John Case - Código Génesis
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Eli afrontaba sus responsabilidades paternas como si fueran obligaciones laborales. De hecho, incluía a sus hijos entre sus muchos quehaceres diarios, algo que Joe supo por su hermana. Una noche, en su casa de Washington, Kathy lo llevó al despacho de Eli y le enseñó la agenda forrada en cuero del congresista.
7.00: Oraciones y desayuno con jóvenes republicanos
8.30: Sede del partido. Comité Republicano de Dirección.
10.15: Zoo con los niños.
Prácticamente cada ocasión en la que Eli veía a sus hijos, al menos durante los años que vivieron en Washington, había sido planeada previamente.
Llevar a Joe a Camillo’s: corte de pelo.
Hablar con Kathy sobre Sueños frente a Planes.
Empezaron a mirar la agenda a escondidas para saber lo que su padre tenía planeado para ellos. Así podían fingir que estaban enfermos, o hacer otros planes, para eludir esos eventos a los que eran arrastrados como aderezo visual. Se encubrían el uno al otro. Presentaban un frente unido.
Comida para recaudar fondos para el senador Walling. Llevar familia.
«¡Mamá! ¡Mamá! Kathy está vomitando y yo tampoco me siento demasiado bien.»
Después de la ceremonia se ofreció un refrigerio. Lassiter se sorprendió a sí mismo deseando hablar sobre su infancia con Kathy, sobre la Alianza. Miró a su alrededor, buscando a Murray o a la hermosa mujer con el niño pequeño. ¿Cómo se llamaba? Marie. No podía dejar de pensar que se habían visto antes, que, de alguna manera, se conocían. Aunque puede que simplemente se sintiera atraído hacia ella porque, además de Murray, parecía ser la única persona presente para la que la muerte de Kathy suponía una pérdida personal. No tardó en encontrar a Murray. O, mejor dicho, Murray no tardó en encontrarlo a él. Pero no veía por ninguna parte a la mujer.
Al acabar el refrigerio llevó a la tía Lillian al aeropuerto de Dulles, y volvió por la autopista de peaje. Cuando llegó a su casa, ya era casi de noche. Normalmente solía disfrutar del largo camino de entrada, del crujido de los guijarros bajo las ruedas, del balanceo del coche al atravesar el puente de madera sobre el riachuelo. En cierto modo, ésa era la razón por la que había construido la casa. Se pasaba la mayor parte del día pensando en el trabajo, haciendo planes, acudiendo a reuniones y tomando decisiones; hasta que cruzaba el arroyo. Entonces se olvidaba de todo.
Le encantaba ver la silueta de la casa elevándose por encima de los árboles. No había ningún edificio igual en todo Washington. En parte porque el arquitecto era holandés y en parte porque estaba chiflado. O era un genio. O un poco de las dos cosas. En cualquier caso, era un antroposofista y, por tanto, un enemigo, por principio, de los ángulos rectos. El resultado era un racimo de curvas sinuosas, ángulos improbables e inesperados volúmenes que le había costado un millón de dólares.
Al ver la casa la gente reaccionaba de una de dos maneras. Algunas personas la admiraban boquiabiertos, incapaces de disimular su placer, mientras que otras se mordían el labio inferior y asentían sensatamente, como diciendo: «Otro millonario extravagante.» A Lassiter le gustaba pensar que podía descifrar a las personas por su manera de reaccionar al ver la casa, aunque realmente no era cierto. Algunas de las personas que más apreciaba, Kathy, por ejemplo, se limitaban a mover la cabeza de un lado a otro o a sonreír educadamente cada vez que la veían.
Pero, una vez dentro, casi todo el mundo acababa por rendirse ante sus encantos. La luz, que se derramaba a través del techo de cristal del atrio con bóvedas de cañón que atravesaba la casa de norte a sur, inundaba cada rincón. Las habitaciones eran enormes y se comunicaban armoniosamente las unas con las otras. De las paredes colgaban antiguas fotos de Nueva York en blanco y negro y dibujos cuidadosamente enmarcados de personajes de dibujos animados. No había muchos muebles, sólo un par de grandes sofás y un magnífico piano con el que Lassiter se enseñaba a tocar a sí mismo.
Volver a casa era su recompensa diaria. Pero, esta vez, ni las grandes paredes blancas ni los altísimos techos consiguieron elevarle el ánimo. Al contrario, la casa le pareció vacía y fría; más bien un fuerte que un refugio.
Se sirvió un poco de Laphroaig y fue a su habitación favorita: el despacho. Tres de las paredes, que dibujaban extraños ángulos entre sí, estaban cubiertas por estanterías desde el suelo hasta el techo y para llegar a los estantes más altos había sendas escaleras sobre rieles. En una esquina de la habitación, como a medio metro del suelo, había una chimenea de adobe con troncos apiñados debajo. Aunque no hacía frío, encendió un fuego y se pasó veinte minutos sentado, bebiendo whisky escocés mientras observaba cómo las llamas se agarraban a la madera.
Por fin, presionó la tecla de «mensajes» del contestador automático. Tenía diecisiete mensajes. Subió el volumen del altavoz y salió a escucharlos a la terraza mientras observaba los abedules agitarse en el viento. Había refrescado y podía sentir la lluvia que llegaría detrás del viento, tal vez en una hora.
Tenía un par de llamadas del trabajo. Estaba teniendo lugar una fusión hostil en TriCom y un abogado de Lehman Brothers quería verlo. Otra llamada le informaba sobre «un pequeño follón» en Londres. Al parecer, uno de sus investigadores había mostrado «un exceso de celo profesional» y la BBC estaba interesada en entrevistarlo.
La mayoría eran llamadas de condolencia de amigos y conocidos que no habían ido al entierro. También tenía una llamada de una cadena de televisión y otra del Washington Post. Y después la voz ronca de Mónica, diciéndole cuánto lo sentía, diciéndole que si había cualquier cosa, cualquiera… Bueno, seguía teniendo el mismo número de teléfono.
Lassiter meditó en ello. Pensó en llamarla, pensó en cómo había acabado su relación, y se dijo: «¿Qué es lo que me pasa?»
Y la respuesta llegó sin demora: «Lo mismo de siempre.»
O, para ser más exactos, lo que empezaba a convertirse en lo mismo de siempre. Conocía a una mujer que de verdad le gustaba, se veían durante un año, más o menos, y entonces la relación llegaba a un punto muerto. A ello seguía un ultimátum, un aplazamiento, otro aplazamiento y, entonces… Mónica daba paso a Claire, o a quien fuere. De hecho, ahora era Claire, aunque en este momento resultaba estar en una conferencia en Singapur. Le había telefoneado hacía dos noches. Le había hablado de la muerte de Kathy, pero Claire no conocía a Kathy, y cuando dijo algo sobre acudir al funeral él rechazó cortésmente una oferta que había sido hecha para ser rechazada.
Se acabó el whisky. La verdad era que disfrutaba de la compañía de las mujeres, de una en una. La monogamia o, por lo menos, la monogamia en serie, era algo natural en él, así que también debería serlo el matrimonio. Pero el matrimonio era algo con lo que Lassiter estaba decidido a acertar a la primera. Además, era lo suficientemente romántico para creer que, cuando llegara el momento, de alguna manera lo sabría. No tendría ninguna duda. Sería lo más importante del mundo, mientras que con Mónica el matrimonio le parecía… Bueno, sólo una opción.
El último mensaje era de Riordan. Lo escuchó sin prestar atención. Al acabar se dio cuenta de que no había oído ni una sola palabra. Rebobinó la cinta y apretó el botón de «mensajes» por segunda vez.
Riordan era uno de esos hombres a los que les incomoda hablar con una máquina. Hablaba demasiado rápido y demasiado alto. «Lo siento si he sido demasiado duro -decía con un tono de voz que no encajaba con el mensaje. -Me gustaría que se pasara por aquí mañana. Quiero comentarle un par de cosas.»
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