John Case - Código Génesis
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Pero no ocurrió nada. En última instancia, eso era lo que hacía que todo pareciese tan irreal. Faltaba algo, una razón Para las muertes que estaban llorando. Kathy y Brandon no eran víctimas de un acto fortuito de violencia; sus asesinatos sin duda habían sido premeditados. Pero, aun así, nada. La Policía ni siquiera tenía una teoría. Y el hombre que tenía las respuestas había empeorado. Estaba inconsciente, y su condición era crítica. Tenía los pulmones infectados y la piel le supuraba; podrían pasar semanas antes de que fuera posible interrogarlo.
Las personas que rodeaban la tumba tenían un aspecto abatido, cansado. La repentina y brutal muerte de alguien querido las había dejado desconsoladas. En el caso de Brandon, estaba la incrédula tristeza de los padres de media docena de amigos de preescolar. Su profesora, una mujer con el pelo castaño recogido en un moño, se frotaba los ojos. El labio inferior le temblaba. Cerca de ella, un niño pequeño cogía de la mano a su madre, una mujer que llevaba sombrero con velo y gafas de sol.
Habían acudido algunos compañeros de trabajo de la radio pública en la que Kathy trabajaba como productora de programación. Un par de vecinos. Su compañera de habitación de la universidad, que había conducido más de seiscientos kilómetros en deferencia a veinte años de tarjetas de felicitación. Y Murray, el infatigable Murray el ex marido de Kathy. Pero ningún amigo íntimo, porque, realmente, Kathy no tenía amigos íntimos.
Por parte de la familia sólo estaban él y la tía Lillian. Pero la escasa presencia de familiares no se debía al carácter introvertido y difícil de Kathy. Lassiter se sorprendió al darse cuenta de que él y Lillian, la hermana de su padre, de setenta y seis años, eran todo lo que quedaba de dos árboles genealógicos reducidos a la nada.
Murray fue el único que lloró. Igual que en el caso del sacerdote, su dolor no se correspondía específicamente con los cuerpos que descansaban en los ataúdes; Murray era el tipo de persona al que se le saltaban las lágrimas al deshacerse de un viejo sofá. Aun así, Lassiter se lo agradeció. Esa muestra desinhibida de tristeza parecía mejor tributo a su hermana que el mayor ramo de flores.
Tras una ostentación verbal sobre las luces que guían nuestras almas en el desierto, el sacerdote por fin acabó su sermón. Lassiter arrojó dos puñados de tierra y una rosa blanca para Kathy. Después, se dio la vuelta y se alejó.
Los demás siguieron su ejemplo. Lassiter avanzó por el camino y se detuvo a unos diez metros. Cada uno de los asistentes se acercó a él para estrecharle la mano o besarlo en la mejilla y decirle cuánto lo sentía.
Uno de los primeros en hacerlo fue la mujer con el niño pequeño, que se presentó como Marie Sanders.
– Y éste es Jesse -dijo con orgullo.
Lassiter sonrió al niño y se preguntó si sería su hijo; no se parecían en nada. Él era de tez oscura y tenía unos ojos marrones insondables y un cabello negro azabache que le caía en rizos sobre la frente. Era muy guapo, igual que lo era ella, pero de una manera distinta. Ella era pálida, rubia y… De alguna manera, le resultaba familiar.
– ¿La conozco? -preguntó Lassiter.
A ella no pareció sorprenderle la pregunta, pero movió la cabeza.
– No creo -dijo.
– Es que… No sé, tenía la sensación de que nos habíamos visto antes.
Ella sonrió nerviosamente.
– Sólo quería decirle cuánto lo siento. Kathy… -Bajó la mirada y movió la cabeza de un lado a otro. -Lo vi en las noticias.
– Lo siento. Intenté llamar a todos sus amigos…
– Oh, no. Por favor. No la conocía tanto.
– Pero ha dicho que…
– No vivo aquí -se apresuró a explicar ella. -Estábamos de viaje. Lo vi en un canal por satélite que incluía un noticiario de Washington. -Dejó de hablar y se mordió el labio. -Lo siento, lo estoy entreteniendo.
– En absoluto.
– Conocí a su hermana… en Europa y me cayó muy bien. ¡Teníamos tanto en común! Así que cuando vi su foto y la de Brandon en la televisión… -Su voz se tornó temblorosa. Lassiter vio a través del velo que sus ojos se habían llenado de lágrimas. -Bueno, algo me hizo venir. -Respiró hondo y recuperó la compostura. -Lo siento -dijo. -Siento tanto su pérdida…
– Gracias -repuso Lassiter. -Gracias por venir.
La mujer se fue, y Murray apareció delante de Lassiter con los ojos llenos de lágrimas.
– Qué difícil es -dijo al tiempo que abrazaba a Lassiter. -Maldita sea, ¡qué difícil es!
Lassiter había olvidado cómo se lloraba, pero la garganta le dolía por la tristeza. Había perdido a alguien que lo conocía como nunca podría conocerlo ninguna otra persona, alguien con quien había compartido su infancia. Había perdido la «Alianza», la palabra solemne que había elegido Kathy cuando eran niños para designar su vínculo, esa especie de sociedad de protección mutua que tenían contra sus padres.
Recordó su carita severa, en su cuarto de juegos de Washington, dentro de una especie de tienda de campaña que Kathy había construido con mantas y sábanas. Él tendría unos cinco años y Kathy diez. «Tenemos que mantenernos unidos -había dicho ella. -He decidido que tú y yo tenemos que formar una alianza.» Aunque la palabra no formaba parte de su vocabulario, él entendía lo que quería decir ella. Kathy tenía escrita una lista de normas que resumían sus responsabilidades. Se la leyó: Número 1: Nunca te chives de un miembro de la Alianza. Se pincharon los dedos, dejaron caer una gota de sangre en el papel y después lo enterraron junto al abeto. Incluso de adultos, mantuvieron el hábito de firmar las cartas que se escribían con el símbolo que había inventado Kathy: una A tumbada.
Su padre, Elías, había sido miembro del Congreso durante más de veinte años. Cada vez que su nombre aparecía en algún periódico, algo que ocurría a menudo, iba seguido de un pequeño paréntesis: (R-Ky) ?. El dinero que había llevado a Eli hasta el Congreso era de su esposa, Josie. El abuelo de Josie había hecho una fortuna con el whisky, lo cual había convertido a Josie, que era hija única, en un partido más que estimable para un ambicioso joven de una familia sin abolengo.
Eli y Josie nunca estuvieron demasiado cerca de sus hijos. Como la mayoría de los miembros del Congreso, iban y venían entre Washington y su estado de origen. Como resultado de ello, más que por su padre y su madre, Kathy y Joe fueron criados por una sucesión de niñeras, au pairs, canguros y, más adelante, tutores.
Lassiter nunca le había dado demasiada importancia al abismo que lo separaba de sus padres. Tenía miedo de los arranques temperamentales de su padre y veía poco a su madre. Así eran las cosas, y él no le daba más vueltas. En el colegio privado de Washington en el que había estudiado, la mayoría de sus amigos compartían su misma situación. Pero a Kathy sí la afectaba, al menos hasta que todo empezó a darle igual.
Lassiter lo sabía porque en una ocasión, cuando Josie le pidió que le llevara una copa, apareció en pleno enfrentamiento entre su hermana y su madre. Kathy tenía una expresión fiera y estaba diciendo: «Realmente, no te importamos. Sólo querías tener hijos para poder enseñarles las fotos a tus amigos.»
Josie, sentada ante su tocador, bebió un poco de la copa que le había llevado. Ladeó la cabeza y se puso un pendiente. «Pero cariño, eso no es verdad -dijo sin apartar la mirada ni un solo momento de su reflejo. -Eres muy especial para mí.» Todavía podía oír el acaramelado acento del sur de su madre. Después, Josie se incorporó, cogió un perfumador de vidrio, perfumó el aire y atravesó la nube de aroma. «Y ahora dale un beso a mamá -añadió. -Ya llego tarde.»
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