Maureen parecía aburrida.
– No lo decía en ese sentido -dijo ella, de pie en la puerta y observando los cómics que tenía encima de la cama-. Sólo es algo que se dice. ¿Cómo te llaman en el colegio?
– Harris el Loco -dijo, con los ojos brillantes en la oscuridad. Estaba mintiendo. Maureen había conocido a niños como él en el colegio. Seguramente lo llamaban Harris el Apestoso.
– Bueno -dijo-, pues yo te llamaré… Alan.
El niño casi sonrió por ese comentario.
– ¿Te gustan los cómics? -preguntó ella.
Él los tocó con la punta de los dedos y dijo que sí, mucho, y se quedó quieto un buen rato. Maureen quería decirle que ella había sido una niña triste y solitaria y que sabía perfectamente cómo se sentía, pero no se decidió. Incluso cuando Michael pegaba a Winnie, ellos siempre habían sabido que podría arreglárselas sola y que cuidaría de ellos.
– ¿Sabes? Isa y Leslie no quieren hacerte daño.
– No quiero nada de ellas -dijo él entre dientes.
Maureen echó un vistazo a la habitación.
– ¿Dónde está John?
– Está en casa de la abuela Isa -dijo, despacio.
John era dulce, guapo y adorable, era el niño bueno, el niño al que todos querrían cuidar. John no lo entendería hasta que creciera, hasta entonces no sabría lo que había pasado, pero Alan sí que lo sabía. El rabioso y maleducado de Alan sí que lo sabía. Ella le hizo un gesto con la cabeza.
– Algún día podrías venir a mi casa -dijo, intentando que la invitación sonara informal-. Tengo pastas y podríamos ver la tele y tomar té, y luego te traería otra vez.
Alan golpeó con la mano el cómic que tenía delante, arrancando la página, arrugándola en el puño. La tiró al suelo.
– No juego con niñas.
Se giró hacia la pared y rascó con el dedo un agujero que había en el yeso. Era un agujero bastante grande, como si se hubiera pasado horas rascando.
– Tengo un hermano mayor -dijo Maureen-. Él también podría venir.
Alan metió el dedo en el agujero, estirándose en la cama para tener una mejor perspectiva, dándole la espalda a Maureen. Era tan antipático que ella lloraría de la pena que le daba, por todos los compañeros de colegio que le rechazarían, por los exámenes que suspendería, por todas las chicas que no querrían salir con él, por Billy Harris persiguiendo a las chicas en el baile y por el ojo de Monica Beatty.
– ¿Tu hermano trabaja? -preguntó Alan.
– Está en la universidad -dijo ella-. Hace películas.
Alan dejó de rascar y se dio la vuelta.
– ¿Películas de dibujos animados? -dijo, emocionado por aquella posibilidad.
– No -dijo ella, deseando que las hiciera-. Películas normales.
Alan parecía decepcionado y se giró cara a la pared. Volvió a rascar y gruñó.
– ¿Cuándo?
Era la pregunta más corta que jamás había oído.
– ¿Mañana? -dijo ella.
– Vale.
Maureen cerró la puerta y bajó las escaleras despacio, preguntándose cuánto más sufriría Alan si supiera que Ann estaba viva. Sin embargo, Ann podía volver dentro de unos años, presentarse un día, y el retorno de una madre muerta los destrozaría a todos.
En el piso de abajo, Isa estaba presente en cada rincón. Había luz en la cocina, el fregadero estaba vacío y brillante y había una caja de bolsas de té sobre la encimera limpia. Incluso habían arreglado las tiras de moqueta que se habían roto, y ahora formaban una especie de alfombra, y habían fregado el suelo, hasta los rincones más inaccesibles.
Jimmy había acabado de vestir a los bebés, les había puesto pijamas baratos pero nuevos. Tenía los chupetes encima de sus cabezas y ellos estaban hipnotizados y quietos mientras él, con la otra mano, les limpiaba la cara con un paño húmedo. Maureen se quedó en la puerta y encendió un cigarro mientras Jimmy cogía a un niño con cada brazo y salía, pasando por su lado.
– ¿Me darás uno cuando vuelva? -dijo, señalando el cigarro.
– Sí.
Jimmy respiró hondo y subió las escaleras. Posiblemente, Alan bajaría tan pronto como los niños se hubieran dormido, y Maureen no podría hablar con Jimmy a solas. Ya lo haría cualquier otra noche. Quería comentarlo con Leslie antes de tomar una decisión, pero ella aún seguía prisionera en Cammylandia y a veces era tan escandalosa que contárselo sería igual de bueno que tomar la decisión.
– A ver, ese cigarro.
Jimmy estaba detrás de ella, frotándose las manos y mirando el cigarro. Le dio el paquete.
– Has ido muy rápido -dijo ella.
Él asintió, fue hasta la silla y levantó el cojín, cogió una caja de cerillas y encendió el cigarro. Apagó la llama y Maureen miró hacia el recibidor.
– ¿Alan no va a bajar?
– No, le gusta sentarse al lado de los pequeños hasta que se duermen -dijo, expulsando una nube de humo, con la cabeza echada hacia atrás, con la espalda recta-. A veces, lo único que necesitas es un cigarro, ¿verdad?
– Sí -dijo, mirando el cigarro, como si supiera qué hacer.
Jimmy se sentó en la silla.
– Lo que hiciste por mí y por los niños -dijo, fumando y mirándola con los ojos entrecerrados-, nunca te lo podré agradecer lo suficiente. Fuiste muy valiente al ir a Londres.
Jimmy estaba mirando el fuego de la estufa, que se estaba apagando. Dio una calada y se tragó el humo, llenándose de nicotina hasta la boca del estómago.
– Te mentí -dijo, susurrando para que los niños no lo oyeran-. Sí que la echo de menos. -Dio otra calada-. Incluso echo de menos sus borracheras y sus ausencias. Echo de menos cuando estaba metida en un lío y me echaba la culpa y les pegaba a los niños, y cuando traía un montón de gente a casa y montaba fiestas y hasta cuando orinaba sangre. La echo de menos. La echo de menos en todo momento.
– No está muerta, Jimmy.
Él agitó la cabeza mirando al suelo y ella se preguntó si la había oído.
– La echo de menos -dijo él
– Jimmy -dijo Maureen-. No era Ann. No está muerta.
Jimmy se encogió de hombros y cerró los ojos.
– La echo tantísimo de menos -susurró.
La cara de Siobhain medía seis metros y los miraba enfadada. Estaba demasiado cerca de la cámara, el rostro salía por los bordes de la pantalla.
– Me llamo Siobhain McCloud, del clan McCloud.
El público se rió mientras los más inseguros les decían a sus vecinos que los conocían.
Siobhain se alejó de la cámara. Estaba de pie en su salón beige y todo a su alrededor, el suelo, la pantalla de la televisión, el sofá, el alféizar de la ventana, estaba lleno de fotos recortadas. Había fotos de niños en una bañera, de perros, de comida, de modelos y fotos de los lectores, de pasteles caseros, de cimas de montañas y de hoteles para veranear. Le dijo al público que había recortado las fotos que le habían gustado y que se divertía coleccionándolas en álbumes. Abrió uno y la iluminación de Liam dio vida a la foto. Se veía un carruaje de caballos con una pareja dentro, grotescamente feos, vestidos de novios. La cámara acercó la imagen.
– Estos -dijo Siobhain- son Sandra y John, de Newcastle, en el día más feliz de su vida -pasó la página-, y esta es mi foto preferida, la de un cangrejo.
Su actuación era algo rara y muy forzada. Hablaba demasiado alto y decía cosas muy superficiales. Enseñó un plato de pescado y habló de su familia. Eran nómadas en las Highlands de Escocia. Describió cómo dragaban los ríos en verano, caminando por el río y revolviendo las orillas, pasaban de las superficies más movidas a las aguas más tranquilas hacia el sur, encontraban perlas y las vendían en la ciudad. La cámara enfocó el retrato que había encima de la chimenea y ella explicó la historia de su hermano pequeño, Murdo, cuando se ahogó en un pequeño arroyo en otoño y cómo la profunda pena hizo que su madre se fuera lejos de las Highlands. Se giró hacia la foto de un hotel italiano, señaló la bandera que había encima de un castillo fortaleza y explicó que, antiguamente, según la iglesia, había tres tipos de martirio. El rojo significaba la muerte, el verde significaba vivir como un ermitaño en las montañas y el martirio blanco significaba el exilio, abandonar tus tierras y tu familia para preservar la fe. Tenía un acento muy marcado y no se la veía nada guapa. Tenía la cara gorda y la barbilla se le unía al pecho, como a Hitchcock.
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