En la puerta delantera habían puesto cinta por fuera, pero por dentro sólo la mantenían cerrada el pestillo del picaporte y una cerradura de seguridad. Descorrí los pasadores y dejé la puerta entornada. Como no soplaba el viento, se quedó tal como la dejé. Subí por la escalera y recorrí las habitaciones vacías, un fantasma entre los fantasmas, y allí donde me detenía recreaba nuestro hogar en mi mente, disponiendo camas y armarios, espejos y cuadros, transformándolo en aquello que fue en otro tiempo.
Allí estaba la sombra de un tocador adosado a la pared del dormitorio que Susan y yo compartimos, y que evoqué, llenando su superficie de frascos y cosméticos, y añadiendo un cepillo con pelo rubio aún prendido entre las púas. Reapareció nuestra cama, dos almohadas firmes contra la pared, la huella de la espalda de una mujer sobre una de ellas, como si Susan acabara de ausentarse. Había un libro con la tapa a la vista sobre la sábana: conferencias del poeta E.E. Cummings. Era el libro donde Susan buscaba consuelo, descripciones del propio Cummings sobre su vida y su obra intercaladas entre una selección de poemas, sólo algunos escritos por el poeta. Casi me parecía percibir el perfume de Susan en el aire.
Al otro lado del pasillo había una segunda habitación de menor tamaño, y mientras la miraba, volvieron a vibrar sus colores, convirtiéndose las paredes rayadas y mortecinas en una nítida visión de tonalidades amarillas y naranjas, como un prado estival orlado de florecillas blancas. En su mayor parte cubrían las paredes dibujos hechos a mano, además de un gran cuadro de un circo encima de la pequeña cama individual, y otro más pequeño de una niña con un perro más grande que ella. La niña rodeaba el cuello del perro con los brazos, enterrando la cara entre su pelaje, y el perro miraba desde el lienzo como si retase a quien osara meterse con su protegida. Las sábanas de la cama, de un vivo color azul, estaban apartadas, y vi el contorno de un pequeño cuerpo marcado en el colchón, y el hueco en la almohada donde, aparentemente hasta hacía sólo un momento, había descansado la cabeza de una niña. La moqueta bajo mis pies era de color azul oscuro.
Ésa era mi casa la noche en que Susan y Jennifer murieron, la casa que ahora me devolvían a la vez que las sentía regresar a ellas, a la vez que todos se acercaban, los muertos y los vivos.
Oí un ruido en el piso de abajo y salí al pasillo. La luz de nuestro dormitorio parpadeó y se apagó. Algo se movió dentro. No me paré a ver qué era, pero me pareció vislumbrar, entre las sombras, una silueta en movimiento y me llegó un leve aroma. Me detuve en lo alto de la escalera y oí algo a mis espaldas, como las pisadas de unos pies descalzos y pequeños sobre el suelo enmoquetado, una niña corriendo desde su habitación para estar con su madre, pero acaso fuesen sólo los crujidos de las tablas asentándose bajo mis pies, o una rata sobresaltada en su guarida bajo el suelo.
Descendí.
Al pie de la escalera se alzaba una flor de Pascua sobre un pedestal de caoba, protegida de las corrientes de aire por el perchero. Era la única planta de interior que Susan había conseguido mantener viva; muy orgullosa de ella, comprobaba su estado a diario y se cuidaba de regarla lo justo, procurando no anegarla. La noche que murieron, la maceta había caído del pedestal, y lo primero que vi al entrar en la casa fueron sus raíces en medio de la tierra desparramada. Ahora estaba allí como siempre había estado, bien cuidada y querida. Tendí la mano hacia ella y mis dedos traspasaron sus hojas.
En la cocina había un hombre de pie, cerca de la puerta trasera. Bajo mi mirada, dio un paso al frente y el claro de luna que entraba por la ventana le iluminó el rostro.
Hansen. Tenía las manos ocultas en los bolsillos del abrigo.
– Está muy lejos de casa, inspector -dije.
– Y usted no ha podido mantenerse lejos de la suya -contestó-. Debe de haber cambiado mucho desde entonces.
– No -aseguré-. No ha cambiado en absoluto.
Pareció desconcertado.
– Es usted un hombre extraño. Nunca lo he entendido.
– Bueno, ahora sé por qué nunca le he caído bien.
Pero al mismo tiempo que pronunciaba esas palabras presentí que ocurría algo extraño. No era así como debía desarrollarse la escena. Hansen no tenía que estar allí.
Una expresión de perplejidad apareció en su cara, como si él también acabara de tomar conciencia de eso mismo. Su cuerpo se tensó, como si sintiera una punzada de dolor en la espalda. Abrió la boca y un hilo de sangre resbaló desde la comisura de sus labios. Dejó escapar una tos húmeda, y expulsó otro borbotón de sangre, salpicando la pared al mismo tiempo que lo empujaban hacia delante y se desplomaba de rodillas. Buscó a tientas en el bolsillo con la mano derecha en un intento de sacar el arma, pero le fallaron las fuerzas y cayó de bruces, con los ojos casi cerrados y la respiración cada vez menos profunda.
El hombre que lo había atacado pasó por encima de su cuerpo. Tenía veintitantos años. Veintiséis, para ser exactos: lo sabía porque lo había contratado yo. Había trabajado con él en el Great Lost Bear. Había visto su amabilidad con los clientes, presenciado su trato fluido con los cocineros y los demás camareros.
Y durante todo ese tiempo había mantenido oculta su verdadera naturaleza.
– Hola, Gary -dije-. ¿O prefieres tu otro nombre?
Gary Maser tenía un afilado machete en una mano; con la otra empuñaba una pistola.
– Da igual -contestó-. Son sólo nombres. He tenido más de los que podrías imaginar.
– Te han engañado -repuse-. Alguien te ha susurrado mentiras al oído. No eres nadie. Rajaste a Jimmy, y mataste a Mickey Wallace en esa cocina de ahí atrás, pero eso no te hace especial. Apenas eres humano, pero eso no significa que seas un ángel.
– Piensa lo que quieras -dijo-. Es intrascendente.
Sin embargo, mis palabras me sonaron vacías. Había elegido esa casa para enfrentarme a lo que me perseguía, viéndola en mi imaginación tal como fue en otro tiempo, pero algo en Gary Maser pareció percibirlo y reaccionar. Por un instante vi lo que mi padre había visto aquella noche en Pearl River antes de apretar el gatillo, vi aquello que se había escondido dentro de Maser, devorándolo hasta que por fin no quedaba nada de él excepto un cascarón vacío. Su rostro se transformó en una máscara, transparente y provisional: detrás se movía una masa oscura, vieja, marchita y llena de ira. Las sombras se enroscaban alrededor como humo negro, contaminando la habitación, enturbiando el claro de luna, y en el fondo de mi alma supe que lo que allí estaba en juego era mucho más que mi propia vida. Los tormentos que Maser pudiera infligirme en esa casa, fueran cuales fuesen, no serían nada en comparación con lo que me esperaba cuando acabase mi vida.
Dio otro paso al frente. Incluso a la débil luz de la luna vi que Maser tenía los ojos más negros de lo que yo recordaba, formando la pupila y el iris una única masa oscura.
– ¿Por qué yo? -pregunté-. ¿Qué he hecho?
– No es sólo lo que has hecho, sino lo que puedes hacer.
– ¿Y qué puedo hacer? ¿Cómo sabes lo que vendrá en el futuro?
– Presentimos la amenaza que representas. Él la presintió.
– ¿Quién? ¿Quién os envía?
Maser negó con la cabeza.
– Basta ya -dijo. Y a continuación, casi con ternura, añadió-: Ha llegado el momento de dejar de huir. Cierra los ojos y pondré fin a todo tu dolor.
Intenté reír.
– Me conmueve tu interés por mí. -Necesitaba tiempo. Todos necesitábamos tiempo-. Has tenido mucha paciencia. ¿Cuántos meses has trabajado conmigo? ¿Cinco?
– Esperaba-dijo.
– ¿A qué?
Sonrió, y su rostro cambió. Advertí un resplandor que antes no había en él.
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