Sonreí.
– Lo siento, eso ha sido indiscreto. Mario tiene cicatrices. Muchas, de cuando creció en Chicago. Para mí, eso no es masculino. Ser masculino es ser estable y no tener que demostrarte nada a ti mismo.
– Usted no está preocupada por Felipe y es la persona que mejor lo conoce.
– Exacto.
– Pero está aquí…
– Para cumplir con mi obligación respecto a Mario. Como el beso del adiós final, ¿sabe? Porque se va, no a la cárcel, no si cuenta lo que yo creo que va a contar. Cuando eso que nosotros sabemos salga a la luz, va a ser un escándalo, doctor Delaware. Gente que ni se lo imagina va a caer desde lo más alto.
– La lista A.
– La lista A plus -replicó-. Me refiero a estrellas de la alfombra roja, personas que poseen los estudios más conocidos, magnates de los negocios. Lo mejor que tiene Mario nunca lo contaría, pero con todo lo que tienen contra él, su corazón enfermo y habiendo perdido casi todo su dinero, va a cantar como un pajarito. Y luego tendrá que irse a algún lugar desconocido y no volveré a verlo nunca, ni Felipe. Así que pensé, ¿por qué no ser una buena persona? Aun sabiendo que Felipe no es gay.
– ¿Mario y Felipe tienen una buena relación?
– Mario no pasaba mucho tiempo con él, pero Felipe lo quiere y lo más curioso es que con todo ese rollo de Mario sobre enseñarle a Felipe a hacer cosas de chicos, aun así, seguía siendo amable con él. Jugaban a las cartas, se sentaban juntos. La verdad es que Mario tampoco es que sea un atleta, usted lo conoció, es un tipo pequeñajo.
– Un tipo pequeño con el carisma de los más grandes.
– Otro Napoleón -contestó-. Por alguna razón, los adoro. Quizá sea por mi padre, pero eso no importa, no se trata de mí, sino de Felipe. ¿Piensa que él está bien?
– Nada de lo que me ha dicho me hace pensar que no lo esté. Y si es gay, no habría nada que pudiera o quisiera hacer.
Se limpió la boca.
– ¿Usted no será gay?
– No -contesté. Pero algunos de mis mejores amigos… -La terapia de reorientación sexual es algo que por lo general no recomiendo.
– Estoy totalmente de acuerdo. Pero Felipe no es gay. Es completamente normal.
– Mario mencionó algún tipo de burlas en el colegio y ciertos problemas con los urinarios.
– Nada demasiado grave. Felipe es pequeño y no practica deportes, así que algunos chicos más mayores le toman el pelo. Le dije que les plantara cara, que les dijera que se metieran en sus problemas, no en los de él. Funcionó. En cuanto a los problemas con los urinarios, el pediatra me dijo que Felipe se aguantaba y estaba sufriendo. Hablé con Felipe y me dijo que no le gustaba utilizar los baños de la escuela porque estaban demasiado sucios. Fui y lo comprobé. Tenía razón, aquello estaba hecho un asco, no dejaría entrar ni a mi perro. Pero tampoco quería que Felipe estuviera obstruido, así que empecé a darle un poco de aceite mineral, lo levantaba un poco antes para que desayunara y luego, treinta minutos después, unos diez minutos antes de irse a la escuela, iba al baño y así no necesitaba ir en la escuela. En cualquier caso, le dije que utilizara los urinarios, pero que se echara hacia atrás para no tocar nada que estuviera sucio.
– Parece que usted lo arregla todo.
– Pensé que lo había hecho. Gracias por estar de acuerdo. -Amplia sonrisa-. Una vez cumplida mi obligación con Mario, disfrutemos de nuestra comida.
***
Se pasó el resto del tiempo hablando de casos en los que había trabajado. Después de haber dicho algunos nombres, me pidió que me comprometiera a respetar la confidencialidad, luego afirmó que como me había pagado y se trataba de una cita profesional, la ley decía que todo lo que me había dicho era confidencial.
Cuando acabamos, insistió en pagar, pero dividimos la cuenta entre los dos.
La acompañé al coche. Un Ford Taurus gris con una pegatina de Avis.
Una mujer prudente.
– Gracias por citarse conmigo, doctor Delaware. Me siento muchísimo mejor.
– Ha sido un placer. Saludos para Mario.
– Dudo que hable con él. Pero de todos modos, ¿quiere saber la verdadera razón por la que creo que Mario quería que le llamase? No tiene nada que ver con Felipe. Es evidente que Felipe está bien.
– ¿Cuál es la verdadera razón? -pregunté.
– Culpabilidad, doctor Delaware. Puede que Mario sea un sociópata, pero todavía tiene la capacidad de sentirse culpable. Y quizá yo sea la única persona a la que podía mostrar esa cara de su personalidad.
– ¿Por qué se siente culpable?
– No es por su trabajo. No por todas esas vidas que ha arruinado con las escuchas telefónicas y la extorsión, de eso está orgulloso. Pero como padre… sabe que ha fracasado. Me lo dijo. Tiene tres hijas de tres madres diferentes, otros cuatro hijos y todos son unos desastres: dos han estado en prisión. Además, había otro que nunca reconoció, y que acabó siendo realmente malo. Mario me contó que estaba metido en las drogas e involucrado en algún crimen, todo muy grave. Sobre todo culpaba a la madre, una mujer con la que nunca se casó, todo se resumió a una noche. Pero la última vez que hablé con él, cuando me ordenó que le viera a usted, admitió que quizá él tenía algo de culpa por haberle salvado el culo en alguna ocasión, haciendo que nunca tomara responsabilidad por sus acciones. Aun así, insistía en que sobre todo era culpa de la madre, por lo que ella era.
– ¿Qué era?
– Actriz porno, realmente una mujer de dudosa reputación, según Mario. Me contó que se reinventó a sí misma como inversora, pero seguía siendo la misma fulana amoral de siempre, dice que cometió un error aceptando verla de nuevo.
– ¿Mario no tenía ningún contacto con su hijo? -pregunté.
– Ninguno, el chico no tenía ni idea de quién era su padre porque Mario le pagó una gran cantidad a la mujer para que le mintiera y le dijera que su padre era otra persona… Ella utilizó el dinero para comprar propiedades, Mario solía decir que la Mafia no se mezcla con los agentes inmobiliarios de Los Ángeles. Le pregunté a Mario por qué nunca lo había hecho público, porque él no era de los que eluden sus responsabilidades, para él su deber paternal era importante, pagaba un dinero para el mantenimiento de los demás niños y para Felipe, Cambió de cara y no contestó. Solo he visto una vez un atisbo de miedo en los ojos de Mario. De todos modos, ha sido un placer conocerlo, doctor Delaware. Le diría que hasta la próxima, pero no creo que volvamos a vernos.
La vi mientras se alejaba en el coche.
Me quedé allí de pie, respirando en un océano de aire con un toque de uva fermentada. Pensé en llamar a Milo para saber si en el arresto de Mario Fortuno se había realizado también alguna prueba de sangre.
Cambié de opinión.
Tenía pendientes seis casos en el juzgado, una paciente de diecinueve años que me necesitaba de forma indefinida y una mujer que me quería.
Y una perra que sonreía.
¿Había algo más importante que eso?
***