David Baldacci - Buena Suerte

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Creo que con este es el tercer libro que leo de David Baldacci. Hasta ahora los libros que he leído suyos eran de intriga, pero este es totalmente distinto. En este caso es una novela que describe el cambio de vida que tienen que llevar a cabo dos hermanos, que se trasladan con su abuela a las montañas de Virginia. La novela transcurre en la época de la guerra mundial y refleja de una manera bastante realista lo dura que es la vida en las montañas, tanto para los agricultores y ganaderos como la gente que explotaba las minas de carbón.
La novela está bien escrita y disfrutas de la historia, en la que es importante meterse en la piel de los protagonistas. Como unos niños viven las circunstancias que les han tocado vivir y como se adaptan a una vida tan distinta a la que llevaban hasta ese momento en la ciudad.
Un libro entrañable, en el que las relaciones familiares tienen gran importancia. No comento nada del final para no chafar la novela.
Buen libro para descansar de la traca de novelas negras que os estaba metiendo ultimamente.

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– Quédate con el osito -dijo con cariño-. Aunque ya seas mayor. -Introdujo la fotografía en la bolsa que llevaba y extrajo las cartas de su interior-. Bueno, Diamond dijo que debíamos entregar lo más importante que tuviéramos en el mundo para que el pozo de los deseos funcione. No tenemos a mamá, pero tenemos algo casi tan valioso como eso: sus cartas.

Lou colocó con cuidado el paquete de cartas en el borde del pozo y lo protegió del viento con una piedra grande.

– Ahora hemos de pedir un deseo.

– ¿Que mamá vuelva?

Lou negó con la cabeza lentamente.

– Oz, tenemos que pedir que Louisa pueda ir a ese juzgado. Como dijo Cotton, es la única forma de que conserve la granja.

Oz adoptó una expresión de sorpresa.

– ¿Y qué pasa con mamá? Quizá no tengamos la posibilidad de pedir otro deseo.

Lou lo estrechó entre sus brazos.

– Después de lo que ha hecho por nosotros, le debemos esto a Louisa.

Oz asintió entristecido.

– Dilo tú.

Lou cogió a Oz de la mano y cerró los ojos, al igual que su hermano.

– Deseamos que Louisa Mae Cardinal se levante de la cama y demuestre a todo el mundo que está bien.

– Amén, Jesús -dijeron al unísono. Acto seguido, echaron a correr para alejarse lo más rápidamente posible de ese lugar, esperanzados y rezando para que sólo quedara un deseo por cumplir en aquel montón de ladrillos viejos y agua estancada.

Esa misma noche Cotton caminó por la desértica calle principal de Dickens, con las manos en los bolsillos, sintiéndose el hombre más solitario del mundo. Caía una lluvia incesante y fría, pero él era ajeno a ella. Se sentó en un banco cubierto y observó el parpadeo de las farolas de gas tras la cortina de agua. El nombre escrito en la placa de la farola se veía bien claro: «SOUTHERN VALLEY COAL AND GAS.» Un camión de carbón vacío bajó a la deriva por la calle. El tubo de escape produjo una detonación que desgarró con violencia el silencio de la noche.

Cotton observó la trayectoria del camión y se dejó caer de nuevo en el banco. Sin embargo, cuando su mirada volvió a topar con el parpadeo de la farola de gas, una idea parpadeó en su cabeza. Se incorporó, siguió el camión de carbón con la

mirada y luego volvió a mirar la farola de gas. El destello se convirtió entonces en una idea sólida. Acto seguido, Cotton Longfellow, calado hasta los huesos, dio una palmada que sonó como un portentoso trueno, pues la idea se había convertido en un milagro por derecho propio.

Al cabo de unos minutos Cotton entró en la habitación de Louisa. Se situó junto a la cama y tomó la mano de la mujer inconsciente.

– Te juro, Louisa Mae Cardinal, que no perderás tus tierras.

39

Cuando se abrió la puerta de la sala del tribunal, Cotton entró con aire resuelto. Goode, Miller y Wheeler ya se encontraban allí. Junto a ese triunvirato, el grueso de la población de la montaña y del pueblo parecía haber conseguido caber en dicha sala. El medio millón de dólares que estaba en juego había despertado sentimientos que habían permanecido adormecidos durante muchos años. Incluso un anciano caballero al que le faltaba el brazo derecho y desde hacía tiempo afirmaba ser el soldado de la Confederación más viejo superviviente de la guerra de Secesión había acudido a presenciar el asalto final de esta batalla legal. Entró con paso decidido, luciendo una barba blanca como la nieve que le llegaba a la cintura y vestido con el uniforme marrón claro de los soldados confederados. Quienes estaban sentados en la primera fila le hicieron sitio como muestra de respeto.

El día era frío y húmedo, si bien las montañas se habían cansado de la lluvia y finalmente las nubes se habían marchado a otra parte. La acumulación de calor corporal se respiraba en el ambiente y la humedad era lo suficientemente elevada como para empañar las ventanas. No obstante, los cuerpos de todos los espectadores estaban tensos contra los del vecino, contra el asiento o la pared.

– Supongo que ha llegado el momento de poner punto final a este espectáculo -comentó Goode a Cotton con cierta afabilidad. Sin embargo, lo que Cotton vio fue un hombre con la expresión satisfecha de un asesino profesional a punto de soplar el humo de su revólver último modelo y luego guiñar un ojo al cadáver tendido en la calle.

– Creo que no ha hecho más que empezar -respondió Cotton con contundencia.

En cuanto se anunció la entrada del juez y el jurado ocupó la tribuna, Cotton se puso en pie.

– Señoría, querría hacerle una oferta al Estado.

– ¿Una oferta? ¿A qué se refiere, Cotton? -preguntó Atkins.

– Todos sabemos por qué nos encontramos aquí. No se trata de decidir si Louisa Mae Cardinal está capacitada o no. El gas es la cuestión.

Goode se puso en pie con cierta torpeza.

– El Estado tiene un gran interés en ver que los asuntos de la señora Cardinal…

– El único asunto que tiene entre manos la señora Cardinal -lo interrumpió Cotton- es decidir si vende sus tierras.

Atkins estaba intrigado.

– ¿Cuál es su oferta?

– Estoy dispuesto a reconocer que la señora Cardinal está incapacitada mentalmente.

Goode sonrió.

– Bueno, algo es algo.

– Pero a cambio quiero que se juzgue si Southern Valley es la compañía adecuada para adquirir sus tierras.

Goode se mostró sorprendido.

– Cielos, es una de las empresas más importantes del estado.

– No me refiero al dinero -dijo Cotton-. Hablo de ética.

– ¡Señoría! -exclamó Goode con indignación.

– Acérquense al estrado -indicó Atkins.

Cotton y Goode se aproximaron al juez.

– Señor juez, hay una buena cantidad de jurisprudencia en Virginia en la que se especifica claramente que a quien comete un agravio se le impedirá aprovecharse del mismo.

– Eso son tonterías -declaró Goode.

Cotton se acercó más a su adversario.

– Si no accede a dejarme hacer, Goode, tengo mi propio experto que pondrá en entredicho todo lo que ha declarado el doctor Ross. Y si pierdo, apelaré. Llegaré hasta el Tribunal Supremo de ser necesario. Para cuando su cliente consiga ese gas, todos nosotros ya estaremos muertos.

– Pero yo soy abogado del Estado. Carezco de autoridad para representar a una empresa privada.

– La declaración más irónica que he oído en mi vida -dijo Cotton-. Pero renuncio a las objeciones y me comprometo a acatar el dictamen de este jurado, aunque esté formado por gente tan penosa como George Davis.

Goode estaba mirando a Miller en busca de alguna indicación, de modo que Cotton le dio el empujón que le faltaba.

– Vamos Goode, vaya a hablar con su cliente y deje de perder el tiempo.

Con una expresión de corderillo, Goode se alejó y mantuvo una acalorada discusión con Miller, que no dejaba de mirar a Cotton. Al final asintió y Goode regresó al estrado.

– No hay objeciones.

El juez asintió.

– Adelante, Cotton.

Lou había bajado al hospital en el Hudson con Eugene y Oz se había quedado en la casa. Había dicho que no quería saber nada más de juzgados y leyes. La esposa de Buford Rose se ofreció a cuidar de Oz y de su madre. Lou se sentó en la silla a observar a Louisa, en espera de que se produjera el milagro. En la austera habitación hacía frío, por lo que no parecía muy adecuada para la recuperación de nadie, pero Lou no confiaba en que la medicina hiciera mejorar el estado de la mujer. Había depositado su esperanza en un montón de ladrillos viejos en un prado cubierto de hierba y en un paquete de cartas que era muy probable que contuvieran las últimas palabras de su madre.

Lou se levantó y se acercó a la ventana. Desde allí veía el cine donde todavía seguían proyectando El mago de Oz. Sin embargo, Lou había perdido a su querido Espantapájaros y el León Cobarde ya no tenía miedo. ¿Y el Hombre de Hojalata? ¿Ella había encontrado su corazón? Tal vez nunca lo hubiera perdido.

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