Jose Abasolo - Nadie Es Inocente

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Un sacerdote, que en su juventud estuvo relacionado con la organización terrorista ETA, desaparece en compañía de una hermosa mujer tras apoderarse de una importante suma de dinero de su congregación. Para evitar el escándalo se encargará del caso otro religioso que antes de ordenarse había sido policía. El pasado de ambos, reflejo del pasado y presente de una Euskadi que se debate entre la violencia y las ansias de paz, condiciona de tal manera la investigación, que finalmente se convierte en un juego muy peligroso, donde lo importante no es la recuperación del dinero, sino el ajuste de cuentas entre los dos contrincantes. Un ajuste de cuentas que parece personal, pero que en realidad contiene la clave de la violencia que ha sufrido el propio País Vasco.
La trama se complica aún más cuando una mujer es asesinada y otra desaparece inexplicablemente. A partir de ese momento, se inicia una investigación paralela en la que se entremezclan policías de todos los pelajes con proxenetas sin escrúpulos y miembros de la Brigada Antiterrorista. Todo conduce a un desenlace soprendente que valida la frase: «Las cosas nunca son lo que parecen».

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Unos días después llamé por teléfono a Julio Blanco Rodríguez, un empresario bilbaíno desconocido para el gran público pero cuyos tentáculos abarcaban gran parte de las finanzas no ya vascas sino españolas y europeas engeneral. Sin necesidad de entrar en pormenores le expliqué que estaba en una lista que se había encontrado a un activista de ETA detenido y que aunque no parecía que fuera a sufrir un atentado de modo inminente le rogaba que accediera a tener una entrevista conmigo. Así mismo le pedí que la mantuviera totalmente en secreto.

– Por esta conversación no se inquiete -le dije-, ya que me he preocupado previamente de que no se pueda intervenir, pero le ruego que no se vaya de la lengua, por su bien y por el nuestro.

Esa misma noche, sin darles tiempo para que me prepararan ninguna jugarreta, avisé al teniente Rica y, a través suyo, al coronel Garrido de los términos de nuestra entrevista. Para que todo pareciera natural la posible víctima no debía cambiar en nada sus hábitos. Todos los jueves iba a cenar con su mujer a un conocido restaurante bilbaíno. Era al parecer una costumbre que mantenían desde la época de su noviazgo y que muy pocas veces, por viaje o enfermedades, habían roto. Aunque la mayoría de las veces cenaban solos no era extraño que de vez en cuando se sentaran a su mesa, siempre la misma, algunos amigos a los que previamente habían invitado a compartir con ellos cuchillo y mantel. El teniente Rica estuvo de acuerdo conmigo en que el local era discreto y que, aun en el caso de que otras personas les vieran, nadie tendría por qué extrañarse de la cita. Los invitados serían diferentes pero la situación reproduciría la de cualquier jueves.

La cena solía empezar a las nueve de la noche y a las nueve menos cinco de un poco ostentoso Mercedes salían don Julio Blanco Rodríguez y señora que, mientras el vehículo conducido por su chófer particular se alejaba, entraban como todos los jueves en el local. Muy poco después, a las nueve menos tres minutos, otro vehículo se detenía frente a la puerta del restaurante y de su interior surgieron las figuras del coronel Garrido y del teniente Rica, así como la mujer del primero. Por lo que podía comprobarse el coronel había decidido dar más verosimilitud a la reunión llevando a su propio cónyuge.

Aquella noche todo el mundo fue extremadamente puntual, incluso los terroristas. A las nueve y diez un comando irrumpía en el local y tras conseguir fácilmente que todos los asistentes se paralizaran llenos de pánico, se acercaron a la mesa en la que estaban tranquilamente sentados el industrial y sus contertulios, esperando al último invitado, un comisario de policía llamado Emilio Vázquez, y les ametrallaron brutalmente. No fueron necesarias muchas ráfagas para acabar con las vidas de los cinco comensales, que se desplomaron como muñecos de guiñol a los que se les hubiesen cortado las cuerdas. En el fondo eso es lo que eran, ni más ni menos.

Tan sólo una cosa había cambiado con respecto al plan de los terroristas. Aquella noche, cuando salieron del restaurante, un contingente policial que se encontraba bajo mis órdenes les estaba esperando. Sin perder el tiempo en darles una absurda voz de alto disparamos contra ellos, matándolos a todos en menos tiempo que el que ellos habían utilizado para hacer lo mismo con el empresario y sus invitados. La operación apenas duró unos segundos pero según declaraciones a la televisión de los testigos presenciales, parecía que había sido eterna.

Minutos después el juez de guardia ordenaba el levantamiento de los cadáveres, nueve en total, y yo me dirigí al Gobierno Civil para preparar, junto al gobernador, el borrador de un comunicado así como la posterior rueda de prensa que tendría lugar. A la opinión pública se le informó de que el objetivo del comando terrorista era tan sólo el señor Blanco Rodríguez y que, por una desgraciada casualidad, se encontraban comiendo con aquél dos importantes miembros de la Guardia Civil a los que se les concedió, a título postumo, la medalla al mérito militar. Casualmente, un contingente policial se hallaba en las cercanías del lugar del atentado, dedicado a menesteres muy diferentes, cuando al tener rápida noticia de lo sucedido se desplazó hasta el restaurante llegando tarde para evitar el atentado pero consiguiendo localizar a los terroristas. Por desgracia, en el tiroteo que se produjo al verse descubiertos los asesinos, murieron todos, no quedando vivo ninguno de ellos. La actuación policial se había ajustado en todo momento a la legalidad y así lo corroboraban las primeras diligencias judiciales y forenses.

La versión que recibió el gobernador y que con buen criterio decidió no hacer pública era diferente. El comando asesino había sido detectado hacía tiempo por efectivos de la policía a mi mando pero el coronel Garrido me quitó el caso de las manos alegando que él y sus hombres estaban más capacitados y preparados para culminarlo felizmente. Ciertos documentos que aparecieron en su despacho y que había introducido en unas carpetas preparadas al efecto el teniente Daniel Arroyo, un antiguo hombre de confianza de Garrido postergado tras la ascensión del teniente Rica y que, por dicho motivo, no puso objeción alguna a colaborar conmigo, avalaba esa versión. Mis hombres y yo habíamos sido, según la misma, marginados del caso y tan sólo por un golpe de suerte pudimos llegar, desgraciadamente tarde, a la escena del crimen. Fue ésta la que se impuso entre las altas esferas, aceptándose sin duda alguna, acrecentando de rebote mi prestigio y consolidando el apoyo que tenía por parte de los mandos del Cuerpo Nacional de Policía dedicados a la lucha contra el terrorismo.

La auténtica versión, la que nunca se publicó ni llegó a oídos de los jerarcas del ministerio sólo la conocía yo, porque todo había transcurrido de acuerdo a lo por mí planeado, como homenaje a las enseñanzas que había recibido en su momento del bueno de Julián Sánchez. La verdad es que yo sabía que el atentado estaba previsto para ese día, a esa hora y en ese lugar, y que envié al coronel Garrido y a su teniente al matadero. La muerte de la esposa del coronel no estaba prevista pero, como solía decirme Julián en los buenos tiempos, novato, las cosas son como son y no hay que darle más vueltas o se nos reblandecerá la sesera. Sin embargo, pese a los sabios consejos de mi añorado compañero, la sesera se me reblandecía por momentos.

No se trataba de que cual Pablo de Tarso camino de Damasco en su caballo viera repentinamente la luz, no. Yo llevaba muchos años haciendo un tipo de vida y un trabajo a los que me había acostumbrado y que, en cierto modo, me satisfacían pero era igualmente cierto que de vez en cuando algunas experiencias me hacían rememorar hechos del pasado que me inquietaban, incluyendo la lucha interior entre los dos destinos que me ofrecía mi padre, la milicia y el sacerdocio.

Los dos se habían truncado por la intervención traidora y ruin de Garrido y a causa de ello había encaminado mis pasos hacia la labor policial, con los resultados conocidos. No todo era culpa de Garrido, eso es cierto, hay muchos policías totalmente honrados y muy pocos que hayan seguido mi camino, pero incluso aceptando esa premisa Garrido seguiría estando en mi punto de mira. Quizá si no hubiera conocido gracias a él la maldad y la traición no las habría tomado como mis más constantes compañeras.

Con la muerte -o el asesinato, las palabras no importan- de Garrido había cerrado impensadamente un ciclo. Conocer a Garrido había cambiado mi vida, parecía lógico que su muerte, producida en gran parte gracias a mi intervención, significara algo en mi existencia. El círculo se había cerrado pero después de los años transcurridos ya no estaba en el mismo punto de partida. A veces había pensado qué habría ocurrido si no hubiera conocido a Garrido pero en seguida me olvidaba de ese pensamiento, recordando lo que solía decirme Julián cuando me entregaba a ese tipo de elucubraciones.

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