Jose Abasolo - Nadie Es Inocente

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Un sacerdote, que en su juventud estuvo relacionado con la organización terrorista ETA, desaparece en compañía de una hermosa mujer tras apoderarse de una importante suma de dinero de su congregación. Para evitar el escándalo se encargará del caso otro religioso que antes de ordenarse había sido policía. El pasado de ambos, reflejo del pasado y presente de una Euskadi que se debate entre la violencia y las ansias de paz, condiciona de tal manera la investigación, que finalmente se convierte en un juego muy peligroso, donde lo importante no es la recuperación del dinero, sino el ajuste de cuentas entre los dos contrincantes. Un ajuste de cuentas que parece personal, pero que en realidad contiene la clave de la violencia que ha sufrido el propio País Vasco.
La trama se complica aún más cuando una mujer es asesinada y otra desaparece inexplicablemente. A partir de ese momento, se inicia una investigación paralela en la que se entremezclan policías de todos los pelajes con proxenetas sin escrúpulos y miembros de la Brigada Antiterrorista. Todo conduce a un desenlace soprendente que valida la frase: «Las cosas nunca son lo que parecen».

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»¿No dices nada? -preguntó Ansúrez comprobando que Vázquez permanecía en silencio-, ¿no sientes curiosidad por llegar al final del asunto? ¿O tal vez lo has adivinado ya? Si piensas lo que me imagino estás en lo cierto, tú siempre has creído que todo este asunto provenía de un intento de venganza y era cierto, sólo que te equivocabas de vengador. El padre Gajate era un infeliz al que engañamos fácilmente, yo, Antonio Ansúrez Galdós, soy el auténtico vengador. Tal vez para conseguirlo he hecho cosas innobles pero mi objetivo final era justo, acabar con la persona que asesinó a Alicia, a mi amada y adorada Alicia.

«Supongo que conocerás mejor que yo las peculiaridades del coronel Garrido, su absoluta indiferencia por todo lo relativo al sexo, posiblemente debido a alguna inclinación heterodoxa pero que, como militar que era, controlaba férreamente. La verdad es que nunca dio que hablar acerca de ello e incluso intentó cambiar radicalmente de vida cuando se casó pero tras el fallido embarazo de su mujer nunca volvió a hacer uso del matrimonio. Eso lo sé porque ella misma me lo dijo. La pobre Alicia pasó unos años muy malos culpabilizándose por la situación hasta que nos conocimos e intimamos.

»Tú sabes que desde que murió Carmen no he estado con ninguna mujer, salvo esporádicos escarceos con profesionales, pero con los hijos ya mayores y fuera del cascarón me sentía solo, terriblemente solo. Quizá nuestro encuentro fue el de dos soledades pero el caso es que nos enamoramos como dos chiquillos. Nunca hubiera creído que a nuestra edad pudieran revivir sentimientos que consideraba totalmente periclitados pero eso mismo fue lo que sucedió. Tal vez el hecho de ver próximo el final del camino nos hizo amarnos más apasionadamente si cabe pero, en fin, no quiero parecer demasiado almibarado así que concluiré en seguida. Yo amaba a Alicia, la mujer del coronel Garrido y, por tu culpa, ella murió así que te juzgué, te condené y en pocos segundos voy a ejecutar la sentencia. ¿Ya tienes todas las respuestas que querías?

– Más o menos, lo que no entiendo es por qué has tenido que matar a tanta gente inocente, no hubiera sido difícil pegarme un tiro en cualquier momento.

– Lo pensé pero eso no me garantizaba la impunidad que me puede garantizar el plan que he ideado. Además, matarte de un tiro es muy fácil, te mueres y se acabó todo, igual hasta vas a ese cielo que predicas en los sermones dominicales. No, amigo mío, no, nunca pensé ponerte fáciles las cosas, antes de morir tenías que saber que por tu culpa había muerto mucha más gente. Esas muertes caerán sobre tu conciencia tanto como sobre la mía. Además, ¿de qué serviría vengarse si el objeto de la venganza muere sin saber cuál ha sido el motivo? Es como cuando se le gasta una broma a un amigo, si no se da cuenta de que está haciendo el ridículo la broma pierde toda su gracia. Pero dejémonos de chacharas. He venido a matarte y eso es lo que voy a hacer.

La cabeza te duele terriblemente, como aquella vez en que de niño te tomaste tres sorbos de la botella de anís que guardaba tu madre en el armario, pero eso te alegra, si sientes dolor es que estás vivo, no has muerto como pensabas cuando, tras recibir el golpe, te sumergiste en una honda negrura. Y sin embargo, quizá fuera mejor estar muerto, ahora que has comprobado que eres un auténtico desastre, un verdadero muñidor de la mala suerte, no, de la mala suerte no, de la mala muerte, piensas haciendo un macabro juego de palabras.

Siempre has intentado evitarla pero al final siempre ha sido tu compañera, primero tu padre, luego tu hermano Mikel, Jokin, el alcalde de tu pueblo, siempre huyendo pero siempre vencido, siempre rodeado por sangre derramada violentamente. Y ahora esto, a pesar del dolor lo recuerdas todo con extraordinaria precisión, has sido como un muñeco que manejaban a su antojo, ¡y pensar que te ilusionaba la idea de tener un hijo con María Luisa!, no se puede ser más necio ni más ingenuo.

Con un gran esfuerzo de voluntad, ya que parece que la cabeza te va a estallar de un momento a otro, gateas hasta acercarte a la joven que ha traído el Sebas y le tomas el pulso aunque no hay pulso, una idea se abre paso en tu cabeza a despecho del dolor, la joven está muerta, la han matado, no sabes si directamente o por omisión pero está claro que la han matado, tal vez si hubieras sido más listo habrías podido evitarlo, o tal vez no, pero ya da igual, estás en la habitación con su cadáver y ni siquiera tienes la fuerza suficiente para que de tus ojos broten unas lágrimas de piedad. Y si lloraras, lo sabes, llorarías por ti, por tu vida, siempre a merced del viento, siempre a remolque de los acontecimientos y siempre eligiendo la postura errónea. Quizá debieras haber hecho caso a tu padre pero seguiste los pasos de tu hermano, quizá nunca hubieras debido ordenarte sacerdote pero fuiste incapaz de negarte a la petición acongojada de tu madre, quizá nunca debieras haber oído los cantos de sirena de esa mujer pero para una vez que vislumbraste otro tipo de vida era una trampa en la que caíste como un pardillo. Siempre te has considerado básicamente bueno pero el infierno, recuerdas, está empedrado con buenas intenciones y tú eres uno de los operarios que con más ahínco ha colaborado en asfaltarlo.

Ahora, aunque algo tarde, comprendes que el padre Vázquez no era tu enemigo o que, por lo menos, no lo era como lo hubiera sido hace un montón de años, posiblemente a él le han manipulado del mismo modo que a ti, posiblemente no ha tenido otras opciones en la vida; pero es demasiado tarde para preguntárselo aunque le estés oyendo hablar, alucinaciones seguramente pero no, no son alucinaciones, aunque el dolor no se ha disipado está haciendo sitio a otras sensaciones y poco a poco estás recobrando la plena consciencia. El sentido del oído vuelve a manifestarse al cien por cien y escuchas sin dificultad la conversación que está teniendo lugar en el salón, entendiéndolo todo, asimilándolo todo, Emilio Vázquez y tú sólo habéis sido dos comparsas en un mezquino juego de dinero y venganza, dos estúpidas marionetas que habéis bailado al son que os tocaban y de repente ya no dudas, de repente surge de tu interior una fuerza hasta el momento inédita y plenamente sereno, sabiendo a lo que te expones entras en el salón y sin atender la voz de alto que te da ese hombre desconocido que ha sido el causante de los últimos sucesos te abalanzas sobre él intentando arrebatarle la pistola, pero antes de que lo consigas notas una quemazón en tu tripa y adivinas más que ves cómo la sangre derramada brota, ensuciando la moqueta y acabando con tu vida, con esa vida que has desperdiciado miserablemente. Y de repente te sientes feliz, extrañamente feliz, por fin tus sufrimientos han acabado y entras en un túnel luminoso, como los descritos por las personas que han sufrido experiencias cercanas a la muerte, los científicos no se ponen de acuerdo, unos dicen que no es sino una hormona que produce alucinaciones y otros que es real, pero a ti eso te importa poco porque al final del túnel acabas de ver a tu padre, que te saluda sonriente, y te diriges hacia él.

La brusca irrupción en el salón del padre Gajate pilló de improviso tanto al comisario Ansúrez como a Emilio Vázquez y su acometida contra el policía, por inesperada, trastocó los términos de la reunión. Sacrificando su vida Ander Gajate acababa de salvar la de Emilio Vázquez. Era irónico, pensó este último. Una de las razones por las que había ocurrido todo era el deseo de venganza del padre Gajate y ahora éste impedía, a costa de su vida, que otra persona llevara a cabo su propia venganza. Todo esto lo pensó mientras aprovechando el barullo que se había formado conseguía arrebatar la pistola al comisario. Cuando éste se levantó las tornas habían cambiado.

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