Por último, a finales del siglo XIX, el evangelista Frank Weston Sandford fundó en Durham la comunidad de Shiloh. Sandford merece especial atención porque la comunidad de Shiloh fue, a todas luces, el modelo en que se inspiró el reverendo Faulkner para lo que se propuso llevar a cabo medio siglo después.
La secta ritualista de Sandford recaudó grandes sumas de dinero para misiones en el extranjero y proyectos de construcción de viviendas y envió barcos de vela llenos de misioneros a zonas remotas del planeta. Persuadidos por Sandford, sus seguidores vendieron sus casas y se radicaron en el asentamiento de Shiloh en Durham, a sólo cincuenta kilómetros de Portland. Muchos de ellos murieron a causa de la desnutrición y las enfermedades. El hecho de que estuviesen dispuestos a seguirlo y a morir por él da fe del magnetismo de Sandford, natural de Bowdoinham (Maine) y graduado por la Facultad de Teología del Bates College, en Lewiston.
Sandford contaba sólo treinta y cuatro años cuando se fundó oficialmente la colonia de Shiloh el 2 de octubre de 1896, fecha dictada a Sandford supuestamente por el propio Dios. Al cabo de varios años había en el asentamiento edificios por valor de más de doscientos mil dólares, cuya construcción se financió esencialmente con las donaciones y la venta de propiedades de sus seguidores. El edificio principal, el propio Shiloh, tenía 520 habitaciones y más de ochocientos metros de circunferencia.
Pero la creciente megalomanía de Sandford -afirmó que Dios lo había proclamado el segundo Elias- y su insistencia en la obediencia absoluta empezaron a provocar fricciones. El crudo invierno de 1902-1903 ocasionó una gran escasez de víveres y la viruela se cebó en la comunidad. Empezó a morir gente. En 1904 Sandford fue detenido y acusado de cinco delitos de crueldad contra menores y uno de homicidio sin premeditación como consecuencia de los actos de pillaje de ese invierno. El veredicto de culpabilidad fue revocado en la apelación.
En 1906 Sandford zarpó hacia Tierra Santa junto con un centenar de fieles en dos barcos, el Kingdom y el Coronel. Pasaron los cinco años siguientes en el mar, navegando hasta África y Sudamérica, pero su técnica de conversión no era muy ortodoxa: mientras los dos navíos costeaban esos territorios, los seguidores de Sandford rezaban sin parar a Dios implorándole que los nativos acudieran a él. El contacto real con los posibles conversos fue prácticamente nulo.
Al final, el Kingdom naufragó frente a la costa occidental de África, y cuando Sandford ordenó a la tripulación del Coronel que pusiese rumbo a Groenlandia, se amotinaron y lo obligaron a regresar a Maine. En 1911 Sandford fue juzgado por la muerte de seis tripulantes y condenado a diez años de prisión por homicidio sin premeditación. Puesto en libertad en 1918, se afincó en Boston y dejó la administración diaria de Shiloh en manos de sus subordinados.
En 1920, tras oír testimonios de las atroces condiciones en que vivían los niños de la comunidad, un juez ordenó su traslado. Shiloh se desintegró, se redujo el número de miembros de cuatrocientos a cien a raíz de un incidente que dio en llamarse la Dispersión. Sandford anunció que se apartaba de toda actividad en mayo de 1920 y se retiró a una granja en la zona norte del estado de Nueva York, donde intentó, sin éxito, reconstruir la comunidad. Murió en 1948 a los ochenta y cinco años de edad. La comunidad de Shiloh existe todavía hoy, aunque de forma muy distinta a como fue en sus inicios, y a Sandford sigue honrándosele como fundador.
Se sabe que Faulkner consideró a Sandford una fuente de inspiración especial: Sandford había demostrado que era posible establecer una comunidad religiosa independiente mediante las donaciones y la venta de los bienes de los verdaderos creyentes. Resulta, pues, irónico y a la vez curiosamente coherente que el intento de Faulkner de crear su propia utopía religiosa, en las proximidades de la pequeña localidad de Eagle Lake, terminase en resentimiento y acritud, al borde de la inanición y la desesperación, y en último extremo con la desaparición de veinte personas, entre ellas el propio Faulkner.
A la mañana siguiente estaba sentado en la cocina de mi casa poco después de amanecer, con una cafetera y los restos de unas tostadas resecas en la mesa al lado de mi PowerBook. Ese día tenía que preparar un informe para un cliente, así que aparté a Jack Mercier de mi pensamiento. Fuera caían gotas de agua del haya que crecía junto a la ventana de la cocina, y, al chocar contra la tierra húmeda, sonaban con una cadencia irregular. Todavía quedaban un par de hojas secas y parduscas adheridas a las ramas del árbol, pero ya estaban rodeadas de brotes verdes, la vida vieja se preparaba para dar paso a la nueva. Un trepador hinchó el pecho rojo y cantó desde su nido de pequeñas ramas. No se veía a su pareja, pero supuse que andaba cerca. Antes de finales de mayo habría huevos en el nido y pronto toda una familia me despertaría por las mañanas.
Cuando empezó el telediario en la WPXT, el canal local afiliado a la Fox, ya había redactado un borrador aceptable y hecho copia en disquete para poder imprimir desde el ordenador de sobremesa. Abrió con las últimas noticias sobre los restos humanos aparecidos en el lago St. Froid el día anterior. Mostraron a la doctora Claire Gray, recién nombrada forense general del estado, a su llegada al lugar del hallazgo con botas de bombero y mono. Tenía el cabello oscuro, largo y rizado, y su semblante no delataba emoción alguna mientras descendía hacia la orilla del lago.
Ya habían levantado diques con sacos de arena para contener las aguas, y en ese momento los huesos descansaban en una capa de espeso barro y vegetación descompuesta, sobre la que se había extendido una lona para protegerlos de los elementos. El examen preliminar lo había efectuado uno de los doscientos forenses a tiempo parcial del estado, quien confirmó que se trataba de restos humanos; y, posteriormente, la policía envió imágenes digitales del lugar por correo electrónico a la oficina de la forense general, en Augusta, para que ella y sus ayudantes se familiarizasen con el terreno y la tarea que debían afrontar. Ya habían avisado a la antropóloga forense de la Universidad de Maine en Orono, que viajaría a Eagle Lake horas más tarde ese mismo día.
Según la periodista, debido a que se corría el riesgo de un mayor deterioro de la orilla y existía la posibilidad de dañar los restos, se había descartado el uso de una excavadora para exhumar los cuerpos y se consideraba ya muy probable que la tarea tuviese que concluirse a mano mediante palas y pequeñas llanas Marshalltown en una meticulosa labor centímetro a centímetro. Mientras la periodista hablaba, se oían claramente de fondo los aullidos de los híbridos de lobo. Puede que tuviese que ver con el sonido de la transmisión en directo, pero los aullidos llegaban con un tono terrible y penetrante, como si en cierta manera los animales comprendiesen qué se había descubierto en su territorio. La intensidad de los aullidos aumentó cuando un coche se detuvo al borde del área acordonada y se apeó el subjefe de la fiscalía, conocido por todos como doctor Bill, para hablar con el agente. En el asiento trasero del coche llevaba a sus dos perros rastreadores de cadáveres: era la presencia de éstos lo que había desencadenado la reacción de los híbridos.
Detrás de la periodista se veía a los técnicos de una unidad móvil del puesto de la policía del estado en Houlton y, al fondo, entre los agentes de la policía del estado y de la oficina del sheriff, a miembros de la BIC III, la Brigada de Investigación Criminal con jurisdicción en Aroostook. Era evidente que la periodista había hablado con la gente indicada. Pudo confirmar que los cadáveres llevaban cierto tiempo bajo tierra, que había entre ellos huesos de niños y que en algunos de los cráneos que quedaban a la vista se advertía la clase de lesiones causadas por el impacto de un objeto contundente. Probablemente el traslado de los primeros cuerpos al depósito de cadáveres de Augusta no se llevaría a cabo hasta pasados uno o dos días; allí, los restos se limpiarían con escalpelos y una mezcla de agua hervida y detergente para luego dejarlos secar bajo una campana extractora antes de analizarlos. Correspondería entonces a la antropóloga forense la tarea de rearticular los esqueletos lo mejor posible.
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