Michael Connelly - El Observatorio

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Una noche aparece un cadáver en un observatorio de las colinas de Hollywood. Aparentemente, se trata de un asesinato común, por lo que el detective de policía Harry Bosch se hace cargo del caso. No obstante, pronto se descubrirá que la víctima, Stanley Kent, trabajaba en el sector clínico y tenía acceso a sustancias radiactivas. Esto convierte un simple homicidio en un asunto de terrorismo. El FBI toma las riendas y empieza una carrera contrarreloj para encontrar a los culpables, pues saben que tienen sustancias peligrosas en su poder y pueden hacer uso de ellas -y provocar una masacre- en cualquier momento. Rachel Walling, agente del FBI y ex pareja de Harry Bosch, pondrá las cosas muy difíciles al detective, pero éste seguirá su instinto y se dará cuenta de que en este caso absolutamente nada es lo que parece.

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Bosch asintió. Quería seguir adelante sin hacer caso de ese razonamiento.

– Vale -dijo sin alterarse- entonces supongo que ya te puedes ir.

Edgar asintió con la cabeza y Bosch pensó que podría estar avergonzado.

– Como he dicho, Harry, no esperaba que fueras tú.

Lo cual significaba que no habría escurrido el bulto por Harry, sólo por algún otro detective de Robos y Homicidios.

– Claro -dijo Bosch-. Entiendo.

Después de que Edgar se fuese, Bosch volvió a su coche y sacó la linterna Maglite del maletero. Se acercó al Porsche, se puso los guantes y abrió la puerta del lado del conductor, inclinándose hacia el coche para examinarlo. En el asiento del pasajero había un maletín. No estaba cerrado con llave y, al abrirlo, Bosch vio varias carpetas, una calculadora, algunas libretas, bolis y papeles. Volvió a cerrar el maletín y lo dejó en su sitio. Su posición en el asiento parecía indicarle que el muerto había llegado al mirador por sus propios medios. Se había encontrado con el asesino allí. Este hecho, pensó Bosch, podría ser significativo.

A continuación, abrió la guantera y cayeron al suelo varias credenciales como la que se había hallado en el cuerpo de la víctima. Las recogió una a una y vio que cada tarjeta de acceso estaba emitida por un hospital local diferente. Ahora bien, las llaves magnéticas mostraban todas ellas el mismo nombre y foto: Stanley Kent, presuntamente el hombre asesinado en el descampado.

Bosch se fijó en que había anotaciones manuscritas en el reverso de varias de las tarjetas. Las examinó un buen rato. La mayoría eran números con las letras L o R al final y concluyó que correspondían a combinaciones de cerradura.

Siguió hurgando en la guantera y encontró todavía más credenciales y llaves magnéticas. Al parecer, el muerto -si es que se trataba de Stanley Kent- tenía acceso a casi todos los hospitales del condado de Los Ángeles y contaba con las combinaciones de las cerraduras de seguridad de los mismos. Bosch consideró por un momento la posibilidad de que los documentos de identificación y las correspondientes llaves fueran falsificadas y hubieran sido utilizadas por la víctima en algún tipo de estafa.

Volvió a guardar todo en la guantera y la cerró. Luego miró debajo y entre los asientos, pero no encontró nada de interés. Retrocedió y se acercó al maletero abierto.

El maletero era pequeño y estaba vacío, pero Bosch reparó en que había cuatro muescas en la alfombrilla. Estaba claro que habían transportado en el maletero algo pesado y cuadrado, con cuatro patas o ruedas. Puesto que el maletero se encontró abierto, era probable que el objeto -fuera lo que fuese- hubiera sido robado tras el asesinato.

– ¿Detective?

Bosch se volvió y puso el haz de su linterna en el rostro del agente de patrulla, que era el mismo que había anotado su nombre y número de placa en el perímetro. Bosch bajó la linterna.

– ¿Qué pasa?

– Hay una agente del FBI aquí. Pide permiso para entrar en la escena del crimen. -¿Dónde está?

El agente lo condujo otra vez por debajo de la cinta amarilla. Al acercarse, Bosch vio a una mujer de pie junto a la puerta abierta de un coche. Estaba sola y no estaba sonriendo. Bosch sintió en el pecho el mazazo de un reconocimiento incómodo.

– Hola, Harry -dijo ella al verle.

– Hola, Rachel.

2

Bosch no estaba seguro de cuánto tiempo había transcurrido desde la última vez que había visto a la agente especial del FBI Rachel Walling. De lo que sí estaba seguro, al acercarse a la cinta, era de que desde entonces no había pasado un solo día sin pensar en ella. Sin embargo, nunca había imaginado que se encontrarían en plena noche en el escenario de un crimen. Walling llevaba téjanos, una blusa de vestir y una chaqueta de color azul marino. Su cabello oscuro estaba despeinado, pero a Harry seguía pareciéndole hermosa. Obviamente, la habían llamado a su casa, igual que a Bosch. No estaba sonriendo, y eso le recordó a Harry lo mal que habían terminado las cosas la última vez.

– Mira -dijo Bosch-, ya sé que no te he estado haciendo caso, pero no tenías que tomarte la molestia de buscarme en una escena del crimen sólo para…

– No es momento de bromas -dijo ella, cortándole-, si esto es lo que creo que podría ser.

Se habían visto por última vez en el caso de Echo Park. Entonces Bosch había descubierto que Walling trabajaba en una enigmática unidad del FBI llamada Inteligencia Táctica. Walling nunca le había explicado exactamente el cometido de la unidad y Bosch no insistió, porque no era importante para la investigación. Había recurrido a ella por su anterior ocupación de profiler y por su antigua relación personal. El caso de Echo Park se torció, y con él cualquier posibilidad de otro romance. Ahora, al mirar a Rachel, Bosch se dio cuenta de que ella sólo pensaba en el trabajo y tuvo la sensación de que iba a descubrir qué era la Unidad de Inteligencia Táctica.

– ¿Qué crees que podría ser? -preguntó.

– Te lo diré cuando pueda decírtelo. ¿Me dejas ver la escena, por favor?

A regañadientes, Bosch levantó la cinta de plástico y respondió a la actitud distante de Walling con su sarcasmo habitual.

– Adelante, agente Walling -dijo-. Como si estuviera en su casa.

Walling pasó por debajo de la cinta y se detuvo, respetando al menos el derecho de Bosch de conducirla a la escena del crimen.

– De hecho, tal vez pueda ayudarte -dijo ella-. Si veo el cadáver, podría hacer una identificación formal.

Rachel levantó una carpeta que llevaba en la mano.

– Por aquí, entonces -dijo Bosch.

Bosch la condujo hasta el descampado donde la cruda luz fluorescente de las unidades móviles iluminaba a la víctima. El muerto yacía sobre el suelo anaranjado, a un metro y medio del precipicio que se abría al borde del mirador. Más allá del cadáver, la luz de la luna se reflejaba en la presa de debajo. Al otro lado de la presa, la ciudad se desplegaba en un manto de un millón de luces que flotaban como sueños trémulos en el aire frío de la noche.

Bosch extendió el brazo para detener a Walling al borde del círculo de luz. El forense había girado el cadáver, que ahora se hallaba boca arriba. Se apreciaban abrasiones en el rostro y la frente de la víctima, pero Bosch pensó que reconocía al hombre de las fotos de los documentos de identificación de los diversos hospitales que había encontrado en la guantera: era Stanley Kent. Tenía la camisa abierta, exponiendo un pecho sin pelo de piel pálida, y había una marca de incisión en un costado del torso, donde el forense había clavado una sonda para medir la temperatura del hígado.

– Buenas noches, Harry -dijo Joe Felton, el forense-. ¿Quién es tu amiga? Pensaba que te habían puesto con Iggy Ferras.

– Estoy con Perras -respondió Bosch-. Ésta es la agente especial Walling, de la Unidad de Inteligencia Táctica del FBI.

– ¿Inteligencia Táctica? ¿Qué será lo próximo que se les ocurra?

– Creo que es una de esas operaciones estilo Seguridad Nacional. Ya sabes, «no preguntes, no lo cuentes»; ese rollo. Dice que podría confirmarnos la identificación.

Walling dedicó a Bosch una mirada que le recriminaba su comportamiento infantil.

– ¿Te importa que pasemos, doctor? -preguntó Bosch.

– Adelante, Harry ya casi hemos terminado aquí.

Bosch empezó a avanzar, pero Walling se interpuso rápidamente y se colocó delante de él y bajo la fuerte luz. Sin vacilar, la agente se situó al otro lado del cadáver y abrió la carpeta. Sacó un retrato en color de 20x25 centímetros y se agachó, sosteniendo la foto junto al rostro del cadáver. Bosch se acercó a su lado para hacer la comparación por sí mismo.

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