J. Robb - Una muerte extasiada

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Tres hombres aparecen muertos con una sonrisa en los labios. Los presuntos suicidas no tienen nada en común, ni aparentes motivos para querer quitarse la vida, La teniente Eve Dallas pone en tela de juicio la tesis del suicidio y las autopsias le dan la razón. En los cerebros de las tres víctimas se detectan pequeñas quemaduras. En su investigación, Eve se adentra en el inquietante mundo de la realidad virtual donde los mismos mecanismos concebidos para despertar el deseo pueden inducir a la mente a su propia destrucción.

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Se echó de nuevo a llorar, y las lágrimas le corrieron por las mejillas. Eve echó un vistazo alrededor y vio un pequeño androide en una esquina de la habitación.

– Un vaso de agua para el señor Foxx -ordenó, y el pequeño robot obedeció a toda prisa-. ¿Eso ocurrió? -continuó-. ¿Se levantó en mitad de la noche?

– Ni siquiera lo recuerdo. -Foxx levantó las manos y las dejó caer-. Yo duermo profundamente, nunca tengo insomnio. Nos habíamos acostado justo antes de medianoche, vimos las últimas noticias, tomamos un coñac. Yo suelo despertarme temprano.

– ¿A qué llama temprano?

– A las cinco, cinco y cuarto. A los dos nos gusta amanecer temprano, y tengo la costumbre de programar personalmente el desayuno. Vi que Fitz no estaba en la cama y supuse que había pasado mala noche y que lo encontraría en el piso de abajo o en una de las habitaciones libres. Entonces fui al baño y lo vi. Oh, Dios. Toda esa sangre. Fue como una pesadilla.

Se apretó la boca con sus temblorosas manos llenas de anillos.

– Corrí hacia él y le golpeé el pecho para reanimarlo. Supongo que perdí un poco la cabeza. Estaba muerto. Comprendí que estaba muerto, y sin embargo traté de sacarlo del agua, pero es un hombre muy corpulento y yo estaba temblando. Y mareado. -Se apretó el estómago-. Luego llamé una ambulancia…

– Sé que es difícil para usted, señor Foxx. Lamento hacerle pasar por esto ahora, pero es lo más sencillo.

– Estoy bien. -Foxx alargó la mano hacia el vaso de agua que le ofrecía el androide-. Prefiero quitármelo de encima cuanto antes.

– ¿Puede decirme en qué estado de ánimo estaba anoche? Ha dicho que andaba preocupado por un caso.

– Preocupado sí, pero no deprimido. Había un policía al que no lograba hacer temblar en el estrado y eso le indignaba. -Foxx tomó un sorbo de agua.

Eve decidió que era mejor no mencionar que ella era el policía que lo había indignado.

– Y tenía un par de casos pendientes cuya defensa estaba preparando. Como ve, tenía la mente demasiado llena de cosas para dormir.

– ¿Recibió o hizo alguna llamada?

– Ambas cosas. A menudo se traía trabajo a casa. Anoche pasó un par de horas en su despacho de arriba. Llegó a casa a eso de las cinco y media, y trabajó hasta cerca de las ocho. Entonces cenamos.

– ¿Mencionó algo que lo preocupara aparte del caso Salvatori?

– Su peso. -Foxx sonrió ligeramente-. Fitz odiaba engordar un kilo de más. Hablamos de intensificar el programa de gimnasia, y tal vez hacerle algún retoque quirúrgico cuando tuviera tiempo. Vimos una comedia en la pantalla del salón y nos fuimos a la cama, como ya le he dicho.

– ¿Discutieron?

– ¿Discutir?

– Tiene cardenales en el brazo, señor Foxx. ¿Se peleó con el señor Fitzhugh anoche?

– No. -Palideció aún más y le brillaron los ojos al borde de un nuevo estallido de llanto-. Nunca nos peleábamos físicamente. Por supuesto que discutíamos de vez en cuando, todo el mundo lo hace. Supongo que me hice los cardenales en la bañera, cuando traté de…

– ¿Tenía el señor Fitzhugh relaciones con alguien más aparte de usted?

Los ojos hinchados de Foxx se enfriaron.

– Si se refiere a si tenía otros amantes, no. Estábamos comprometidos.

– ¿De quién es este piso?

Foxx se puso rígido.

– Lo puso a nombre de ambos hace diez años. Era de Fitz.

Y ahora es tuyo, pensó Eve.

– Supongo que el señor Fitzhugh era un hombre adinerado. ¿Sabe quién va a heredarle?

– Aparte de alguna obra benéfica, yo. ¿Cree que lo maté por dinero? -preguntó con una nota de desprecio, antes que de horror-. ¿Con qué derecho viene a mi casa y me hace estas horribles preguntas?

– Necesito saber las respuestas, señor Foxx. Si no se las pregunto aquí, tendré que hacerlo en comisaría. Y creo que aquí es más fácil para usted. ¿El señor Fitzhugh coleccionaba cuchillos?

– No. -Foxx parpadeó, luego palideció-. Yo sí. Tengo una amplia colección de cuchillos antiguos. Registrados -se apresuró a añadir-. Todos debidamente registrados.

– ¿Posee un cuchillo de empuñadura de marfil, de hoja recta y unos quince centímetros de largo?

– Sí, es del siglo XIX, de Inglaterra. -A Foxx se le aceleró el pulso-. ¿Es lo que utilizó? ¿Utilizó uno de mis cuchillos…? No lo vi. Sólo le vi a él. ¿Utilizó uno de mis cuchillos?

– Me he llevado un cuchillo como prueba, señor Foxx. Lo analizaremos y le daré un recibo por él.

– No lo quiero. No quiero verlo. -Foxx ocultó el rostro entre las manos-. ¿Cómo pudo utilizar uno de mis cuchillos?

Rompió a llorar de nuevo. Eve oyó voces en la otra habitación; el equipo de recogida de pruebas había llegado.

– Me ocuparé de que un agente le traiga algo de ropa, señor Foxx -dijo poniéndose de pie-. Le ruego se quede aquí un poco más. ¿Hay alguien a quien desee que llame?

– No quiero a nadie. Ni nada.

– No me gusta, Peabody -murmuró Eve mientras bajaban a buscar el coche-. Fitzhugh se levanta en mitad de una noche corriente, coge un cuchillo de coleccionista y se prepara él mismo la bañera. Enciende unas velas, pone música y se abre las venas. Y sin ninguna razón en particular. Un hombre en la cumbre de su carrera, con un montón de dinero, residencias lujosas y clientes a destajo, y sencillamente se dice: Qué demonios, creo que voy a morir.

– No comprendo el suicidio. Supongo que porque no soy una persona de grandes altibajos.

Eve sí lo comprendía. Ella incluso había barajado brevemente la posibilidad durante los años que pasó en los orfanatos estatales, y antes, en los oscuros tiempos anteriores, cuando la muerte le había parecido una liberación del infierno en que vivía.

Por esa misma razón no podía creerlo de Fitzhugh.

– En este caso no hay una motivación, o al menos nada lo demuestra por el momento. Pero tenemos un amante que colecciona cuchillos y que va a heredar una considerable fortuna.

– ¿Estás pensando que tal vez Foxx lo mató? -Peabody reflexionó sobre ello al llegar al nivel del garaje-. Fitzhugh era mucho más corpulento que él. No habría podido hacerlo sin luchar, y no había señales de lucha.

– Las señales pueden borrarse. Tenía cardenales. Y si Fitzhugh estaba drogado, no podría haberse defendido demasiado. Veremos qué dice el informe toxicológico.

– ¿Por qué quieres que sea un homicidio?

– Sólo quiero que tenga sentido, y el suicidio no encaja. Es posible que Fitzhugh no pudiera dormir y se levantara. Alguien estuvo utilizando la sala de relajamiento. O así lo han hecho parecer.

– Nunca he visto nada semejante -musitó Peabody tratando de hacer memoria-. Todos esos aparatos en una sola sala. Y esa gran silla con todos esos mandos, la pantalla de pared, el servicio de bar, la estación de realidad virtual, la bañera alteradora del ánimo. ¿Has probado alguna vez esa bañera?

– Roarke tiene una, pero a mí no me gusta. Prefiero que mis estados de ánimo cambien de forma natural antes que programarlos. -Eve vio la figura sentada en el capó de su coche y silbó-. Como ahora, por ejemplo. Siento que mi humor está cambiando. Creo que estoy a punto de cabrearme.

– Bien, Dallas y Peabody, juntas otra vez. -Nadine Furst, la mejor reportera del canal 75, se bajó ágilmente del coche-. ¿Qué tal la luna de miel?

– Privada -replicó Eve.

– Eh, creía que éramos colegas. -Nadine le guiñó un ojo a Peabody.

– Te faltó tiempo para divulgar nuestra pequeña reunión, colega.

Nadine extendió sus bonitas manos.

– Que atrapes a un asesino y cierres un caso candente en tu propia despedida de soltera, a la que soy invitada, es noticia. La gente no sólo tiene derecho a saber, también disfruta con ello. El índice de audiencia se disparó vertiginosamente. Y fíjate ahora, acabas de volver y ya estás envuelta en otro asunto importante. ¿Qué me dices de Fitzhugh?

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