– Porque ellos no quisieron.
– ¿Quiénes?
– Anmael y Semjaza, aunque no se hacían llamar así, no la primera vez que vinieron a mí. No llegué a conocer el nombre de la mujer. Apenas hablaba. El hombre se llamaba Peter, pero más tarde averigüé su verdadero nombre. Casi siempre hablaba él.
– ¿Cómo te encontraron?
– Yo tenía mis flaquezas. Distintas de las de Jimmy. Tenía flaquezas de hombre. Me gustaban jóvenes.
Volvió a sonreír. Tenía los labios agrietados y, podridos en las encías, los dientes que le quedaban.
– Chicas, no chicos -continuó-. Chicos nunca. Ellos se enteraron. A eso se dedican: descubren tus flaquezas y las usan contra ti. Una zanahoria y un palo: amenazaron con delatarme, pero si los ayudaba ellos me ayudarían a mí. Acudieron a mí cuando tu padre empezó a verse con Caroline Carr. Yo no sabía qué eran, no por aquel entonces, pero más tarde me enteré. -Parpadeó, y por un momento pareció asustado-. Vaya que si me enteré. Les hablé de esa tal Carr. Sabía de su existencia: un día hice la ronda con tu padre cuando él ya la conocía, y los vi juntos.
»Anmael quería saber dónde estaba ella. No pregunté por qué. Averigüé dónde la había escondido Will, en qué lugar del Upper East Side. Entonces murió Anmael y la mujer desapareció. Después de eso llevaron a Caroline Carr de un sitio a otro, los dos, tu padre y Jimmy, pero lo hicieron con mucho sigilo. Sugerí a Semjaza que siguiese a Jimmy, porque tu padre confiaba en él más que en ningún otro. Pensé que sólo querían seguirla, quizá robarle el niño. Me quedé tan sorprendido como el que más cuando mataron a Caroline Carr.
Por extraño que parezca, le creí. No tenía ninguna razón para mentir, ya no, ni buscaba la absolución. Hablaba de aquello como de un suceso cualquiera que había presenciado, sin intervenir directamente.
– Cuando Will regresó de Maine con un bebé, sospeché. Conocía el historial médico de su mujer, sus problemas para concebir y llevar a término el embarazo. Cuadraba todo demasiado bien. Pero para entonces yo ya me había distanciado de Jimmy. Seguía en buenas relaciones con tu padre, o eso pensaba, pero algo cambió entre nosotros. Supongo que Jimmy habló con él y, puestos a elegir, se quedó con Jimmy. No me importó. A la mierda. A la mierda los dos.
»No volví a saber nada durante unos quince años. No me extrañó. Al fin y al cabo estaban muertos. Anmael y la mujer, y yo había encontrado maneras de satisfacer mis apetencias sin ellos.
»Un día aparecieron un chico y una chica. Se quedaron vigilando la casa desde un coche. Yo estaba en la bolera y me llamó mi mujer, me dijo que estaba preocupada. Llegué a casa y supe que eran ellos, te lo juro. Lo supe incluso antes de que me enseñaran las marcas en los brazos, antes de que empezaran a hablar de cosas que debían haber ocurrido antes de que ellos nacieran, conversaciones que yo había mantenido con Anmael y la mujer antes de su muerte. En serio, eran ellos, con otra forma. No me quedó la menor duda. Lo veía en sus ojos. Les hablé de mis conjeturas sobre el chico que Will y su mujer estaban criando, pero por lo visto ellos ya lo sospechaban. Por eso habían vuelto. Sabían que el chico aún vivía, que tú aún vivías.
»Así que volví a ayudarlos, y tampoco esta vez acabaron contigo.
Cerró los ojos. Pensé que se había adormilado, pero de pronto habló sin despegar los párpados.
– Lloré cuando tu padre se suicidó -continuó-. Me caía bien, a pesar de que se distanció de mí. Ojalá hubieras muerto en esa clínica. Entonces todo habría terminado allí. Simplemente te resistes a morir. -Volvió a abrir los ojos-. Pero esta vez es distinto. Ya no son chiquillos los que van detrás de ti, y han aprendido de sus errores. Eso es lo que tienen: recuerdan. Cada vez se acercan un poco más a su objetivo, pero ahora es urgente. Quieren que mueras.
– ¿Por qué?
Me miró fijamente con las cejas enarcadas. Parecía encontrar graciosa mi pregunta.
– Creo que ni siquiera ellos lo saben -contestó-. Es como preguntarle a un glóbulo blanco por qué ataca una infección. Está programado para eso: para combatir una amenaza y neutralizarla. Aunque no los míos; yo los tengo jodidos.
– ¿Dónde están?
– Sólo lo he visto a él. El otro, la mujer, no estaba allí. Él la esperaba, atrayéndola hacia sí con la fuerza de su deseo. Son así. Viven el uno para el otro.
– ¿Quién es él? ¿Cómo se hace llamar?
– No lo sé. No lo dijo.
– ¿Vino aquí?
– No, fue cuando yo estaba en el hospital, pero no hace mucho. Me llevó caramelos. Fue como ver a un viejo amigo.
– ¿Le entregaste a Jimmy?
– No, no fue necesario. Lo sabían todo sobre Jimmy desde hacía mucho tiempo.
– Por mediación tuya.
– ¿Y eso qué importa ahora?
– A Jimmy sí le importó. ¿Sabes cuánto sufrió antes de morir?
Eddie movió la mano en un gesto de indiferencia pero no me miró a los ojos.
– Descríbemelo -pedí.
Me indicó otra vez que necesitaba agua, y se la di. Tenía la voz cada vez más ronca a medida que hablaba. Ahora era apenas un susurro.
– No -contestó-. No te lo diré. Además, ¿de verdad crees que algo de esto va a servirte? No te diría nada si creyera que fuera a serte de ayuda. Me traes sin cuidado, y lo que le pasó a Jimmy también. Estoy a punto de dejar esta vida. Me han prometido una recompensa por lo que he hecho. -Levantó la cabeza del almohadón, como para confiarme un gran secreto-. Su señor es bueno y generoso -dijo casi para sí, y volvió a hundirse en la cama, exhausto. Tenía la respiración menos profunda y lo venció el sueño.
Amanda me esperaba al pie de la escalera. Tenía los labios tan apretados que se le formaban arrugas en las comisuras.
– ¿Has conseguido lo que querías de él?
– Sí. La confirmación.
– Es un viejo. Lo que haya hecho en el pasado, sea lo que sea, lo ha pagado sobradamente con su sufrimiento.
– Mira, Amanda, dudo mucho que eso sea así.
Ella se sonrojó.
– Sal de aquí. Lo mejor que has hecho en esta vida ha sido marcharte de este pueblo.
Y eso, al menos, sí era cierto.
La mujer que ahora era Emily Kindler sólo de nombre llegó a la terminal de autobuses de Port Authority dos días después del asesinato de Jimmy Gallagher. Tras abandonar el bar había pasado un día entero sola en su pequeño apartamento, ajena al timbre del teléfono, olvidada ya su cita con Chad, a quien había reducido a un mero recuerdo fugaz de otra vida. Llamaron una vez por el portero automático, pero no contestó. Prefirió dedicarse a reconstruir vidas pasadas y a pensar en el hombre a quien había visto en el televisor del bar, y supo que cuando lo encontrara a él, encontraría también a su amado.
Valiéndose de un atizador, se marcó cuidadosamente la carne. Sabía el punto exacto donde aplicarlo, ya que casi veía el dibujo oculto bajo la piel. Al terminar, su brazo exhibía la antigua marca.
A su debido tiempo, partió con destino a la ciudad.
En la estación de autobuses, después de simular durante casi una hora que estaba perdida, por fin alguien la abordó. Mientras se arreglaba por tercera vez en los lavabos de mujeres, una joven no mucho mayor que ella se acercó y le preguntó si se encontraba bien. Se llamaba Carole Coemer, pero todo el mundo la llamaba Cassie. Era rubia, guapa y limpia, y aparentaba diecinueve años pese a tener en realidad veintisiete. Su misión consistía en rastrear la estación de autobuses en busca de recién llegadas, en particular de aquellas que parecían perdidas o solas, y trabar amistad con ellas. Les decía que ella misma acababa de llegar a la ciudad, y las invitaba a un café o a comer algo. Cassie siempre llevaba una mochila, aunque llena de periódicos, con unos vaqueros y un poco de ropa interior y camisetas encima por si tenía que abrirla para convencer a las jóvenes extraviadas más escépticas.
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