– Buenas tardes.
– Lo serán para usted, tal vez -bramó el capataz, e inmediatamente se volvió, vio a quién hablaba y, apenas más amable, explicó-: Disculpe, tenemos algunos problemas. ¿Quién es usted y qué hace aquí?
– Soy el maestro tallista. El Arzobispo me mandó venir para hacer la sillería del coro.
El capataz se encogió de hombros, soltó una risotada y dio un puntapié a un cascote, que fue rodando hasta chocar con un cubo de agua. Pareció lamentar por un segundo que el cubo no se volcase y dijo:
– Espléndido. Nadie me consulta nada. Así vamos, derechos a la ruina.
El extranjero no supo qué contestar, si es que le cabía contestar algo.
– No es personal -aclaró el capataz-. Cada mes aparece por aquí un lunático nuevo para hacer algo a destiempo. ¿La sillería del coro, dice? Bárbaro. Eche un vistazo y dígame si cree que es el momento para empezar su tarea. Responda sin miedo, no tengo poder para echarle si alguno de los que deciden me impone otra cosa.
El extranjero meditó un instante y supuso que no debía sincerarse con su interlocutor, ni en aquel momento ni quizá después.
– No necesito que la catedral esté terminada. Puedo trabajar en un taller e instalar la sillería cuando todo esté acondicionado.
El capataz volvió a reírse.
– Claro -admitió-. Usted es joven. Es posible que sólo tenga ochenta años cuando todo esté acondicionado. ¿Cuánto cree que resistirá la sillería desmontada? ¿Cómo va a protegerla para que no se eche a perder en ese taller? Disculpe, no quiero enseñarle su arte. Tampoco espero estar aquí cuando pueda instalar su obra.
Al extranjero empezó a fastidiarle la situación.
– Lamento importunarle. No he venido cuando me ha apetecido, sino cuando me han llamado.
– Desde luego. No le echo la culpa. En realidad yo no tendría ni la mitad de los problemas que tengo si mi mujer fuera estéril. La miseria que gano aquí se va en vestir y llenarles el estómago a cinco pequeños dementes que llevan mi apellido y también mi cara, para que no haya dudas. ¿Tiene hijos?
– No.
– Dichoso usted. ¿Trabaja por amor al arte?
– No. Pero tampoco lo detesto.
– En cualquier caso, si quiere un consejo, no procree nunca. Se encontrará de pronto viviendo la vida de otro y no podrá hacer caso a los deseos de su alma. -El capataz miró al cielo, con aprensión-. En cuanto a lo de su sillería, no puedo ayudarle, de momento. Yo no hago nada sin instrucciones. Tendrá que ir a ver a quien pueda dármelas.
– ¿Sería mucho pedir si le rogara que me indicase dónde y a quién tengo que acudir?
– Naturalmente, debería probar en el palacio arzobispal. En cuanto a la persona, si sólo hubiera una es posible que yo durmiera por las noches. Pida ver a un canónigo. A cualquiera. Hay doscientos y todos tienen alguna competencia sobre todo. Puede que le atiendan o que se le escape una palabra equivocada y le expulsen sin más trámite de la archidiócesis. Si el encargo que tiene es del Arzobispo entra dentro de lo probable que le proporcionen material y le asignen ayudantes. Ya hablaremos entonces.
El capataz se frotó los ojos y dio media vuelta. Examinó en semicírculo el espectáculo desordenado de los operarios y meneó la cabeza.
– Menuda mierda -dijo-. En momentos como éste sólo un imbécil puede ser creyente.
– ¿Podría decirme dónde está el palacio arzobispal? -preguntó el extranjero, soslayando el comentario-. No conozco la ciudad.
El capataz no se volvió. Alzando la voz para compensar que le estaba dando la espalda, repuso:
– Eche a andar hasta que encuentre cualquier calle ancha. Cuando llegue a ella, tómela hacia arriba. El palacio arzobispal estará al final. Es una plaza muy amplia. Todavía no me explico por qué estamos construyendo esto aquí.
– Gracias. Que tenga un buen día.
– Sin duda. Perdone mis modales. Le aseguro que cuando todavía esperaba algo de la vida era un tipo encantador, dentro de un orden. Hasta la vista.
El extranjero se dirigió hacia una brecha que había en el ábside, aunque habría podido salir por media docena de sitios diferentes. El capataz gritaba a su espalda. Algo removió las nubes que encapotaban el cielo y el día se tornó más oscuro. En aquella atmósfera entenebrecida, el frío se hacía más acuciante. Al pasar junto al altar la mirada del extranjero se cruzó con la de uno de los jóvenes taciturnos que había segregado antes del común de los operarios. Estaba en lo alto de una escalera, terminando de afilar la forma de una rodilla femenina bajo la túnica de piedra de una imagen todavía sin rostro. Le miraba con una extraña atención, no la que en cualquiera despierta un intruso, sino la de quien estuviera lanzándose a un cálculo. El extranjero vaciló entre saludarle o apurarle la mirada, pero finalmente optó por apartar la vista y apretar el paso, mientras trataba de grabar la cara en su memoria, porque quizá fuera importante conocer desde el principio a quienes pudieran serle adversos. Que nadie estaría dispuesto a favorecerle, lo asumía, como la convicción de que lo que ellos buscaran, fuera lo que fuese, nada tendría que ver con sus propios fines. Él únicamente venía a hacer un trabajo y a cobrar un dinero. Nada le incumbía allí, fuera de procurarse los medios que necesitaba para su labor y esquivar los obstáculos que podían estorbarla. Procurarse y esquivar. Cumplir el encargo y apuntar a otro destino. No aspiraba a más, porque, como forastero, ni podía ni quería alterar el paisaje.
A falta de razones para hacer otra cosa, siguió las instrucciones del capataz. Salió de la explanada en la que estaban construyendo la catedral y callejeó hasta tropezarse con una especie de avenida que subía hacia la izquierda, con una pendiente al principio poco pronunciada pero que al cabo de unos minutos le hizo odiar el peso de su equipaje. La ciudad estaba casi desierta, y el viento aullaba al doblar las esquinas. Cuando llegó a la plaza, una bofetada de aire le frenó en seco Bajo esa inclemencia distinguió, al fondo, el contorno sombrío de lo que sólo podía ser el palacio arzobispal. Atravesó la plaza sin cruzarse con nadie, ni vehículos ni transeúntes.
En la puerta del palacio, zapateando contra el suelo y arrebujado en su ropa de abrigo, había un hombre joven que parecía cumplir tareas de vigilancia. Llevaba guantes negros de cuero brillante y colgado al cinto un bastón corto, también negro y reluciente. Escarmentado por su experiencia anterior con el vigilante de la obra, se dirigió a él en el tono más oficial que le fue posible adoptar:
– Traigo un encargo del Arzobispo. He de ver al canónigo responsable de las obras de la catedral.
El vigilante sonrió y siguió golpeando a intervalos de dos o tres segundos sus pies contra el suelo. Carraspeó y preguntó:
– ¿De dónde trae ese encargo? El Arzobispo está dentro.
– Quiero decir que he sido llamado por el Arzobispo, para realizar un trabajo en la catedral -rectificó el extranjero, titubeando.
– Comprendo. Pase y pregunte en la primera puerta a la derecha. ¿Qué lleva ahí?
– Mi equipaje y alguna herramienta. ¿Quiere examinarlo?
– En realidad no. Adelante.
El extranjero entró, maldiciéndose y comenzando a sospechar de la displicencia que todos le dispensaban. No podía ocultar su procedencia, por el bulto que llevaba al hombro, por su acento, o la urdimbre anómala de sus frases, en aquella lengua que no era la suya. No quería ser como ellos, pero le convenía no parecer lo contrario de ellos. Tras la primera puerta a la derecha encontró a un hombre de edad al que repitió la declaración que había dirigido al vigilante, cuidando de elegir la segunda versión, la corregida. El otro le miró por encima de sus anteojos de lente redonda y dejó transcurrir unos instantes de inhóspito silencio. Al fin, pidió:
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