John Connolly - Perfil asesino

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El hallazgo fortuito de una fosa común, a orillas de un lago en el norte de Maine, pone al descubierto un espeluznante asesinato en masa cometido hace más de treinta años. Todos los miembros de una comunidad religiosa, los Baptistas de Aroostook, desaparecieron sin dejar rastro en 1964, y, ahora que sus cadáveres han vuelto al presente como una muda acusación, alguien parece muy interesado en que el misterio quede sin resolver. Pero el pasado regresa con inusitada brutalidad. La primera víctima es Grace Peltier, una estudiante que, al investigar sobre el fanatismo religioso en el estado de Maine, ha ahondado en la vida y el enigmático final de la comunidad de Aroostook. En apariencia, Grace se ha suicidado, pero hay indicios de asesinato más que suficientes para que la familia solicite la intervención del detective Charlie Parker, «Bird», el protagonista de las anteriores entregas de John Connolly.

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Pero el comentario final de la periodista resultó especialmente interesante. Según dijo, los inspectores creían disponer de una identificación preliminar de tres de los cadáveres como mínimo, si bien se negaban a dar más detalles por el momento. Eso significaba que habían descubierto algo en el lugar de los hechos, algo que preferían reservarse. El hallazgo despertó mi curiosidad -la mía y la de un millón de personas más-, pero sólo eso. No envidié a los investigadores que debían adentrarse en el barro del lago St. Froid para extraer los huesos con las manos enguantadas, espantando a las primeras moscardas e intentando abstraerse de los aullidos de los híbridos.

Concluidas las noticias, imprimí el texto y fui en coche a las oficinas de PanTech Systems para informar de mis averiguaciones. PanTech tenía su sede en un edificio de tres plantas con ventanas de cristal ahumado en Westbrook y estaba especializada en sistemas de seguridad para las redes informáticas de entidades financieras. Su última innovación incluía un complejo algoritmo ante el que cualquiera con un coeficiente de inteligencia inferior a doscientos quedaba mudo de incomprensión, pero que la compañía consideraba prácticamente infalible. Por desgracia, Errol Hoyt, el matemático que mejor entendía el algoritmo y había participado en su desarrollo desde el principio había llegado a la conclusión de que PanTech lo infravaloraba y en ese momento intentaba vender sus servicios, y el algoritmo, a la competencia a espaldas de su actual empresa. La circunstancia de que, además, estuviese acostándose con su contacto en la firma rival -una tal Stacey Kean, que tenía uno de esos cuerpos esculturales que provocaban colisiones múltiples en la autovía después de la misa del domingo-complicaba un poco más el asunto.

Había interceptado las transmisiones de Hoyt por teléfono móvil mediante un sistema de escucha radiofónica celular Cellmate provisto de una antena de alta ganancia. El Cellmate venía en un compacto estuche de aluminio mate que contenía un teléfono Panasonic adaptado, un decodificador a multifrecuencia y una grabadora Marantz. No tenía más que marear el número del teléfono móvil de Hoyt y el Cellmate se ocupaba del resto. Mediante las escuchas, había seguido el rastro a Hoyt y a Kean hasta uno de sus lugares de encuentro, el Days Inn de Maine Mall Road. Esperé en el aparcamiento y tomé fotografías de los dos

entrando en la misma habitación. Luego pedí la habitación contigua y, una vez allí, saqué de mi bolsa de piel el dispositivo de vigilancia Penetrator II. Aunque, por su nombre, cabría pensar que el Penetrator II era alguna clase de adminículo sexual, se trataba sólo de un transductor especialmente diseñado para acoplarse a la pared y convertir las vibraciones captadas en impulsos eléctricos; después, éstos se amplificaban y transformaban en señales de audio reconocibles. En este caso, la mayoría de las señales de audio reconocible eran gruñidos y gemidos, pero cuando terminaron con la parte placentera, fueron al grano, y Hoyt proporcionó suficientes detalles comprometedores acerca de lo que ofrecía, y de cómo y cuándo iba a producirse el traspaso, para que PanTech pudiese echarlo sin incurrir en una demanda laboral por despido improcedente y una considerable indemnización por daños y perjuicios. Debo reconocer que era una manera un tanto sórdida de ganarse unos dólares, pero me había resultado cómodo y relativamente sencillo. Ahora ya sólo era cuestión de presentar las pruebas a PanTech y de recoger el cheque.

Permanecí sentado en una sala de reuniones junto a una mesa de cristal ovalada mientras, frente a mí, tres hombres examinaron primero las fotografías y escucharon después las conversaciones telefónicas de Hoyt y la grabación de su paréntesis romántico con la encantadora Stacey. Uno de ellos era Roger Axton, vicepresidente de PanTech. El segundo era Philip Voight, jefe de seguridad de la empresa. El tercero se había presentado como Marvin Gross, jefe de personal. Era un hombre de corta estatura y constitución enclenque, y la pequeña barriga que sobresalía por encima del cinturón inducía a pensar que padecía de desnutrición. Era Gross, advertí, quien llevaba el talonario de cheques.

Al cabo de un rato, Axton extendió un rollizo dedo y apagó la grabadora. Cruzó una mirada con Voight y se levantó.

– Todo parece en orden, señor Parker. Gracias por su tiempo y sus esfuerzos. El señor Gross se ocupará de la cuestión del pago.

Advertí que no me estrechaba la mano sino que simplemente abandonaba la sala con un susurro de seda como una viuda acaudalada. Supuse que si yo acabase de escuchar los sonidos de dos desconocidos manteniendo relaciones sexuales, también me habría negado a dar la mano al autor de la grabación. Así pues, seguí sentado en silencio oyendo el rasgueo de la pluma de Gross en el talonario. Cuando acabó, sopló suavemente sobre la tinta y, con sumo cuidado, arrancó el cheque. En lugar de entregármelo de inmediato, lo observó un momento antes de dirigirme una mirada escrutadora con la cabeza aún inclinada y preguntar:

– ¿Le gusta su trabajo, señor Parker?

– A veces -contesté.

– A mí me da la impresión -continuó Gross lánguidamente-de que es un tanto… rastrero.

– A veces -repetí sin inmutarme-. Pero por lo general eso no viene determinado por la naturaleza del trabajo en sí, sino por la naturaleza de algunas de las personas implicadas.

– ¿Se refiere al señor Hoyt?

– El señor Hoyt tuvo relaciones sexuales por la tarde con una mujer. Ninguno de los dos está casado. Lo que hicieron no era rastrero, o al menos no más que un centenar de cosas que la mayoría de la gente hace a diario. Su empresa me ha pagado por escucharlos, y ahí viene el lado rastrero del asunto.

La sonrisa de Gross no se alteró. Sostuvo el cheque en alto entre los dedos como si esperase que rogara por él. A su lado vi a Voight mirarse los pies abochornado.

– No estoy muy seguro de que seamos los únicos culpables de la manera en que ha llevado a cabo su encargo, señor Parker -dijo Gross-. Eso lo ha elegido usted.

Noté que se me cerraba el puño, en parte a causa de mi creciente ira hacia Gross, en parte porque no le faltaba razón. Sentado en aquella sala, viendo a aquellos tres hombres trajeados mientras escuchaban los sonidos de una pareja haciendo el amor, había sentido vergüenza por ellos, y por mí. Gross estaba en lo cierto: era un trabajo sucio, no mucho mejor que la recuperación de artículos por incumplimiento de pago, y el dinero no compensaba debido a la capa de mugre que dejaba en la ropa, en la piel y en el alma.

Continué en silencio, sin apartar la mirada de él, hasta que se puso en pie y devolvió el material concerniente a Hoyt a la carpeta negra de plástico en la que se lo había entregado. Voight se levantó también, pero yo me quedé sentado. Gross echó una última ojeada al cheque y lo dejó en la mesa, frente a mí, antes de abandonar la sala.

– Disfrute su dinero, señor Parker -dijo para concluir-. Creo que se lo ha ganado.

Voight me dirigió una mirada de pesar, encogió los hombros y siguió a Gross.

– Le espero fuera -dijo.

Asentí y empecé a guardar mis anotaciones en la bolsa. Cuando terminé, alcancé el cheque, comprobé la cantidad, lo doblé y lo metí en un pequeño departamento con cremallera de mi billetero. PanTech me había pagado una gratificación del veinte por ciento. Por alguna razón, me hizo sentir aún más sucio que antes.

Voight me acompañó hasta el vestíbulo y puso gran empeño en estrecharme la mano y darme las gracias antes de irme del edificio. Crucé el aparcamiento y pasé ante las plazas reservadas con los nombres de sus propietarios en pequeñas placas de latón clavadas a la tapia. El coche de Marvin Gross, un Impala rojo, ocupaba la plaza número veinte. Saqué las llaves del bolsillo y abrí la pequeña navaja que llevaba prendida del llavero. Me arrodillé junto al neumático izquierdo de la parte de atrás y apoyé la punta de la hoja contra la banda lateral, dispuesto a rajar el caucho. Permanecí en esa postura unos treinta segundos quizás, y, finalmente, me levanté, plegué la navaja y dejé intacta la rueda. Quedó una pequeña hendidura allí donde había rozado la hoja, pero nada más.

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