David Baldacci - Buena Suerte

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Creo que con este es el tercer libro que leo de David Baldacci. Hasta ahora los libros que he leído suyos eran de intriga, pero este es totalmente distinto. En este caso es una novela que describe el cambio de vida que tienen que llevar a cabo dos hermanos, que se trasladan con su abuela a las montañas de Virginia. La novela transcurre en la época de la guerra mundial y refleja de una manera bastante realista lo dura que es la vida en las montañas, tanto para los agricultores y ganaderos como la gente que explotaba las minas de carbón.
La novela está bien escrita y disfrutas de la historia, en la que es importante meterse en la piel de los protagonistas. Como unos niños viven las circunstancias que les han tocado vivir y como se adaptan a una vida tan distinta a la que llevaban hasta ese momento en la ciudad.
Un libro entrañable, en el que las relaciones familiares tienen gran importancia. No comento nada del final para no chafar la novela.
Buen libro para descansar de la traca de novelas negras que os estaba metiendo ultimamente.

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– ¡Señoría, George Davis no se encontraba entre los miembros del jurado elegidos! ¡Tiene intereses personales en el resultado de este caso! -bramó.

Atkins se inclinó hacia delante.

– Cotton, ya sabe que nos ha costado mucho formar el jurado. Tuve que prescindir de Leroy Jenkins porque su mujer enfermó, y a Garcie Burns su mula le propinó una

fuerte coz. Ya sé que no es la persona más querida de la zona, pero George Davis tiene tanto derecho a formar parte del jurado como cualquier otro. Escuche, George, ¿adoptará una actitud justa y abierta en este caso?

Davis llevaba la ropa de ir a misa y presentaba un aspecto respetable.

– Sí, señor -respondió educadamente y, mirando alrededor, añadió-: Todos saben que las tierras de Louisa están junto a las mías. Nos llevamos bien. -Sonrió y enseñó una dentadura deteriorada.

– Estoy seguro de que el señor Davis será un buen miembro del jurado, señoría -dijo Goode-. No hay objeción por mi parte.

Cotton miró a Atkins y la extraña expresión que observó en el rostro éste le hizo preguntarse si no ocurriría algo anormal.

Lou se sentía furiosa por lo ocurrido. Aquello no era justo. Tenía ganas de ponerse en pie y protestar, pero por primera vez en su vida se sentía demasiado cohibida para hacerlo. Al fin y al cabo se encontraba en un tribunal de justicia.

– ¡Es mentira! -bramó una voz. Todas las cabezas se volvieron en su dirección.

Lou miró a su lado y vio a Oz de pie en el asiento, con lo cual se elevaba por encima de las cabezas de todos los presentes. Sus ojos despedían chispas, y estaba señalando directamente con el dedo a George Davis.

– ¡Es mentira! -volvió a exclamar con una voz tan profunda que ni siquiera Lou habría podido reconocerla-. Odia a Louisa. No es justo que esté aquí.

Cotton se había quedado igual de boquiabierto que el resto de los presentes. Recorrió la sala con la mirada. El juez Atkins observaba al niño, no demasiado contento. Goode estaba a punto de ponerse en pie. La mirada de Davis despedía tal fiereza que Cotton se alegró de que no tuviera ninguna pistola a mano. Cotton se acercó corriendo a Oz e hizo bajar al niño.

– Parece ser que la familia Cardinal es propensa a los estallidos en público -dijo Atkins con voz resonante-. Esto no se puede aceptar, Cotton.

– Lo sé, señor juez. Lo sé.

– ¡No es justo! ¡Ese hombre es un mentiroso! -gritó Oz.

Lou estaba asustada.

– Oz, por favor, ya vale -le dijo.

– No, no vale, Lou -replicó Oz-. Ese hombre es odioso. Mata de hambre a su familia. ¡Es malvado!

– Cotton, saque a ese niño de la sala -rugió el juez-. Inmediatamente.

Cotton se llevó a Oz seguido de cerca por Lou.

Se sentaron en la fría escalinata del juzgado. Oz no lloraba. Se limitó a golpearse los delgados muslos con sus pequeños puños. Lou notó que las lágrimas le corrían por las mejillas mientras lo observaba. Cotton rodeó al niño con el brazo.

– No es justo, Cotton -dijo Oz-. No es justo. -Siguió golpeándose las piernas.

– Lo sé, hijo. Lo sé. Pero todo irá bien. El hecho de que George Davis esté en ese jurado quizá nos beneficie.

Oz dejó de darse golpes.

– ¿Cómo es posible?

– Bueno, es uno de los misterios de la ley, Oz, pero tendrás que confiar en mí. Supongo que seguís queriendo asistir al juicio. -Los dos respondieron que así era.

Cotton miró alrededor y vio a Howard Walker, el ayudante del sheriff, junto a la puerta.

– Howard, aquí hace demasiado frío para que estos niños estén esperando. Si te garantizo que no habrá más escenas, ¿se te ocurre alguna forma de que vuelvan a entrar? Es que yo tengo que darme prisa. Ya me entiendes.

Walker sonrió y se agarró la cartuchera.

– Niños, venid conmigo. Dejemos que Cotton ponga en práctica su vieja magia.

– Gracias, Howard -dijo Cotton-, aunque si nos ayudas quizá pierdas popularidad en este pueblo.

– Mi hermano y mi padre murieron en esas minas. Southern Valley puede irse al carajo. Ahora entra ahí y demuéstrales lo buen abogado que eres.

Después de que Cotton entrara, Walker llevó a Lou y a Oz por una puerta trasera y los instaló discretamente en una galería reservada para los visitantes especiales, después de que Oz le prometiera que no volvería a gritar.

Lou miró a su hermano y le susurró.

– Oz, has sido muy valiente haciendo eso. Yo no me he atrevido.

El sonrió. Entonces ella se dio cuenta de que le faltaba algo.

– ¿Dónde está el osito que te traje? -preguntó.

– Lo he tirado, Lou, soy demasiado mayor para los ositos y para chuparme el pulgar.

Lou observó a su hermano y de repente se dio cuenta de que estaba en lo cierto. Se le llenaron los ojos de lágrimas, porque súbitamente se imaginó a su hermano alto y fuerte y sin necesidad de que ella lo protegiese.

Abajo en la sala Cotton y Goode estaban enfrascados en una acalorada discusión con el juez Atkins.

– Escuche, Cotton -dijo Atkins-, no voy a hacer caso omiso de lo que está diciendo sobre George Davis y su objeción quedará registrada, pero Louisa ayudó a venir al mundo a cuatro de los miembros del jurado y el Estado no puso ninguna objeción al respecto. -Miró a Goode-. Señor Goode, ¿tendría la amabilidad de disculparnos unos minutos?

El abogado pareció sorprenderse.

– Señoría, ¿un contacto ex parte con el abogado defensor? En Richmond no hacemos esas cosas.

– Pues entonces menos mal que no estamos en Richmond. Venga, retírese un momento, por favor. -Atkins movió la mano como si estuviera espantando moscas y Goode se retiró a su mesa a regañadientes-. Cotton -dijo Atkins-, ni usted ni yo ignoramos que hay muchos intereses en juego en este caso, y ambos sabemos por qué: dinero. Louisa está en el hospital y la mayoría de la gente piensa que no va a recuperarse. Y, por otro lado, tenemos el dinero de Southern Valley tentando a todo el mundo.

Cotton asintió.

– ¿Significa eso que en su opinión el jurado irá contra nosotros a pesar de la base jurídica de la causa?

– Pues, no sabría decirle, pero si pierde…

– Entonces el hecho de que George Davis sea miembro del jurado me ofrece motivos para solicitar una apelación -concluyó Cotton.

A Atkins le satisfizo que Cotton captara la estrategia con tamaña rapidez.

– Pues no se me había ocurrido. Me alegro de que a usted sí. Bueno, que empiece el espectáculo.

Cotton regresó a su mesa mientras Atkins daba un golpe con el mazo.

– Este jurado queda constituido. Tomen asiento.

Los miembros del jurado se sentaron todos a la vez.

Atkins los miró detenidamente uno por uno antes de posar la vista en Davis y dijo:

– Una puntualización antes de empezar. Hace treinta y cuatro años que soy juez aquí y nunca ha habido nada parecido a una manipulación por parte del jurado en mi sala. Y nunca va a haberla porque, en caso de que se produjera, las personas que lo propiciaran pensarían que la vida que han pasado en las minas de carbón es una fiesta de cumpleaños en comparación con lo que les haría. -Lanzó otra mirada a Davis, dedicó las mismas invectivas visuales tanto a Goode como a Miller y añadió-: Señor abogado del Estado, puede llamar a su primer testigo.

– El Estado llama al doctor Luther Ross -anunció Goode.

El corpulento doctor Ross se levantó y se acercó al estrado. Poseía la circunspección que gusta a los abogados, aunque por lo demás no era más que un mentiroso bien pagado.

Fred le hizo pronunciar el juramento.

– Levante la mano derecha, coloque la izquierda sobre la Biblia. ¿Jura solemnemente decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?

Antes de instalarse en el banco de testigos, Ross juró que, por supuesto, diría la verdad y nada más que la verdad.

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