John Case - Código Génesis

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Una trepidante trama de acción en la que se investigan unos infanticidios perpetrados por un grupo extremista de la Iglesia Católica y que están relacionados con el nuevo nacimiento del Anticristo.

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Oyó el teléfono. Primero pensó en no contestar, pero después cambió de opinión.

– ¿Sí?

La voz de Riordan estalló en el auricular.

– ¿Sí? ¿Eso es todo lo que tiene que decir? ¿Sí? ¡Pues váyase a la mierda!

Lassiter miró el auricular.

– ¿Qué? -dijo.

– ¿Cómo que qué? ¿Qué cojones hacía en la unidad de quemados?

– Ah, sólo se trata de eso.

– Le diré de qué se trata. El sospechoso se ha sacado el puto tubo de la garganta.

– ¿Qué?

– Que ha intentado suicidarse -dijo Riordan. -Los médicos me dicen que está tan drogado que no puede ni contar hasta uno, pero él va y se saca el puto tubo de la tráquea. Todavía lo tenía cogido en la mano cuando lo encontraron. Y parece que no quería soltarlo. Casi necesitan unas tenazas para abrirle los dedos.

Lassiter sintió una repentina sensación de pánico. No quería que Sin Nombre muriera. Tenía muchas preguntas, y él era el único que podía responderlas. Además, Sin Nombre era la persona que iba a pagar por su dolor; el objeto de su venganza.

– ¿Está bien? ¿No se estará…?

– No, no. Saldrá de ésta. El que me preocupa es usted. ¿En qué demonios estaba pensando? Tengo un nuevo compañero, ¿sabe? Uno de esos tipos jóvenes recién salidos de la academia. Se pasa el día pensando. Y esta vez ha pensado que tal vez no fuera el sospechoso quien se quitó el tubo. Dadas las circunstancias, estando tan sedado y todo eso, puede que alguien lo ayudara.

– ¿Qué? ¿Es que alguien…?

Riordan lo interrumpió.

– Y entonces el doctor Whozee dice algo sobre el «otro detective» que fue a la unidad de quemados. Y mi compañero dice: «¿Qué otro detective?» Y la descripción no encaja con ninguno de nuestros hombres. De hecho, con quien encaja es con usted.

– Quería verlo -dijo, reconociendo que había sido él.

Riordan se rió con un desagradable carraspeo.

– Claro. Sólo quería echarle un vistazo. Pues déjeme que le diga que no fue una buena idea.

– Ni siquiera llegué a entrar. El médico no me dejó pasar.

– Eso he oído.

– Pues ha oído bien. ¿Cuándo pasó lo del tubo?

– No lo sé. Quizá me lo pueda decir usted. ¿Adónde fue cuando el médico no lo dejó pasar?

– Un momento. ¿Está insinuando que fui yo el que le quitó el tubo? ¿Me está pidiendo una coartada? -Estuvo a punto de colgar. Era inocente y sentía la indignación de los injustamente acusados. -Me vine a casa -dijo. -Y llevo hablando por teléfono desde que llegué.

– Eso se puede comprobar -replicó Riordan.

– Adelante, compruébelo.

– Gracias a usted, no me queda más remedio que hacerlo -contestó Riordan. -Mire, déjeme que le diga algo. No creo que lo hiciera usted, ¿vale? Creo que lo hizo él solo. Eso es lo que pasó. Los médicos comprueban su estado cada diez minutos, hay otro chaval en el pabellón y hay enfermeras por todas partes. No hay más que gente por todas partes; es imposible entrar ahí. Pero usted…, usted es como una bala de cañón que ha perdido el control. Va a la unidad de quemados, se hace pasar por un detective de policía…

– Nunca dije que fuera de la policía. El médico lo…

Riordan hizo caso omiso de su interrupción.

– Y al final me echan la bronca a mí por no haber puesto a un agente vigilando. Algo que, de hecho, ya había solicitado, ¿sabe? Pero como el agente no parecía tener prisa por llegar al hospital… Y ahora tengo que perder el tiempo comprobando sus malditas llamadas. Y si no lo hago, parecerá raro, porque todo el mundo sabe que lo conozco. Y otra cosa: no creo que sólo quisiera verlo. Seguro que tenía la estúpida esperanza de hablar con él.

Lassiter respiró hondo.

– Lo único que nos faltaba -añadió Riordan. -Imagínese que lo consigue y el tipo le abre su corazón. ¿Qué cree que pasaría luego en el juicio? ¿Sabe la que podría montar un buen abogado defensor?

– ¿Por qué iba a querer matarse? -cambió de tema Lassiter.

Riordan suspiró.

– Puede que sintiera remordimientos -repuso Riordan.

– Me pregunto si…

– Hágame un favor -lo volvió a interrumpir Riordan. -No se pregunte nada. No haga nada. Si quiere ayudarme a resolver este caso, manténgase al margen.

La ira de Riordan le estaba empezando a producir dolor de cabeza.

– Me mantendré al margen -manifestó. -Lo haré en cuanto me diga quién ha matado a mi hermana.

– El puto Sin Nombre ha matado a su hermana.

– ¿Y quién es? ¿Y por qué lo ha hecho?

CAPITULO 9

Hacía calor para ser noviembre, casi veintisiete grados. Al caer, las hojas, relucientes como joyas, giraban mecidas por una brisa sofocante, casi tropical. El invierno estaba a punto de llegar, pero hacía tanto calor como en un día de junio. Y eso hacía que el reluciente follaje pareciera fuera de sitio, incluso artificial. Los que habían venido desde fuera de la ciudad sudaban incómodamente en sus prendas de cachemir, de pana o de lana. Incluso Lassiter se sentía un poco mareado. El calor desacostumbrado, la incomodidad de los asistentes, las hojas doblándose en el aire… Era como si estuvieran rodando una película fuera de secuencia y en la temporada equivocada.

Lassiter no podía deshacerse de esa sensación de irrealidad. Hasta los ataúdes parecían formar parte de un decorado. El de Brandon era minúsculo, como para añadir dramatismo a la crueldad de los hechos. El sacerdote de la Iglesia unitaria a la que Kathy acudía últimamente parecía elegido entre varios candidatos para interpretar el papel. Tenía exactamente el ademán de sinceridad que era de esperar y una capacidad innata para mirar fijamente a los ojos y estrechar manos con sentida emoción.

Pero la suya no era una emoción real o, si lo era, no estaba dirigida específicamente a Kathy. El sacerdote sentía una compasión universal, rebosaba compasión por todos lados, y o hacía que su dolor resultara fácil y abstracto. No es que a Lassiter le importara especialmente; la suya era una iglesia concurrida y el sacerdote no conocía realmente a su hermana. Por teléfono, mientras preparaban la misa y el entierro, el sacerdote le había pedido ayuda para «darle un carácter más personal a la ceremonia». Quería saber cómo llamaban a la difunta. ¿La llamaban Kathleen? ¿O la llamaban Kate? ¿O Kath? O Kathy? Quería conocer alguna anécdota de su vida, algo que hiciera que sus familiares y amigos recordaran a la «mujer de carne y hueso».

Ahora, frente a la tumba, las palabras del sacerdote sonaban monótonas, predeciblemente edificantes. Hablaba sobre la tierra sin ataduras que habitaban ahora Kathy y Brandon, sobre el alcance infinito del espíritu. Pero su tía Lillian, el único otro familiar presente, debió de sacar algo en claro de las palabras del sacerdote, porque se acercó a él y le estrechó la mano con fervor.

Lassiter pensó que, de alguna manera, esa sensación extrañamente artificial que tenía lo había acompañado desde el momento en que supo que Kathy había muerto. Al principio pensó que sería una reacción natural ante una muerte inesperada, una especie de shock emocional. Pero allí, de pie en el cementerio, se dio cuenta de que la sensación de irrealidad era tan persistente porque, como casi todo el mundo, había asistido a muchos más funerales cinematográficos que reales. Estaba esperando ese primer plano revelador, o ese plano amplio hasta la verde loma donde una figura misteriosa observa la ceremonia desde lejos, perfilada contra el sol. Un amante presentando sus respetos desde una distancia segura. O un asesino, deleitándose ante la calamidad que había forjado.

Lassiter estaba esperando algo, algo de música o un ángulo especial de la cámara, que pusiera el acontecimiento en perspectiva.

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