Minette Walters - La Escultora

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Rosalind Leigh, una periodista en plena crisis creativa y de identidad, se ve forzada a abordar una obra de investigación sobre un caso que conmocionó al país años antes: el de Olive Martin, condenada a veinticinco años de prisión por el asesinato y descuartizamiento de su madre y hermana. Olive se habia declarado culpable.
Olive, -gorda, desmañada, infatigable autora de muñecos de cera de carácter mágico, por lo que en la prisión es llamada La Escultora -, lo tiene todo para resultar antipática. Sin embargo, desde el principio Rosalind es capaz de intuir bajo tan poco favorecedora superficie el desamor y el desamparo. Comienza a sospechar que las protestas de culpabilidad de Olive son falsas.
Se trata de una posibilidad remota y hasta inquietante: ¿Podria ser inocente Olive? Y si así fuera, ¿a quién protege autoinculpándose? Rosalind empieza a bucear en un pasado bajo cuya apariencia de normalidad detecta un turbio remolino de pasiones, odios y desencuentros, tan brutal que sólo podía resolverse en la violencia.

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– ¡Oh no! -dijo-. ¡No, no, no! Tendrá que marcharse. No consiento que se vuelva a sacar aquello a la luz. Esto es un atropello. ¿Cómo ha conseguido esta dirección?

– ¡No, no, no! -repitió la anciana-. Es un atropello. ¡No, no, no!

Roz contuvo la respiración, contó hasta diez con la incertidumbre de si le fallaría antes la sensatez o el control.

– Por el amor de Dios, ¿cómo puede aguantar esto? -las palabras surgieron tan involuntarias como hubieran sido las de la señora Clarke-. Lo siento. -Roz pudo apreciar la tensión en la cara de Edward-. He sido imperdonablemente descortés.

– No es tan grave estando solos. Simplemente desconecto. -El hombre susurró-: ¿Por qué ha venido? Pensaba que ya habíamos dejado todo eso atrás. No hay nada que pueda hacer por Olive. Robert intentó ayudarla por aquel entonces pero Olive lo rechazó. ¿Por qué le ha enviado aquí?

– Es un atropello -murmuró la anciana.

– Olive no me ha enviado. Estoy aquí por mi propia iniciativa. Mire -dijo Roz, mirando de reojo a la señora Clarke-, ¿hay algún lugar en donde podamos hablar en privado?

– No hay nada que hablar.

– Sí que lo hay -contestó Roz-. Usted era amigo de Robert. Debía haber conocido a la familia mejor que nadie. Estoy escribiendo un libro -Roz de pronto se acordó tarde de que había dado las explicaciones a la señora Clarke-, y no lo puedo hacer si nadie me habla de Gwen y Robert.

Le había hecho enfadar otra vez.

– Periodismo sensacionalista -exclamó Edward-, no me involucraré en ello. Márchese o llamo a la policía.

La señora Clarke exhaló un gemido de terror.

– La policía no. No, no, no. Tengo miedo de la policía. -Escudriñó a la extraña-. Tengo miedo de la policía.

Con razón, pensó Roz, preguntándose si el shock de los asesinatos la habría llevado a la demencia. ¿Fue esa la razón por la que los señores Clarke se habían mudado de su casa? Roz cogió su portafolios y su bolso.

– No soy de la prensa amarilla, señor Clarke. Intento ayudar a Olive.

– Ella está más allá de la ayuda. Todos lo estamos. -El hombre miró a su mujer-. Olive lo destruyó todo.

– No estoy de acuerdo.

– Por favor, vayase.

La débil voz de falsete de la anciana mujer les interrumpió.

– No vi a Gwen y Amber aquel día -gritó lastimosamente-. Mentí, yo mentí, Edward.

Edward cerró los ojos.

– Dios mío -murmuró-, ¿qué he hecho yo para merecer esto? -Su voz vibró con disgusto contenido.

– ¿Qué día? -presionó Roz.

Pero el momento de lucidez, si eso es lo que fue, desapareció.

– Estamos esperando las pastas.

Irritación y algo más, ¿alivio?, se observó en la cara de Edward.

– Está senil -le dijo a Roz-. Se le va la cabeza. No puede creer nada de lo que diga. Le enseñaré la salida.

Roz no se movió.

– ¿Qué día, señora Clarke? -le preguntó amablemente.

– El día que vino la policía. Dije que los había visto pero no los vi. -La señora Clarke frunció el ceño-. ¿La conozco?

El señor Clarke asió a Roz rudamente por el brazo y la llevó hacia la puerta de entrada.

– Fuera de mi casa – bramó-. ¿Es que no hemos sufrido suficiente por culpa de aquella familia? -Echó a Roz a la calle asiéndola por el brazo y cerró la puerta bruscamente.

Roz se frotó el brazo. Edward Clarke, a pesar de la edad, era bastante más fuerte de lo que aparentaba.

Roz estuvo dándole vueltas al problema durante toda la larga vuelta a casa. Había caído en el mismo dilema que con Olive. ¿Estaba la señora Clarke diciendo la verdad? ¿Había mentido a la policía aquel día o fue producto de su senilidad? Y si había mentido, ¿cambiaría nada eso?

Roz se imaginó a ella misma en la cocina del Poacher escuchando cómo Hal hablaba de la coartada de Robert Martin.

«Nos preguntamos si él podía haber matado a Gwen y Amber antes de ir a trabajar y Olive se encargó de deshacerse de los cuerpos para protegerle, pero los números no cuadraban. Incluso para eso Martin tenía una coartada. Hubo una vecina que acompañó hasta la puerta a su marido cuando éste se fue a trabajar poco antes de que se marchase Martin. Amber y Gwen aún estaban vivas porque ella les habló en el descansillo. Se acordaba de haber preguntado a Amber cómo le iba en Glitzy. Ellas saludaron a Martin cuando pasó con el coche.»

Tuvo que ser la señora Clarke, pensó Roz. ¿Pero cómo es que no se lo había planteado antes? ¿Era normal que Gwen y Amber se despidiesen de Robert cuando no había amor entre marido y mujer? Una frase de la declaración de Olive cortó sus pensamientos como un afilado cuchillo. «Tuvimos una discusión durante el desayuno y mi padre se marchó al trabajo sin acabar.»

Así que la señora Clarke había estado mintiendo. Pero ¿por qué? ¿Por qué dar a Robert una coartada cuando, según Olive, ella la veía como una amenaza?

«Hubo una vecina que acompañó a su marido a la puerta cuando éste se fue a trabajar un poco antes de que se marchase Martin…»

Dios, qué ciega había estado. Era la coartada de Edward.

Roz, presa de la excitación, llamó a Iris desde una cabina.

– Ya lo tengo, hija. Ya sé quién lo hizo, y no fue Olive.

– ¿Lo ves? Te has de dejar guiar por los instintos de tu representante. He apostado cinco pavos por ti con Gerry. Le sentará como un tiro perder. ¿Así que quién lo hizo?

– El vecino, Edward Clarke. Era el amante de Robert Martin. Creo que él mató a Gwen y Amber en un ataque de celos. -Roz contó su historia de un tirón, sin respiro-. Espera, aún he de encontrar la manera de demostrarlo.

Hubo un largo silencio al otro lado de la línea.

– ¿Estás aún ahí?

– Sí, estaba lamentándome de los cinco pavos. Ya sé que estás emocionada, chica, pero tendrás que serenarte y estudiarlo mejor. Si este Edward descuartizó a Gwen y Amber antes de irse al trabajo, ¿no se habría tropezado Robert con los trozos de los cadáveres en la cocina?

– ¿Quizás lo hicieron juntos?

– Entonces ¿por qué no mataron a Olive también? Para no mencionar el pequeño detalle de que por qué habría de proteger Olive al amante homosexual de su padre. Sería mucho más lógico que la señora Clarke mintiese para que Robert tuviera coartada.

– ¿Por qué?

– Mantenían una turbulenta aventura -dijo Iris-. La señora Clarke adivinó que Robert había matado a su mujer para quedar libre para ella y mintió para protegerle. No sabes con seguridad que él fuera homosexual. La madre de la amiga del colegio no cree que lo fuera. ¿La señora Clarke es atractiva?

– Ahora no. Pero lo era antes.

– ¿Lo ves?

– ¿Por qué mató Robert a Amber?

– Porque estaba allí -dijo Iris simplemente-. Supongo que se debía despertar cuando oyó la pelea y bajó. A Robert no le debía quedar otro remedio que matarla también. Entonces salió pitando y dejó a la pobre Olive, que había estado durmiendo, que se encontrase con el fregado.

Un tanto de mala gana, Roz fue a ver a Olive.

– No te esperaba, no después de… -Olive dejó el resto de la frase sin acabar-. Bueno, ya sabes. -Sonrió tímidamente.

Volvieron a la habitación de siempre, sin vigilancia. Los humos de la directora parecían haber desaparecido igual que la hostilidad de Olive. Francamente, pensó Roz, el sistema penitenciario no cesaba de sorprenderla. Pensó que habría mil y un problemas, especialmente porque era miércoles y no el día habitual, pero no hubo ninguno. Acceder hasta Olive volvía a estar permitido. Roz le pasó el paquete de tabaco.

– Parece ser que vuelves a ser «persona grata» -dijo Roz.

Olive aceptó el cigarrillo.

– Tú también, ¿no?

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