Denise Mina - Muerte en el Exilio

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Laureen O'Donnell trabaja en la Casa de Acogida para Mujeres de Glasgow, donde conoce a Anne Harris, una chica que llega al centro con dos costillas rotas y en plena batalla contra el alcoholismo. Dos semanas después, el cuerpo de Anne aparece en el río, grotescamente mutilado y envuelto en una manta. Todo apunta a que el marido de Anne es el asesino, pero ¿no puede haber un culpable menos evidente?
Maureen y su amiga Leslie tratan de romper con la indiferencia que rodea el asesinato de Anne, aunque, misteriosamente, Leslie mantiene la boca bien cerrada y no cuenta todo lo que sabe. En un intento por aclarar la confusión en la que se ve sumida su vida, Maureen viaja a Londres. Sin embargo, en lugar de solucionar sus problemas, pronto se verá inmersa en un mundo de violencia y drogadicción.

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El tren entró en la estación de Paddington y los sonidos y el olor de la ciudad la hicieron volver a la realidad. Mientras iba a la estación de metro se le metió en la cabeza la descabellada idea de que la ciudad le había tendido una trampa para hacerla volver y que esta vez no lograría escapar. Sin embargo, nadie le había tendido ninguna trampa. Sabía que estaba en lo cierto. Estaba segura.

Cogió un taxi en la estación de Victoria. Nadie debía verla por Brixton, ahora no, y durante el trayecto tuvo tiempo de pensar qué iba a decir. Se echó el pelo hacia atrás y se lo recogió en una cola baja para evitar que la reconocieran fácilmente.

En Dumbarton Court se oían los ecos de los niños jugando antes de la hora del té. Había un grupo de adolescentes sentados en la puerta del edificio, dando patadas a las piedras del suelo y haciéndose los interesantes. Había un par de chicos jugando a fútbol contra una pared. Maureen pasó por delante de ellos y se fue directa al piso de Moe, subiendo la escalera de dos en dos, con el corazón agotado latiendo a mil por hora cuando llegó frente a la puerta. Esperó hasta que hubo recuperado el aliento y golpeó suavemente la puerta, intentando sonar como una visita informal. Se giró, cabizbaja para que Moe sólo pudiera verle la nuca por la mirilla. La puerta crujió mientras se abría un poco y Moe le dijo:

– ¿Hola?

Maureen se giró deprisa y metió el pie en el espacio entre la puerta y el marco.

– Moe, déjame entrar, tengo que hablar contigo, Toner lo sabe.

Adivinaba por la expresión de los ojos de Moe que lo que quería era cerrarle la puerta en la cara, apretarle el pie tan fuerte que no pudiera aguantar el dolor, pero los remordimientos no le dejaban hacerlo.

– ¿De qué estás hablando? -dijo Moe.

– Está en peligro.

Moe echó un vistazo al rellano. Dejó entrar a Maureen, cerró la puerta y volvió a mirar por la mirilla, asegurándose que Maureen había ido sola. Se giró y frunció la boca, tocándose los labios con la mano.

– ¿Qué pasa? Creí que estabas de parte de Jimmy.

– Maldita zorra mentirosa -dijo ella-. Lo iban a meter en la cárcel y los niños se hubieran quedado con los asistentes sociales para siempre. ¿No te importa en absoluto lo que les suceda a ellos?

Moe tenía los ojos húmedos y cristalinos.

– Lágrimas, otra vez, no, por favor. ¡Tuviste una oportunidad! -Maureen gritaba, tan alto como le permitía la garganta, y observó que Moe parpadeaba, mirando hacia el techo. Puede que algún amable vecino oyera los gritos y bajara a ayudar a la pobre señora Akitza-. Tuviste una oportunidad, joder -repitió, más tranquila.

Moe retrocedió y miró a Maureen de arriba abajo.

– ¿Y a ti qué coño te importa todo esto? -dijo.

– ¿Dónde está?

Moe se cruzó de brazos.

– No sé de qué me hablas.

– ¿En el West Country?

Moe se estremeció.

– Por el amor de Dios -dijo Maureen-, es el lugar más obvio para esconderse, lejos de Londres y de Glasgow. Hay mucho tráfico de drogas allí abajo. El West Country está empezando en este negocio.

– ¿Y adonde más podía ir?

– A otro sitio, no sé, cualquier otro lugar.

El recibidor estaba muy oscuro, la luz que entraba por la ventana del salón apenas iluminaba la penumbra.

– Si dices algo, matarán a los niños -dijo Moe, mirando a Maureen, defendiéndose.

– ¿De quién fue la idea?

Moe movió un pie, observándolo mientras tocaba una arruga en la alfombra. Se lo estaba pensando. Calculaba qué perdería si hablaba. Maureen la miró, con la lengua contra la mejilla, recorriendo los límites del corte.

– ¿Fue tuya, verdad? -dijo-. Y Tam estuvo de acuerdo en seguir adelante con la farsa. ¿Le pagaste o te lo estás tirando?

Moe, de repente, se volvió una mujer tímida.

– Soy una mujer casada -dijo.

– Sí, con el hombre invisible -dijo Maureen-. El señor Akitza se fue hace mucho tiempo, ¿no?

Moe cambió el peso de pierna, incómoda.

– Tú le diste el número de mi busca a Tam, ¿no es cierto? Y le dijiste que yo tenía la Polaroid. ¿También iba a matarme a mí?

– Es mi hermana pequeña -murmuró-. No podía abandonarla. Es mi herma na.

– ¿Quién era?

– ¿La chica que murió?

– Sí. La yonqui.

Moe se encogió de hombros.

– Alguien.

– Y le cortasteis las piernas y le quemasteis los pies y las manos para esconder las marcas de los pinchazos porque todos sabían que Ann sólo era una borracha.

– Yo no -dijo Moe, agitando la cabeza, indignada-. Yo nunca le toqué ni un pelo.

– ¿Quién le destrozó la cara antes de que llegaran los demás?

– Yo no -dijo Moe.

– ¿Tú no hiciste nada, no, Moe? Era la hija de alguien, por el amor de Dios. También debía de tener hijos porque si no habrían descubierto que no era Ann cuando le hicieron la autopsia.

Moe dijo algo entre dientes y cruzó el recibidor hacia el salón. Había estado sentada en la oscuridad. El anochecer azul se abalanzaba sobre la ventana y había un cigarro encendido en el cenicero. Moe se agachó y lo cogió. Le dio una calada.

– Iban a matar a los niños -dijo Moe, parpadeando en la oscuridad-. Los habrían matado uno a uno. ¿Qué otra cosa podíamos hacer?

– ¿Y qué pasa con la mujer que murió? ¿Al menos sabes cómo se llamaba?

– ¿Qué otra cosa podíamos hacer?

– Matasteis a una pobre desgraciada. Sois unos animales.

– Se estaba matando ella misma.

– Sois unos animales. ¿Alguna vez os parasteis a pensar cómo les afectaría a los hijos de Ann? Ellos creen que su madre está muerta. Creen que la mataron y la tiraron al río. Les han dicho que a lo mejor fue su padre y se pasarán toda la vida preguntándose si lo hizo o no, no se les olvidará jamás. ¿Alguno de vosotros se paró a pensar en eso?

Moe se mordió el labio.

– ¿Qué otra cosa podíamos hacer? -susurró.

Maureen no lo sabía. No sabía qué otra cosa podían hacer.

– Me mentiste -dijo Maureen-. Dos veces.

Moe, en un ataque de furia, se giró y le pegó a Maureen en el brazo.

– ¿Y tú quién coño te crees que eres? -dijo, enfadada-. ¿Una parte involucrada? ¿Iban a matar a mi hermana, iban a matar a sus cuatro hijos y encima te atreves a decirme que te mentí? Niñata desgraciada.

Maureen retrocedió y se apoyó en la pared para alejarse de ella. Moe estaba temblando mientras daba otra calada al cigarro.

– ¿Qué va a pasar ahora? -dijo.

– Posiblemente, soltarán a Jimmy -dijo Maureen-. Ya sabes que han acusado a Tam y a un grupo de gente. Puede que mencionen a Ann, puede que confiesen.

– Tam no dirá nada. Toner lo mataría si se enterara -dijo-. Me alegro de que Jimmy esté bien.

– Vete a la mierda, te importa un carajo lo que le pase -dijo Maureen, con rencor.

– Escúchame bien -dijo Moe, con los ojos entrecerrados-. Jimmy me cae bien. Me cae mejor que mi hermana. Antes de su boda, lo cogí y le dije: «Jimmy, es una borracha. Ten cuidado». Lo hice. Mira si me preocupo por él. Lo avisé.

– Bueno, eso debió de poner la nota feliz al inicio del nuevo matrimonio. ¿Ann sabía que Leslie Findlay era la prima de Jimmy?

– No -dijo Moe-. Si lo hubiera sabido, la habría dejado al margen de todo este asunto. Sólo quería que Findlay le dijera a la policía que ella había estado en la casa de acogida, que él la había pegado y que les enseñara las fotografías del Comité de Compensación Criminal. Dijo que era una feminista extremista. Se aseguraría de que lo detuvieran…

Se quedaron las dos en el salón, a oscuras, incapaces de encontrar ninguna solución.

– Pero no lo hizo porque él era su primo -asintió Maureen-. La mujer que matasteis…

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