– ¿En vista de que algunas de las cartas podrían ser de gente que simplemente disfrutaba escribiéndole y diciendo que habían cometido ciertos actos, para obtener su atención?
– Desde luego había un poco de ello. Había mencionado varias veces que recibía cartas de uno u otro Estado, describiendo asesinatos u otra cosa, pero cuando se ponía contacto con la policía local, le decían que no había cadáveres enterrados en los lugares que la carta decía que habría, ese tipo de cosas.
– ¿Así que era difícil para él saber quien era honesto?
– Sí. Pero acumuló una gran cantidad de información en muchos casos que había compartido con la policía y con el FBI a lo largo de los años.
– ¿Algún caso celebre, que reconoceríamos?
– Oh, seguro. Había varias cajas de material sobre el violador de Hillcrest, el Estrangulador de Bayside, y el asesino de Seis Años, por nombrar sólo algunos.
– El asesino de Seis Años participó activamente en Massachusetts, llamado así porque aparecía y mataba cada seis años, -Heather intervino.
– Correcto.
– ¿Ha examinado las notas de su padre sobre ese caso?
– Algunas. No he tenido tiempo de revisarlas todas.
– ¿Alguna idea?
– Todavía no. He estado leyendo por encima para ver lo que hay. Y de nuevo, no he tenido tiempo para organizar las cosas de una manera que tenga sentido o me diera alguna impresión sobre el caso -o cualquiera de los casos- de una manera u otra.
– ¿Qué caso cree usted que sería más probable seguir primero? Asumiendo, por supuesto, que decida seguir adelante y escribir un libro por su cuenta.
– En realidad no puedo decirlo. -Regan se encogió de hombros-. Hay cajas de archivos que aún no he abierto. ¿Quien sabe lo que podría encontrar en una de ellas?
– Bueno, estoy segura de que uno de esos archivos está pidiendo su nombre, y quizás para estas fechas el próximo año vamos a estar buscando un nuevo best seller de crimen verdadero Landry. Sé que seré la primera en la fila por mi copia.
Heather giró hacia la cámara.
– Estaremos de regreso con Regan Landry para hablar sobre En sus zapatos …
Heather se volvió para tranquilizar a Regan.
– Lo hizo muy bien. Es natural.
– Gracias. Usted lo está haciendo mucho más fácil de lo que pensé que sería. -Regan sonrió por primera vez esa mañana-. Y si aquella botella de agua todavía está disponible, creo que me gustaría ahora.
***
Él se sentó en la silla, rebobinó la cinta, y luego apretó play.
– Hay cajas de archivos que aún no he abierto, -la bella rubia estaba diciendo-. ¿Quien sabe lo que podría encontrar en una de ellas?
¿Qué en efecto?
Bueno, él sabía lo que encontraría en al menos una de esas cajas. O muchas cajas, dependiendo de cuan desorganizado en realidad el hombre había sido cuando se trataba de mantener sus registros.
Y suponiendo, por supuesto, que Josh Landry había guardado las cartas que le había escrito hacia tanto tiempo. Cartas destinadas a incitar, cartas pensadas para burlar e intrigar, y, sí, frustrar.
Sonrió, recordando cómo Josh Landry había hecho caso omiso de las primeras, tal vez pensando que era el trabajo de alguien que solamente buscaba atención. Por supuesto, había sido antes de que el producto final -amaba esa expresión- había sido descubierto, por así decirlo.
Había dado ciertamente al viejo Josh algo en que pensar, mucho antes. Cuando Landry había entendido que él le había dicho la verdad, había sido demasiado tarde. Demasiado, demasiado tarde. Y por entonces, por supuesto, había circulado, aburrido con el juego y necesitado de alrededores frescos y nuevos desafíos.
Durante años, se había sentido importante, viendo a la policía ir de un lado a otro tropezándose con ellos mismos, buscando pistas, buscando frenéticamente sospechosos. Su confusión solamente había reforzado su creencia en la estupidez de la comunidad de la aplicación de la ley en general. Aún tenía que encontrar a su igual.
Rebobinó la cinta al principio, y miró de nuevo.
Una cosa bonita, la chica de Landry. Lista, también.
¿Era ella más inteligente de lo que su padre había sido?
Lo consideró seriamente, detuvo la cinta, la rebobinó y la puso otra vez. Mirarla le había hecho pensar en otras cosas bonitas. Cosas bonitas y lugares bonitos, de hace mucho tiempo y muy lejos.
Caminó hasta las ventanas que mostraban el desierto fuera de ellas, mientras pensaba en volver a la ciudad donde había crecido, donde había comenzado todo. Su primera travesura. Su primera aventura complaciente en los lugares oscuros donde su mente lo había llevado.
Le dio la espalda a la vista y paseó a lo largo de la cavernosa sala de estar, olores, sonidos e imágenes del pasado, ahora vivos en su mente. Largos tramos de pantanos exuberantes con juncos y hierbas que susurraban suavemente y ondeaban en la brisa. Largos brazos de playa donde las gaviotas se elevaban y chillaban. Tardes de verano pasadas en un pequeño barco, pescando con una red bajo un desvencijado puente de madera de dos carriles. Si él cerraba los ojos, podía verlo. Escucharlo. Olerlo.
Una vez había sido un niño de mar. ¿Qué, se preguntó a sí mismo, era lo estaba haciendo ahí, rodeado de arena caliente y un sol ardiente? Tal vez había llegado el momento de pensar en volver a casa.
Además, había llegado casi al final de su carrera allí. Tarde o temprano, la policía empezaría a sumar dos y dos y dos y obtendrían seis, sin duda. En las dos últimas semanas, varios cuerpos habían salido a la luz. ¿Podría el departamento del sheriff comenzar a darse cuenta del hecho de que los cuerpos desnudos que habían aparecido recientemente en el desierto no eran los asesinatos fronterizos comunes y corrientes con los que habían estado tratando a lo largo de los años, sino algo de naturaleza diferente? Distaba mucho de ser inusual encontrar el cuerpo de una muchacha joven a lo largo de la frontera -el recuento había ido creciendo de manera constante durante años- pero todas sus víctimas habían encontrado su fin de la misma forma precisa. De seguro alguien pronto lo advertiría y comenzaría a cuestionarse la posibilidad de tal coincidencia.
Sólo él sabía que había muchos, muchos más cuerpos, ahí y en otros lugares, y que no había coincidencias.
Por todos estos factores, quizás había llegado el momento de volver a casa. Regresar a la escena del crimen. Literalmente.
Se sentó en la otomana de cuero suave y rebobinó la cinta, repentinamente sintiéndose viejo. ¿Durante cuánto tiempo más podría mantenerse seguro?, se preguntó.
Con los años, había tenido suerte, ¿pero cuánto tiempo más tenía antes de que su suerte acabara?
Había escapado por los pelos, hacia unas tres semanas, un recuerdo que, incluso ahora, lo hizo marearse. Acababa de dejar su último cuerpo a los pies del parque estatal fuera de la ciudad, y estaba caminando de vuelta a su coche, con su ropa en una bolsa de basura de plástico arrojada por encima de su hombro, cuando chocó con un guardia del parque.
– ¿Qué lleva en la bolsa? -El guardia le había pedido.
– Oh. Sólo algo de basura que recogí en un camping a una media milla del sendero, -había respondido, mientras palpaba su chaqueta por el pequeño revólver que siempre llevaba allí y se preguntaba si lo necesitaría ahora.
– ¿No le impresiona, la forma en que la gente deja su basura por todas partes? -El guardia había sacudido su cabeza con fastidio-. Usted no creería algunas de las cosas que hemos encontrado allí.
– Oh, lo apostaría. -Se relajó y cambió la bolsa de un lado al otro.
– Bien, gracias por ser un buen ciudadano y echarnos una mano aquí. Agradecemos la ayuda, ya sabe, no hay personal suficiente para llevar la cuenta de todo.
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