocos gallegos (prácticamente cien por cien telespectador) y un pequeño número de grandes actores de reparto (prácticamente cien por cien hertzo-catodios), pero la inmensa mayoría era mitad y mitad o café con leche, según el habla de la calle.

– ¡Resulta tan superordinario! Sólo con imaginar lo que hacen se me pone la carne de gallina…

– Ellos sienten placer. Bueno, eso dicen, por lo menos.

– ¡No te puedo creer, mami!

– Ven conmigo. Te prepararé un grog.

Reina Zenaida ordenó a la madrugadora servidumbre que se retirara y ella misma mezcló el cocktail, según la receta de la marina mercante: un decilitro de orujo de Liébana, dos cucharadas de coñac, media yema de huevo, azúcar al gusto, un golpe de marrasquino y canela en rama.

No lleva angostura, por insólito que parezca.

Calentó el reconfortante ponche en un cazo y lo sirvió en el bol del Pato Donald que la Princesa utilizaba para su ración matutina de copos de avena.

– Te sentará bien, pero sopla, que está muy caliente. Desde que se inventó el soplar, la que se quema es tonta.

– Pues parece que me quiero encontrar mejor.

– Lo que se propone LePoitard es coitarte, corazón. Se quiere coítar tu aparato.

– ¿El mío? ¿Pero es que se pueden efectuar coitos con nuestras vaginas ornamentales?

– ¡Ni por pienso! -negó S. A. R. con castizo gracejo -. A esos efectos, tú, como si no tuvieras. Es de adorno, sí, pero eso no lo sabe nuestro joven jinete. Además, aunque a ti no te valga de gran cosa, mi vida, una vagina sintética de cincuenta centímetros de profundidad es todo lo que necesita un espectador. ¡Más que de sobra para el tal LePoitard!

– ¿Querrá Guy fundar conmigo una familia?

– Lo dudo, chica. Se coitan entre sí por gusto. A veces, para expresarse, dicen, si no encuentran las palabras. -Entonces se propone declararme su corazón…

– Quia, quia -masculló Eeina Zenaida, sibilina y galdosiana.

– ¡Cuan oscuro hablas, mami! No te comprendo. ¿Quieres decir que sí o que no?

Quería decir que no.

De acuerdo con su experiencia (en su juventud, la entonces Princesa Zenaida mantuvo ciertos tórridos affaires fuera de la pantalla), la primera característica más acusada del telespectador medio era su tendencia al uso indebido. Utilizaban paralo que no servía todo aquello que se ponía a su alcance. ¿Aprovechaban acaso la naturaleza para constatar la presencia de un Dios omnipotente? ¡Qué va! En cuanto se encontraban en un incomparable marco se ponían a armar fogatas para cocinar paellas. ¿Se valían del dinero para repartir felicidad entre los más necesitados? ¡Ni muchísimo menos! Sólo lo querían para mirarse unos a otros por encima del hombro. ¿Se vestían con el fin de hacer visible su auténtica personalidad? ¡Ni hartos de vino! Seleccionaban la ropa movidos por el enigmático deseo de parecer diferentes de como eran. ¿Utilizaban sus aparatos para dar y recibir placer? ¡Vamos anda! Nueve de cada diez veces se intercambiaban coitos con cualquier otro propósito. La décima, sin motivo aparente. Se coitaban por razones que nunca se decían unos a otros: para no aburrirse, por el qué dirán, para hacer daño, por no seguir discutiendo…

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