Se arrodilló junto a Val y metió su ropa dentro de la bolsa de basura. Después llevó la navaja y la pistola hasta uno de los extremos del muelle y los tiró uno tras otro al centro del río Mystic. Podría haberlos colocado dentro de la bolsa junto con la ropa, y lanzarlos más tarde desde el bote con el cuerpo de Dave, pero, por el motivo que fuera, necesitaba hacerlo en aquel momento, y experimentar el movimiento del brazo en el aire y cómo las armas daban vueltas en espiral, se arqueaban, caían en picado, y se hundían con un suave chapoteo.
Se arrodilló junto al agua. Ya hacía un buen rato que los vómitos de Dave se habían alejado río abajo, y Jimmy sumergió las manos en el río, grasiento y contaminado como estaba, para lavarse los restos de la sangre de Dave. A veces, en sueños, hacía lo mismo (lavarse en el Mystic) cuando la cabeza de Ray Harris salía de nuevo a la superficie y le miraba fijamente.
Ray Harris siempre decía lo mismo: «Es imposible correr más que un tren». y Jimmy, confundido, le replicaba: «Tienes razón, Ray».
Ray, sonriente, se hundía de nuevo, y añadía: «Y tú, mucho menos».
Trece años de aquellos sueños, trece años viendo la cabeza de Ray flotando en el agua, y Jimmy aún no sabía qué quería decir con eso.
Cuando Brendan llegó a casa, su madre ya se había marchado a jugar al bingo y le había dejado una nota que rezaba: «Hay pollo en la nevera. Me alegro de que estés bien. No te acostumbres».
Brendan miró en su habitación y en la de Ray, pero éste también había salido. Cogió una silla de la cocina, la colocó delante de la despensa y se subió encima; la silla se torció un poco a la izquierda, pues a una de las patas le faltaba un tornillo. Observó la abertura del techo y vio marcas de dedos entre el polvo, y el aire que tenía justo delante de los ojos empezó a llenarse de diminutas motas de color oscuro. Apretó la trampilla con la mano derecha y la levantó un poco. Bajó la mano, se la limpió en los pantalones, e inspiró aire varias veces.
Había ciertas cosas de las que uno no deseaba conocer la respuesta. Brendan, al hacerse adulto, no había mostrado ningún interés en intimar con su padre, porque no quería mirarle a la cara y darse cuenta de la facilidad con la que podría dejarle. Tampoco le había hecho ninguna pregunta a Katie sobre sus antiguos novios, ni siquiera acerca de Bobby O'Donnell, porque no quería imaginársela tumbada sobre otra persona, besándola del mismo modo que le besaba a él.
Brendan sabía en qué consistía la verdad. En la mayoría de los casos, se trataba simplemente de decidir si uno quería saberla o disfrutar de la comodidad de la ignorancia y las mentiras. A menudo se subestimaba la mentira y la ignorancia. Casi toda la gente que Brendan conocía era incapaz de llegar al final del día sin una sarta de mentiras y una buena dosis de ignorancia.
Sin embargo, tenía que enfrentarse con aquella verdad, pues la había asumido en la celda de la prisión; le había atravesado como una bala y se le había instalado en el estómago. Y no conseguía librarse de ella; por tanto, ya no podía esconderse de ella ni convencerse de que no existía. Las mentiras habían dejado de formar parte de la ecuación.
– ¡Mierda! -exclamó Brendan, mientras empujaba a un lado el tablón del techo y lo devolvía a la oscuridad.
Sólo tocó polvo, astillas de madera, y más polvo. Ni rastro de la pistola. Siguió tanteando el lugar un minuto más, a pesar de que sabía que la pistola había desaparecido. Era la pistola de su padre, y no estaba donde debía estar. Se hallaba fuera, en algún lugar del mundo y había matado a Katie.
Colocó el listón de nuevo en la abertura. Cogió una escoba y barrió el polvo que había caído al suelo. Volvió a llevar la silla a la cocina. Sentía la necesidad de ser preciso en sus movimientos. Sentía que era importante no perder la calma. Llenó un vaso de zumo de naranja y lo dejó sobre la mesa. Se sentó en la silla que cojeaba y se dio la vuelta para vigilar la puerta, desde el centro del piso. Tomó un sorbo de zumo de naranja y se dispuso a esperar a Ray.
– ¡Mira esto! -exclamó Sean, mientras sacaba el archivo de huellas dactilares de la caja y lo abría delante de Whitey-. Es la huella más clara que encontraron en la puerta. Es pequeña porque es de un niño.
– La anciana señora Prior oyó a dos niños jugando en la calle minutos antes de que Katie chocara con el coche -apuntó Whitey-. Jugando con palos de hockey, dijo.
– También comentó que oyó a Katie decir «hola», pero quizá no fuera Katie. Es muy fácil confundir la voz de un niño con la de una mujer. ¡No había pisadas! ¡Claro que no! ¿Cuánto pesa un niño de esa edad? ¿Cuarenta kilos?
– ¿Reconoces la voz del niño?
– Se parece mucho a la de Johnny O'Shea.
Whitey asintió con la cabeza y replicó:
– Pero el otro niño no dijo nada.
– ¡Porque no puede hablar, joder! -exclamó Sean.
– ¡Hola Ray! -dijo Brendan cuando los dos chicos entraron en casa.
Ray hizo un gesto de asentimiento. Johnny le saludó con la mano. Se encaminaron hacia el dormitorio.
– Ven un momento, Ray.
Ray miró a Johnny.
– Sólo será un momento, Ray. Quiero preguntarte una cosa.
Ray se dio la vuelta, y Johnny O'Shea, dejando caer al suelo la bolsa de gimnasia que llevaba, se sentó en el borde de la cama de la señora Harris. Ray recorrió el corto pasillo, entró en la cocina y gesticuló con las manos como queriendo decir: «¿Qué pasa?».
Brendan enganchó una silla con el pie, la sacó de debajo de la mesa, e hizo un gesto de asentimiento.
Ray inclinó la cabeza ligeramente hacia arriba, como si oliera algo en el aire, algo que le desagradara. Se quedó mirando la silla y después se volvió hacia Brendan.
– ¿Qué he hecho? -le preguntó por señas.
– Dímelo tú -sugirió Brendan.
– No he hecho nada.
– Entonces, siéntate.
– No quiero.
– ¿Por qué no?
Ray se encogió de hombros.
– ¿A quién odias, Ray? -preguntó Brendan.
Ray le miró como si pensara que estaba loco.
– ¡Venga, dímelo! -insistió Brendan-. ¿A quién odias?
– A nadie -respondió Ray con un signo breve.
Brendan asintió con la cabeza, y le preguntó:
– Está bien. ¿A quién amas?
Ray le lanzó aquella mirada de nuevo. Brendan se inclinó hacia delante, con las manos en las rodillas, y repitió:
– ¿A quién amas?
Ray bajó los ojos, y luego levantó la vista y miró a Brendan. Alzó la mano y señaló a su hermano.
– ¿Me quieres?
Ray, nervioso, asintió.
– ¿Y a mamá?
Ray negó con la cabeza.
– ¿No quieres a mamá?
– Ni la odio ni la quiero -respondió Ray por medio de señas.
– Entonces, ¿soy la única persona a la que quieres?
Ray hizo un gesto de asentimiento con su diminuto rostro y frunció el entrecejo. Sus manos volaron al exclamar:
– ¡Sí! ¿Puedo irme ya?
– No -respondió Brendan-. Siéntate.
Ray se quedó mirando la silla, con la cara enrojecida y airada. Levantó la mirada y contempló a Brendan. Alargó la mano, hizo un gesto con el dedo del medio, y se dio la vuelta con la intención de salir de la cocina. Brendan ni siquiera se dio cuenta de que se había movido hasta que tuvo a Ray cogido por los pelos y poniéndolo en pie. Lo arrastró hacia atrás como si tirase del cordón de un cortacésped oxidado; luego abrió la mano, y Ray se soltó y salió disparado sobre la mesa de la cocina. Se golpeó contra la pared y se desplomó en la mesa, haciéndola caer al suelo con él.
– ¿Me quieres? -preguntó Brendan, sin mirar a su hermano-. Me quieres tanto que mataste a mi novia, ¿verdad?
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