Lou se volvió y observó a su bisabuela. La muchacha se puso tensa cuando Louisa abrió los ojos y la miró. Notó una fuerte sensación de reconocimiento, un atisbo de sonrisa y las esperanzas de Lou remontaron el vuelo. Como si no sólo sus nombres sino sus espíritus fueran idénticos, una lágrima rodó por las mejillas de las dos Louisas. Lou se acercó a ella, le tomó la mano y se la besó.
– Te quiero, Louisa -dijo, con el corazón a punto de partírsele, pues no recordaba haberle dicho esas palabras con anterioridad. Louisa movió los labios y, aunque Lou no oyó las palabras, leyó claramente en los labios de su bisabuela lo que le decía: «Te quiero, Louisa.»
Acto seguido, Louisa cerró los ojos lentamente y no volvió a abrirlos y Lou se preguntó si su milagro había consistido sólo en aquello.
– Señorita Lou, nos reclaman en el juzgado.
La muchacha se volvió y vio a Eugene en el vano de la puerta.
– El señor Cotton quiere que los dos subamos al estrado.
Lou soltó despacio la mano de Louisa, se volvió y se marchó.
Al cabo de un minuto, Louisa abrió los ojos de nuevo.
Miró alrededor. Adoptó una expresión temerosa por un par de segundos, pero luego se tranquilizó. Intentó incorporarse, confusa al principio al ver que el lado izquierdo de su cuerpo no respondía. Mantuvo la vista fija en la ventana de la habitación mientras se esforzaba por moverse. Fue progresando centímetro a centímetro hasta que logró estar medio sentada, sin apartar los ojos de la ventana. Respiraba pesadamente porque había agotado casi todas sus energías después de ese mínimo esfuerzo. No obstante, se recostó en la almohada y sonrió, porque más allá de la gran ventana veía su montaña con claridad. El paisaje le resultaba muy hermoso, aunque el invierno lo había despojado de gran parte de su color. No obstante, el año próximo sin duda regresaría. Como siempre. Como el familiar que nunca te deja del todo. Así era la montaña. Dejó la mirada fija en la familiar elevación de piedra y árboles y, en ese instante, Louisa Mae Cardinal se quedó inmóvil por completo.
En la sala del tribunal, Cotton, que se encontraba frente al estrado, elevó la voz y anunció:
– Llamo a la señorita Louisa Mae Cardinal.
Se oyó un grito ahogado procedente del público. Entonces la puerta se abrió y aparecieron Lou y Eugene. Miller y Goode adoptaron de nuevo una expresión de desprecio al comprobar que no era más que la niña. Eugene tomó asiento mientras Lou subía al banco de los testigos.
Fred se aproximó a ella.
– Levante la mano derecha, coloque la izquierda sobre la Biblia. ¿Jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?
– Lo juro -repuso ella con voz queda. Miró alrededor y vio que todo el mundo estaba pendiente de ella. Cotton le sonrió para tranquilizarla. Sin que nadie le viera, le enseñó que tenía los dedos cruzados para que le trajera suerte.
– Vamos a ver, Lou, lo que tengo que preguntarte va a resultar doloroso pero necesito que respondas a mis preguntas, ¿de acuerdo?
– De acuerdo.
– El día que murió Jimmy Skinner, tú estabas con él, ¿verdad?
Miller y Goode intercambiaron miradas de preocupación y este último se levantó.
– Señoría, ¿qué tiene que ver esto con el caso que nos ocupa?
– El Estado acordó dejarme presentar mi teoría -apuntó Cotton.
– Protesta denegada -dijo el juez-, pero no se tome todo el día.
Cotton se volvió hacia Lou.
– ¿Estabas en la entrada de la mina cuando se produjo la explosión?
– Sí.
– ¿Podrías describirnos qué ocurrió?
Lou tragó saliva y se le empañaron los ojos.
– Eugene puso la dinamita y salió. Estábamos esperándole para marcharnos. Diamond, es decir Jimmy, entró corriendo en la mina para buscar a Jeb, su perro, que había entrado a cazar una ardilla. Eugene siguió a Jimmy al interior. Yo estaba de pie frente a la entrada cuando estalló la dinamita.
– ¿Fue una explosión fuerte?
– La más fuerte que he oído en mi vida.
– ¿Sabrías decirme si oíste dos explosiones?
La muchacha adoptó una expresión de sorpresa.
– No, no lo sé.
– Es probable que no. ¿Qué sucedió a continuación?
– Entonces salió una enorme ráfaga de aire y humo que me derribó.
– Debió de ser muy fuerte.
– Sí, fue muy fuerte.
– Gracias, Lou. No tengo más preguntas.
– ¿Señor Goode?-dijo Atkins.
– No tengo preguntas, señoría. A diferencia del señor Longfellow no voy a hacer perder el valioso tiempo del jurado.
– Llamo a declarar a Eugene Randall -dijo Cotton.
Eugene, nervioso, se situó en el estrado. Tenía el sombrero que Lou le había dado bien cogido entre las manos. Todas las miradas estaban fijas en él.
– Vamos a ver, Eugene, fuiste a la mina a buscar carbón el día que Jimmy Skinner murió, ¿verdad?
– Sí, señor.
– ¿Utilizas dinamita para extraer el carbón?
– Sí, como la mayoría de la gente. El carbón calienta bien. Mucho mejor que la leña.
– ¿ Cuántas veces calculas que has usado dinamita en esa mina?
Eugene reflexionó al respecto.
– A lo largo de los años, treinta veces o más.
– Creo que eso te convierte en un experto.
Eugene sonrió ante esa designación.
– Supongo.
– ¿Cómo utilizas la dinamita exactamente?
– Pues pongo un cartucho de dinamita en un agujero de la pared rocosa, lo tapo, tiendo la mecha y la enciendo con la llama del farol.
– ¿Qué haces a continuación?
– Ese pozo se curva en un par de sitios, por lo que a veces doblo una esquina si no he puesto demasiada dinamita. Otras veces espero fuera. Ahora los ruidos empiezan a afectarme los oídos. Y la explosión levanta mucho polvo, y éste es malo.
– No lo dudo. De hecho, el día en cuestión, saliste, ¿no es así?
– Sí, señor.
– Y luego entraste a buscar a Jimmy, pero no lo encontraste.
– Sí, señor -respondió Eugene bajando la mirada.
– ¿Era la primera vez que ibas a la mina desde hacía tiempo?
– Sí, señor. Desde principios de año. El invierno pasado no fue tan malo.
– De acuerdo. Cuando se produjo la explosión, ¿dónde estabas?
– Unos veinticinco metros, dentro. No en la primera curva. Ahora tengo la pierna mala, ya no puedo moverme rápido.
– ¿Qué te ocurrió cuando se produjo la explosión?
– Me lanzó a tres metros. Golpeé contra la pared. Creí que me había matado. Pero no solté el farol. No sé cómo lo conseguí.
– Dios mío, ¿tres metros? ¿A un hombre tan corpulento como tú? ¿Recuerdas dónde habías puesto la carga de dinamita?
– Nunca se me olvidará, señor Cotton. Pasada la segunda curva. A noventa metros hacia el interior. Allí había una buena veta de carbón.
Cotton fingió sentirse sorprendido.
– Hay algo que no entiendo, Eugene. Has dicho que a veces, cuando explotaba la dinamita, te quedabas en la mina, y nunca habías resultado herido. Y en" cambio en este caso, ¿cómo es que estabas a más de sesenta metros de la carga de dinamita, pasadas no una sino dos curvas del pozo, y aun así la explosión te arrojó tres metros por el aire? Si hubieras estado un poco más cerca, probablemente te habría matado. ¿Cómo se explica?
Eugene también se mostró desconcertado.
– No lo sé, señor Cotton. Pero le aseguro que ocurrió.
– Te creo. Ya has oído declarar a Lou que la onda expansiva la derribó cuando estaba en el exterior de la mina. Las veces que tú esperaste fuera de la mina, ¿te ocurrió eso en alguna ocasión al explotar la dinamita?
Eugene ya negaba con la cabeza antes de que Cotton terminara la frase.
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