Bunyan encendió un cigarro y dejó el paquete encima de la mesita de café. Maureen no pudo resistirse a ese gesto de camaradería. Cogió el paquete y sacó un cigarro. Habría llorado muchas horas seguidas porque al fin estaba en casa. Arthur Williams estaba sentado tranquilamente, sonriendo cada vez que ella lo miraba.
– ¿Han acusado a Leslie y a Jimmy?
– Todavía no -dijo Williams, pausadamente-. Ya veremos, todo dependerá de cómo se solucione todo esto.
– ¿Han ido a casa de Tam Parlain? -preguntó Maureen.
– Sí -dijo él-. Están interrogando a Parlain y a Elizabeth Wooly.
– ¿Han encontrado a Elizabeth?
– Estaba en casa de Parlain cuando nosotros llegamos. Los hemos detenido por otro cargo, así que tenemos todo el tiempo del mundo.
– ¿Qué otro cargo?
– Posesión de drogas.
Williams observó cómo Maureen bajaba la cabeza, dando una calada al cigarro. Su cuello era un mosaico en rojo y negro, a él no le extrañaría que tuviera algún hueso roto. Era menuda y estaba hecha un asco y, a juzgar por las cartas, su vida no era un camino de rosas. Él se inclinó y dio unos golpecitos encima de la mesa, en su ángulo de visión.
– ¿Por qué no nos cuenta lo que pasó?
Maureen se sentó, fumó un cigarro detrás de otro mientras les explicaba la historia de la bolsa de Ann, las deudas a los usureros y el ataque en Knutsford, la carta con el membrete del bufete de abogados inexistente y el sofá mojado de Tam Parlain. No les habló de Moe ni del libro de asignación familiar, porque no consideró que tuvieran ninguna relevancia en la historia, ni les habló de Mark Doyle porque aún no sabía qué pintaba en todo aquello. Estaba llegando al final, a Maxine y a Hutton y a la estación de servicio. Había llamado a Hugh y a New Scotland Yard y al 999 cuando Williams la interrumpió.
– ¿Cuál es la historia de la Polaroid?
– Era una foto de Toner con uno de los hijos de Ann. Se la envió para hacerla salir de la casa de acogida.
– ¿Y usted no la tiene?
Maureen agitó la cabeza y metió la mano en el bolsillo.
– Pero tengo esto -dijo, y sacó la fotocopia de la Polaroid que había hecho en la fotocopiadora de Brixton.
Bunyan se inclinó mientras Williams la desdoblaba y los dos miraron a Toner cogiendo la mano del crío.
– Un tío majo, ¿verdad? -dijo Bunyan, en voz baja-. ¿Pasó mucho miedo?
Maureen bajó la cabeza y dio una calada al cigarro.
– Esta gente -dijo Bunyan, asintiendo-, dan mucho miedo.
Maureen se dio cuenta de que estaba hablando con ella como si fuera una niña, como si pudiera arreglarlo con una naranjada y un pastel de chocolate, pero ahora Maureen necesitaba aquella seguridad y respondió a la pregunta. Asintió.
– Pasé mucho miedo -dijo.
– No me extraña -dijo Bunyan, acercándose a ella-. Yo paso miedo sólo con hablar con ellos.
Maureen la miró.
– ¿Han venido aquí sólo para verme? -dijo, en voz alta y temblorosa.
– Sí.
– ¿Cómo han sabido que estaría aquí?
– No lo sabíamos.
– ¿Cómo pudieron saber que fui yo quien hizo esas llamadas?
Bunyan se dio unos golpecitos en la nariz.
– Intuición policial -dijo, y sonrió para consolarla.
Maureen le devolvió la sonrisa.
– Gracias -dijo.
Williams se reclinó en la silla.
– Aún es posible que Jimmy Harris lo hiciera, lo sabe.
– Lo sé.
– Estaba en Londres.
– Lo sé -miró a Bunyan-, pero han hablado con Jimmy, saben lo pasivo que es. Estoy segura que fue Tam. ¿Por qué otra razón limpiaría con detergente un sofá de piel?
Williams asintió mirando al suelo.
– Pero eso no demuestra nada. No podemos estar seguros sólo con la prueba de que ha limpiado su sofá de piel, ¿no cree?
Williams volvió a dibujar una sonrisa triste y Maureen se dio cuenta de que ir de hombre amable, gordo e inofensivo era su punto fuerte. Debían enviarlo a interrogar a todos los pirados del país.
– Tendremos que llevarla a la comisaría de Carlisle para un interrogatorio formal -dijo él.
– ¿Por qué a Carlisle?
Williams suspiró, parecía muy cansado.
– Es una larga historia -dijo.
Unos suaves golpes en la puerta anunciaban el desagradable retorno de Inness. Hugh McAskill estaba detrás de él, con su pelo dorado y plateado reluciente en la mañana gris mientras miraba hacia el salón y encontraba los ojos de Maureen. Por un momento pareció muy triste y luego miró al suelo. Volvió a levantar la mirada con una expresión ausente.
– ¿Es este el oficial con el que quería hablar por teléfono? -preguntó Williams.
– Sí -dijo Maureen.
Hugh estaba de pie en la puerta del salón y asintió sin levantar la mirada. Williams y Bunyan captaron la indirecta y se levantaron y se fueron a la cocina con Inness a esperar. Hugh los vio salir por la puerta y se giró hacia ella, con los ojos azules achinados vivos otra vez.
– ¿Estás bien?
– Sí -dijo Maureen, sintiéndose como un caso difícil de resolver-. Es agradable volver a estar en casa.
– Grabaron la llamada de Londres -dijo Hugh-. Fueron a casa de Parlain y encontraron restos de sangre y cabellos debajo del sofá. Coinciden con el cabello del cadáver.
– ¿Dejarán libre a Jimmy?
– Ya está en la calle -dijo Hugh-. Todavía no lo habían acusado de nada.
– ¿Ah, sí? ¿Y qué hay de Leslie?
– También está libre. Esa tal Elizabeth tiene un mono increíble. Lo está confesando todo a cambio de un poco de metadona.
– Ya -dijo Maureen-. A mí me lo confesó todo por quinientas libras.
– Desesperada -dijo Hugh, asintiendo y mirándola a los ojos-. ¿Farrell te ha estado escribiendo todo este tiempo?
– Sí.
Él suspiró.
– Maureen -dijo-, no puedo creer que no me lo dijeras.
– Es tu trabajo, Hugh, tu obligación hubiera sido contárselo a Joe. -Se miraron y Hugh asintió lentamente-. Sólo está haciendo ver que está loco -dijo Maureen-. Os está tomando el pelo. Al principio no entendía por qué me escribía las cartas pero al final lo descubrí. Para vosotros era muy fácil seguir el rastro de las cartas hasta aquí. Está dándole información a Joe sobre su estado mental en cuentagotas. Sabe que es más probable que Joe se lo crea si le cuesta mucho trabajo conseguir las cartas.
– No lo sé…
– ¿Qué vais a hacer con las cartas?
– Se las tendremos que dar al fiscal. No tenemos otra opción, son pruebas físicas de su estado mental.
– Saldrá, Hugh -dijo ella-. Joder, es psicólogo, sabe exactamente qué hacer para que le suelten.
– Lo sé. Es un tramposo. -Inclinó la cabeza para mirarle el cuello-. Déjame ver eso. -Ella levantó la barbilla todo lo que pudo-. Deberías ir a hacerte unas radiografías -dijo Hugh-. Si quieres, te llevo al hospital Alpert.
– No -dijo ella-, ya iré después. ¿Quieres una taza de té?
Hugh pestañeó despacio y sonrió.
– Me encantaría.
La siguió hasta la cocina llena de gente. Bunyan estaba sentada junto a la mesa y Williams estaba de pie en la esquina, sonriendo mientras Inness le explicaba una historia. Se callaron cuando se abrió la puerta, poniéndose más serios cuando vieron que era Maureen.
– Hola otra vez -dijo Williams, amablemente.
– Perdón -dijo Maureen-, sólo venía a preparar una taza de té.
Williams se movió y miró a Inness, que estaba junto a él.
– Tengo entendido -dijo- que pasó una temporada en un psiquiátrico -dijo, y la miró inocentemente pero la pregunta era de lo menos inocente.
– ¿Y qué?
Williams se encogió de hombros.
– Sólo es, ya sabe, interesante.
Maureen encendió otro cigarro y el corazón le palpitó más rápido cuando sintió otra punzada de dolor en el pulmón. Ahora Hugh ya estaba allí y ella no necesitaba el compañerismo de aquel hombre prepotente.
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