Lorenzo Silva - La Sustancia Interior

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En un país indeterminado, en una época tampoco especificada, un extranjero llega a una catedral en construcción para tallar la sillería del coro. Allí, entre andamios, herramientas, albañiles y capataces, descubre una compleja organización, gobernada por oscuros personajes, que convierten la complicada tarea de erigir el templo en un instrumento para otros fines. Poco a poco, el extranjero se va adentrando en los desconcertantes entresijos de una intriga que desembocará en un final sorprendente. A medida que se desarrolla la trama, descubrimos un mosaico de caracteres fascinantes, y asistimos a una conmovedora historia de amor.
Novela de intriga y de ideas a un tiempo, La sustancia interior es una obra que se desarrolla a varios niveles y permite diversas lecturas, mostrándonos un registro más profundo y poco conocido del autor de El lejano país de los estanques.
Las intrigas y pasiones que rodean la construcción de una catedral son el telón de fondo sobre el que se desarrolla la historia de la lucha interior que todo hombre lleva consigo.

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Bálder no supo qué contestar a aquella abrupta observación. Afortunadamente, Ennius no parecía contar con que lo hiciera. Miró un poco por el ventanal y añadió:

– Ya estoy al tanto de lo que viene a hacer. Ahora hábleme de usted.

– ¿De qué parte? -bromeó Bálder, desorientado. -De la que juzgue más conveniente que yo sepa.

– Bien, compruebo que no hace falta que le diga de dónde vengo -aventuró el extranjero-. Llevo diez años haciendo mi trabajo, encargos religiosos y alguno profano, pero sobre todo religiosos. Mis referencias ya se las facilité al Arzobispo por carta, y de la suya encomendándome el trabajo deduzco que le resultaron suficientes y adecuadas.

– No he puesto en duda su capacidad -observó Ennius, abúlicamente.

– Tampoco quiero sugerirlo. No sé qué más le puedo contar.

– No parece un hombre con demasiadas facetas, si me permite decirlo, Bálder.

– Es posible. Quiero hacer el trabajo y creo que puedo hacerlo mejor que otros. Le ruego que no me considere un impertinente, pero no se me ocurre qué más podría interesarle de mí.

Ennius dejó, tal vez deliberadamente, que una nube de disgusto flotara en su gesto. Bálder supuso que ya había cometido la equivocación que el capataz había vaticinado y temió que el canónigo se pusiera en pie y le echara del palacio. Pero Ennius cambió pronto aquella expresión por una amplia sonrisa, que se abrió despacio bajo su barba sin brillo.

– Quizá necesitemos más. Aunque pueda parecerle lo contrario, no es lo mismo construir una catedral que construir cualquier otro tipo de edificio -le ilustró, con indulgencia-. Los edificios se erigen normalmente en función de su finalidad, es decir, del uso que se pretende darles. La catedral, esta catedral, tiene como razón fundamental la propia obra. Cuando esté terminada, si por desgracia llega a estarlo, tendrá una utilidad muy reducida. Resultará fría y poco habitable, tendrá un volumen desproporcionado a su superficie, será gravoso conservarla. Lo que importa es lo que ahora representa: el esfuerzo, la procura de recursos, la aportación de material, la acumulación de proyectos sobre el proyecto originario, algunos armónicos, otros que no lo son. Ahora la catedral está viva, y nosotros trabajamos para ella pero ella también trabaja para nosotros. Cuando esté acabada, es decir, muerta, sólo nosotros trabajaremos, y ella habrá dejado de servirnos. No sé si me entiende, Bálder. A usted parecen interesarle los fines, pero la catedral sólo vale lo cerca que está del principio.

Bálder comprendió que había hablado demasiado. Mientras escuchaba el discurso del canónigo, lamentó su manejo inexperto del idioma, al que acaso debiera no haber sabido encubrir su indiferencia por el empeño de levantar el templo. Dedujo que más le convenía permanecer callado, aun a riesgo de otorgar.

– Va a permitirme que le haga una pregunta personal, Bálder -continuó Ennius-. ¿Cree en Dios?

Ahora tenía que mentir o decir la verdad. Podía tratar de eludir la respuesta, pero acaso friera aquélla, ante Ennius, la forma menos recomendable de elegir entre las dos opciones. No tenía fuerzas ni aplomo para mentir, y sin embargo, lo hizo:

– Aproximadamente, sí.

Ennius abrió los ojos de un modo bastante ostensible. Bálder había logrado despistarle. En su respuesta sólo había un átomo de verdad, aquel aproximadamente. Tan escaso asidero le había ayudado a cambiar con naturalidad la negativa por la afirmación.

– ¿Qué quiere decir con eso?

– Que creo pero no acierto a adivinar cómo es, ni lo que desea de nosotros, si es que desea algo -improvisó Bálder.

Ennius meditó un instante. Se mesó la barba con energía algo excesiva y opinó:

– Me cuesta decirle que me conforta, pero creo que se requieren mejores pruebas antes de rechazar a un hombre.

– Me intranquiliza. No era consciente de estar jugándome tanto -rió Bálder, con temeridad.

Ennius borró su sonrisa y se movió en su asiento, como si le hubieran cógido a contrapié.

– Yo no puedo decidir eso -puntualizó-. Si llega el caso, me limitaré a proponer lo que estime oportuno. Tengo superiores a los que debo obediencia.

En ese momento Bálder supo que Ennius no se contaría entre sus partidarios, pero también supuso que no se atrevería a atacarle de frente. Probablemente fiaba la suposición a la carta que había traído consigo y que sólo un sujeto sin responsabilidades había pedido ver. Desconocía qué instrucciones habían sido cursadas con motivo de su llegada, y desde qué instancias habían partido. Pero Ennius debía de estar al corriente de ellas y era significativo que no se condujera a su antojo. Más sereno, el extranjero se propuso guardar la prudencia que ya había descuidado un par de veces aquella tarde.

– No quiero que malinterprete esta conversación -trató de ordenarse Ennius-. No estoy haciéndole un examen de ingreso, porque ya ha sido aprobada su incorporación a la obra y no me compete revisar esa decisión. Intento conocerle y transmitirle el espíritu que anima el trabajo de todos nosotros. Se espera de usted que participe de ese espíritu, porque esto no es la mera ejecución de un proyecto arquitectónico. No podemos exigirle que capte a la perfección el sentido de la catedral nada más llegar. Nadie lo ha hecho. No obstante, confiamos en que pronto estará comprometido con ese sentido que nos impulsa a los demás. Si no es así, mi obligación será informar a quienes tienen atribuciones para evaluar su conducta, y no le oculto que recomendaré sin contemplaciones que se le expulse.

– Le agradezco su franqueza. Confio en que podré demostrarle que merezco la oportunidad que me han dado.

– ¿En todos los aspectos? -preguntó el canónigo.

– En todos. No he defraudado a nadie, hasta ahora.

– Es usted orgulloso, Bálder. Pero en la catedral no basta con la destreza en el arte. Hace falta una cierta convicción acerca del arte, y si no la trae tendrá que ganársela.

– Puedo sudar todo lo que haga falta.

– Tal vez no sea cosa de sudar. Tal vez no pueda tenerla nunca.

– Si le parece, ésa será nuestra apuesta.

Ennius aceptó en silencio el reto y, algo más relajado, se tomó la licencia de reconocer a su interlocutor:

– Me asombra usted. Nadie sale por donde usted ha salido. Estoy acostumbrado a que los recién llegados me mientan tan insensatamente como para aconsejar su despido inmediato, a que me mientan de una manera lo bastante razonable como para prever que podrán contribuir con provecho a la obra y a que me digan la verdad con más rutina que mérito. No acabo de precisar cuál de las tres actuaciones habituales ha desbordado usted, y eso me fuerza a esperar. Presiento que no vamos a aburrirnos con su presencia, aunque no debería desear notoriedad. Ésta es una empresa complicada. Tal vez no convenga que demasiadas miradas confluyan en uno. No me entienda mal, pero una de ellas puede ser la del diablo.

– Sinceramente, creo que se equivoca conmigo -protestó Bálder, inquieto con la dudosa distinción que el otro le auguraba-. Cuando dije que no le defraudaría no prometía tanto.

– Si no tiene inconveniente, sería oportuno que fijáramos ahora algunos detalles prácticos -observó Ennius, cambiando bruscamente de asunto.

Como guste.

Ennius sacó una especie de cuaderno de tapas negras y duras. Cogió entre el índice y el pulgar el cordón rojo que dividía en dos montones casi iguales las páginas del cuaderno, lo colocó trazando su diagonal y lo abrió ceremoniosamente, cuidando de no dañar la esquina de la hoja. Buscó en el otro extremo de la mesa una pluma larga y de apariencia ligera y se acercó un tintero de cristal algo aparatoso.

– Veamos -comenzó-. ¿Conoce su salario?

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