David Baldacci - A Cualquier Precio

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David Buchanan aplica sucias presiones para financiar causas honrosas. Robert Thornhill, un alto cargo de la CIA, descubre el juego y empieza a chantajearle, pues quiere devolver a la CIA el prestigio perdido. Faith Lockhart, una tercera persona implicada en este asunto, opina que se ha ido demasiado lejos y decide confesarlo todo al FBI. Su vida a partir de entonces tiene un precio

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Pese a todo, las pistas nunca lo señalarían a él. Sus tres agentes estaban tan bien encubiertos que las autoridades podían darse por satisfechas si conseguían ir más allá de la capa superficial. A partir de ahí no encontrarían nada. Los tres habían muerto como verdaderos héroes. Sus colegas y él habían brindado por su recuerdo en la cámara subterránea cuando se enteraron del suceso.

Quedaba un cabo suelto más preocupante: Lee Adams. Se había marchado en la motocicleta, supuestamente a Charlottesville para cerciorarse de que su hija estaba bien. Nunca había llegado a su destino, eso lo sabía con certeza. Así pues, ¿dónde estaba? ¿Acaso había regresado y había matado a los hombres de Thornhill? Sin embargo, era impensable que un solo hombre pudiera acabar con los tres. No obstante, Constantinople no había mencionado a Adams en la llamada.

A medida que el vehículo avanzaba, Thornhill se sintió mucho menos seguro que al principio de la velada. Tendría que analizar la situación con mucho cuidado. Quizá encontraría algún mensaje cuando llegara a casa.

El coche enfiló el camino de acceso a su propiedad y Thornhill consultó el reloj. Era tarde y tenía que madrugar al día siguiente. Debía testificar ante el comité de Rusty Ward. Al final había averiguado qué respuestas quería el senador, lo que implicaba que estaba dispuesto a mentir como un descosido.

Thornhill desactivó el sistema de seguridad, dio un beso de buenas noches a su esposa y la observó mientras subía las escaleras que conducían a su dormitorio. Todavía era una mujer muy atractiva, esbelta y de huesos finos. Pronto le llegaría la hora de la jubilación. Quizá no fuera tan grave. Había tenido pesadillas al respecto en las que se imaginaba a sí mismo sentado, presa de la desesperación, en partidas de bridge interminables, cenas del club de campo, funciones para recaudar fondos; o recorriendo campos de golf infinitos, con su insufriblemente vivaracha esposa al lado en todo momento.

Sin embargo, mientras observaba la bien torneada espalda de su esposa deslizarse escaleras arriba, Thornhill vio de repente una perspectiva más tentadora para sus años dorados. Eran relativamente jóvenes y ricos; podían viajar por todo el mundo. Incluso pensó en irse a la cama pronto y satisfacer los impulsos físicos que experimentaba al ver a la señora Thornhill dirigirse con gracilidad al dormitorio. Le gustaba su manera de quitarse los zapatos de tacón, que dejaban al descubierto los pies enfundados en unas medias negras; cómo pasaba una mano por su cadera curvilínea; cómo se soltaba la melena, contemplarle los músculos de los hombros, que se tersaban con cada movimiento. Lo cierto es que no había desperdiciado las horas pasadas en el club de campo. Entraría en el estudio para ver si tenía mensajes y subiría a la habitación de inmediato.

Encendió la luz del estudio y se acercó ala mesa. Se disponía a comprobar si tenía algún mensaje en su teléfono de seguridad cuando oyó un ruido. Se volvió hacia las puertas acristaladas que daban al jardín. Se estaban abriendo para dejar paso a un hombre.

Lee se llevó un dedo a los labios y sonrió al tiempo que apuntaba directamente a Thornhill con una pistola. El hombre de la CIA se puso tenso, dirigió con rapidez la mirada a derecha e izquierda, buscando una escapatoria, pero no la había. Si corría o gritaba, le dispararían; lo percibía con claridad en los ojos del hombre. Lee cruzó la habitación y cerró la puerta del estudio con llave mientras Thornhill lo observaba en silencio.

El hombre se llevó una segunda sorpresa desagradable al ver entrar por las puertas acristaladas a otro hombre, que después las cerró con llave.

Danny Buchanan se mostraba tan tranquilo que parecía estar casi dormido, si bien su mirada irradiaba una ingente cantidad de energía.

– ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué están haciendo en mi casa? -inquirió Thornhill.

– Esperaba algo un poco más original, Bob -dijo Buchanan-. ¿Con cuánta frecuencia ves fantasmas recientes?

– Siéntate -ordenó Lee a Thornhill.

Thornhill echó otro vistazo a la pistola y, acto seguido, se sentó en el sofá de cuero que estaba frente a los dos hombres. Se deshizo el nudo de la pajarita y la dejó en el sofá, intentando, no sin dificultad, evaluar la situación y decidir cómo actuar.

– Creí que habíamos hecho un trato, Bob -manifestó Buchanan-. ¿Por qué enviaste a tu equipo de matones? Muchas personas han perdido la vida innecesariamente. ¿Por qué?

Thornhill los miró con recelo.

– No sé de qué está hablando. Ni siquiera sé quién demonios es usted.

Estaba claro lo que Thornhill pensaba: Lee y Buchanan llevaban micrófonos. Quizá estuvieran colaborando con el FBI. Y se encontraban en su casa. Su esposa estaba arriba desvistiéndose y esos dos hombres se presentaban en su casa para formularle ese tipo de preguntas. Bueno, sus esfuerzos serían en vano.

– He… -Buchanan se calló y miró a Lee-. Hemos venido aquí como únicos supervivientes para ver a qué tipo de acuerdo podemos llegar. No quiero pasar el resto de mi vida mirando por encima del hombro.

– ¿Trato? ¿Qué le parece si le grito a mi mujer que llame a la policía? ¿Le gusta ese trato? -Thornhill escrutó a Buchanan y fingió que lo reconocía-. Sé que le he visto antes en alguna parte. ¿En los periódicos?

Buchanan sonrió.

– Esa cinta que el agente Constantinople te aseguró que estaba destruida… -Se llevó la mano al bolsillo del abrigo y extrajo una cinta-. Bueno, pues no te dijo exactamente la verdad.

Thornhill observó la cinta como si fuera plutonio y estuviesen a punto de hacérselo tragar. Introdujo la mano en su americana.

Lee levantó la pistola.

Thornhill le dedicó una mirada de desilusión y sacó despacio la pipa y el encendedor. La prendió con tranquilidad. Después de dar unas cuantas caladas para relajarse, miró a Buchanan.

– Como ni siquiera sé de qué está hablando, ¿por qué no pone la cinta? Tengo curiosidad por saber qué contiene. Quizá explique por qué dos completos desconocidos han entrado en mi casa.

«Y si en esa cinta reconociera que he matado a un agente del FBI, ninguno de vosotros estaría aquí y a mí ya me habrían detenido. Menudo farol, Danny», pensó.

Buchanan golpeó lentamente la cinta contra la palma de su mano, y Lee parecía nervioso.

– Vamos, no me tomen el pelo con algo para luego no enseñármelo -dijo Thornhill.

Buchanan dejó la cinta sobre la mesa.

– Quizá más tarde. Ahora mismo quiero saber lo que vas hacer por nosotros. Algo que impida que vayamos al FBI a contarles lo que sabemos.

– ¿Y se puede saber qué es? Ha hablado de gente asesinada. ¿Insinúa que he matado a alguien? Supongo que saben que trabajo para la CIA. ¿Acaso son agentes extranjeros que intentan chantajearme de algún modo? El problema es que necesitan algo con lo que chantajearme.

– Sabemos lo suficiente para enterrarte -aseveró Lee.

– Pues entonces sugiero que vaya a buscar la pala y empiece a cavar, señor…

– Adams, Lee Adams -se presentó Lee mirándolo con el ceño fruncido.

– Faith está muerta, ¿sabes, Bob? -dijo Buchanan. Cuando pronunció esas palabras, Lee bajó la mirada-. Por poco sobrevivió. Constantinople la mató. También mató a dos de tus hombres. Se vengó porque mandaste matar al agente del FBI.

Thornhill fingía bien su desconcierto.

– ¿Faith? ¿Constantinople? ¿De quién demonios está hablando?

Lee se colocó justo enfrente de Thornhill.

– ¡Cabrón! Matas a las personas como si fueran hormigas. Es como un juego. Eso es lo que significa para ti.

– ¡Guarde esa pistola y salgan de mi casa ahora mismo!

– ¡Que te jodan! -Lee apuntó directamente a la cabeza de Thornhill con la pistola.

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