Tim Green: Ambición

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Tim Green Ambición
  • Название:
    Ambición
  • Автор:
  • Жанр:
    Триллер / на испанском языке
  • Язык:
    Испанский
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Ambición: краткое содержание, описание и аннотация

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Thane Coder lleva una existencia que muchos envidiarían: un buen trabajo en la poderosa compañía King Corp, una mujer hermosa, un generoso salario… Un sueño hecho realidad pero que, como él mismo confiesa, no es suficiente. Cuando el dueño de la compañía anuncia que cederá el mando de la empresa a su hijo Scott, Thane decide que el puesto ha de ser suyo al coste que sea. Espoleado por la ambición de su esposa y cómplice, recurre al asesinato, al engaño, a los contactos con criminales… Matar le resulta cada vez más fácil, incluso tanto como engañar al FBI y a la mafia, pero pronto queda claro que Thane ha entrado en una espiral de locura para la que sólo hay un final.

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Era un lugar tan imponente como el hombre que lo había creado. Un monstruo tendido que medía casi cien metros de un extremo a otro. Algo sacado del mundo Disney. Desproporcionado. Troncos gruesos como pozos y más largos que los postes telefónicos, apilados hasta formar tres pisos de altura. El tejado, planchas de cedro de cinco centímetros de ancho, remataba la construcción. La chimenea principal medía quince metros de altura y las piedras de los cimientos eran del tamaño de coches pequeños.

En el interior había espacio para cuarenta camas. Antigüedades europeas, escopetas viejas, piezas de bronce Remington, cabezas de anímales disecadas y cuadros centenarios ocupaban los espacios libres. Tenía sala de proyección, cuarto de baño con jacuzzi, una cocina enorme, ascensor y una bodega con catacumbas, como un castillo inglés.

Caminé hasta el puente y me paré en un punto desde el que se podía ver el refugio al otro lado del lago prefabricado de setecientos metros, mientras el extraño resplandor de un relámpago alumbraba el cielo. No hubo trueno alguno, sólo un silencio tan fuerte que me retumbó en los oídos. En el parpadeo de luz, vi un camión aparcado junto al refugio en penumbra. Al lado del enorme edificio parecía un vehículo de juguete. A través de la nevada, un resplandor amarillento se colaba por las ventanas superiores.

El refugio había sido construido en una península y tuve que recorrer otro kilómetro y medio, rodear la parte trasera del lago y adentrarme en el bosque que preservaba la entrada principal con el crujido de mis botas como única compañía. Una calzada circular de guijarros conducía hasta la puerta y luego descendía, pasando junto a un pequeño huerto de manzanas hasta llegar a un garaje subterráneo. Seguí subiendo, mientras se me hundían las botas en la nieve, y luego bajé por un tramo escondido de escaleras de hierro forjado que desembocaban en un nivel inferior, por debajo de la calzada elevada. El espacio olía a piedra húmeda.

La doble puerta -como todas las demás de la casa- procedía de una fortaleza persa del siglo XI. Ambas eran abovedadas y estaban rematadas y tachonadas en bronce con cerraduras y goznes, cuyo objetivo había sido mantener a raya a los invasores. Pero estábamos en el norte del estado de Nueva York, un entorno rural donde la gente dejaba las llaves de los coches puestas y las casas sin cerrar. El sistema de seguridad del refugio servía para proteger de la cautela, no de la fuerza. Todos los accesos se controlaban electrónicamente gracias a un pase visual.

Los miembros de la familia y unos cuantos amigos íntimos -yo me hallaba en algún lugar intermedio- tenían sus modelos de retina programados en el sistema. Presioné el botón, acerqué el ojo a la pequeña abertura y me quedé mirando la luz verde hasta que se produjo el breve y agudo pitido.

La cerradura cedió y la luz del teclado numérico cambió de rojo a verde. El rumor sofocado de un trueno resonó a lo lejos mientras me deslizaba hacia el interior.

Cuando cerré la puerta noté que la sangre se me agolpaba en las sienes. Mi ropa empapada goteaba sobre el suelo de piedra. En la pared vi mi foto colgada, entre todas las fotografías de las cacerías tomadas a lo largo de los años. Estaba entre James King y su hijo Scott. Ben también aparecía, los cuatro íbamos provistos de escopeta y luciendo amplias sonrisas, con una doble fila de patos muertos a nuestros pies.

Más allá del muro del que colgaban las fotos había estantes de ropa de caza de camuflaje. Chaquetas, pantalones y sombreros. Una pared llena de botas. Naranja brillante para la temporada del ciervo. Verde musgo para la del pavo. Amarillo pálido con rayas marrones para la del pato. Encima había tres lobos disecados luchando contra un alce americano. Otro montaje mostraba a un oso en plena batalla con un alce macho.

Una luz amarilla salía del cuarto de baño. El sonido del agua me revolvió el estómago. Me acerqué lo bastante para atisbar a través de las rejas de las puertas antiguas y vi las suaves toallas de color rojo rubí y el vapor que se elevaba de la burbujeante bañera de piedra, pero no había nadie en ella. Entré y revisé las duchas.

Vacías.

Me apoyé en la rugosa pared de granito y aspiré el aire caliente y húmedo. Cuando el martilleo de mi cabeza se detuvo, me dirigí a los armarios de caza, en busca del que llevaba la inscripción «Scott» pintada sobre la madera, junto con un abedul y un carcayú. Sabía la combinación. ¿Por qué no iba a saberla? Scott y yo habíamos sido buenos amigos desde la universidad. Él me enseñó a cazar.

La puerta se abrió con un clic. Se encendió la luz. El cuchillo de mango de hueso estaba en un estante. Scott cambió unos tejanos por aquel arma blanca con un cazador de Mozambique cuando estuvo allí de safari. Lo saqué, cerré la puerta y subí las escaleras traseras que, después de pasar por la cocina, llegaban hasta el tercer piso.

Avancé de puntillas por el amplio pasillo bajo la mirada de todos aquellos animales muertos. La puerta de la suite principal estaba cerrada, pero sabía cómo abrirla. En nuestros días de universidad, ya pasados, Scott y yo solíamos meter a alguna chica en la casa y turnarnos para dormir con la chica en la cama grande, provista de un edredón de piel de coyote.

Fui con cuidado; me paraba cada pocos segundos para prestar atención a posibles sonidos. Pero ya estaba allí, con los patos disecados, la chimenea de piedra y los sillones de piel. La gran cama de cerezo cruzaba la estancia en diagonal, con el edredón tirado a los pies. Miré al hombre que había contribuido a moldear mi vida en mayor medida que mi propio padre.

Silencio.

James dormía de espaldas. Parpadeé y acerqué mi cara a la suya para asegurarme de que era él, aunque estaba completamente seguro. Era la primera vez que veía a ese hombre con los ojos cerrados y la boca abierta bajo la redonda nariz enrojecida. La frente mostraba las arrugas propias de años de tensión, pero los carrillos le caían flojos. Sus ojos tenían patas de gallo, debidas al sueño y la edad, y los mechones de cabello blanco, débiles y grisáceos, descansaban sobre la nívea almohada.

El corazón se me aceleró y por un momento creí que se me obstruía la garganta. Aparté los ojos de su rostro. Llevaba un pijama a rayas blancas y rojas con botones de nácar blanco.

Me concentré en el segundo botón mientras alzaba el cuchillo de hoja larga y una almohada de plumas que había en la cama. Me obligué a no pensar en el asesinato, a concentrarme en el movimiento del cuchillo. Se trataba de clavarlo a través de la parte superior del pijama, de la misma forma que de niño apuñalaba con un lápiz una fruta podrida.

Un torbellino de pensamientos pasó por mi mente. Todo lo que tendría si lo hacía. Todo lo que perdería si no lo hacía. Todo apuntaba a Johnny G, el jefe del sindicato, y al acuerdo que había alcanzado, no conmigo, sino con Jessica. Si le ayudábamos a librarse de James y fingíamos que había sido su hijo, yo controlaría King Corporation. Podría llegar a un trato con el sindicato y usar a sus hombres y a sus contratistas para tirar adelante el proyecto del Garden State Center.

Ellos se llevarían su dinero, yo conseguiría el poder, y Jessica y yo compartiríamos los beneficios. En efectivo. Accedimos a hacerlo, y una vez llegas a un trato con el sindicato ya no hay vuelta atrás. Era mi vida o la de James. Cuando llegué a esa conclusión, aún no era suficiente; pensé en Teague, mi hijo pequeño. Pensé en su brillante ataúd blanco, del tamaño de una caja de herramientas, y lo hice. Clavé el cuchillo y, a la vez, sofoqué su ira con la almohada. James King se removió a un lado y a otro bajo mi peso, pero sólo durante medio minuto. Me sorprendió. Supongo que esperaba algo más de un hombre que había zarandeado las vidas de tantos otros como si fueran peones de ajedrez. Aparté despacio la almohada. El cuchillo de mango de hueso estaba enterrado hasta la empuñadura y la mancha de color escarlata oscuro se extendía más allá del pijama, cubriendo las sábanas.

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