Marianne pareció súbitamente alerta.
– Salgamos fuera. Hace una noche preciosa y conozco un bonito sitio. -Se levantó-. Que todo el mundo coja una manta. «Que todo el mundo coja una manta, yo cogeré el agua y saldremos fuera.» Sólo una madre, pensó Anne, podía captar ese ritmo; y era una buena chica, así que hizo lo que le decían. Aunque en verdad era una noche preciosa. Ya era noche cerrada y el negro cielo de terciopelo estaba cubierto de estrellas como diamantes. Anne no había visto nunca unas estrellas tan brillantes. Tan blancas. A lo lejos se alzaba la oscura masa de las montañas y al otro lado, hacia la autopista, se veía el pálido reflejo del Panamint, como un lago en el cielo. Anne llevaba sandalias. La arena se le metía por dentro y estaba bastante fría. El aire era frío pero suave. David le tocó la mano.
– ¿Cómo estás?
– Bien.
– Yo no…
– No te preocupes. Lo entiende todo. Lo sabe todo.
Marianne los alcanzó. Se puso a la cabeza hasta que llegaron a una pequeña cuenca entre unas grandes rocas. Extendieron todas las mantas en el suelo. Era maravilloso tumbarse en ellas. Estaba uno rodeado y oculto por las rocas, pero allá arriba estaba todo al descubierto entre la tierra y las estrellas. El agua había llegado en un cubo de metal. Había también un tazón. David sacó agua con el tazón y bebió, pero inmediatamente se alejó para meterse detrás de una de las grandes rocas y Anne le oyó vomitar. Siguió vomitando.
– ¿Estás bien? -le llamó.
– No se preocupe -dijo Marianne-. A casi todo el mundo le pasa, sobre todo cuando se bebe algo.
– David…
– Puede resultar solitario -insinuó Marianne-, cuando eres el único que no tomas.
No.
Pero luego pensó: «Deberías hacer lo que menos esperan.»
La yema de peyote parecía un fruto seco.
Una manzana seca.
O un albaricoque.
O un higo seco.
Anne se lo metió en la boca y lo mordió. Tenía un gusto salado y amargo y áspero, como la piel interior de una nuez. Y se volvió correoso cuando lo masticó, como un duro y cartilaginoso trozo de carne. En realidad no conseguiría masticarlo del todo. ¿Debía tragárselo? Pronto tuvo la boca llena de saliva que flotaba alrededor del peyote. Y se le volvió insensible, no como en el dentista, sino en toda la superficie, hormigueando, aunque la lengua notaba bajo aquella insensibilidad la increíble suavidad de su boca.
Al final se lo tragó. Ya que, al parecer, después lo vomitaría.
Lenta y brillantemente, el cielo nocturno empezó a girar detrás de las estrellas. Anne lo siguió dando vueltas y más vueltas. Se mareó, pero también todo en su interior daba vueltas con perfecta calma.
Las estrellas pasaban fugaces. Adquirían colores, como cintas, o neones, o lápices de pastel. Fotogramas acelerados de Picadilly. Times Square. «Realmente – se dijo-, es bastante…» pero no encontró la palabra.
El tejido de la manta era increíblemente fino y tupido. Urdimbre y trama. Tela cruzada y tapiz de diamantes. Siguió un único hilo, por encima, por debajo y de vuelta. Pensó que lo había perdido, pero luego lo volvió a encontrar. Alzó la vista y el rojo diamante del dibujo se alzó con sus ojos, adquirió alas (cenizas rojas arrastradas por encima de un fuego) y salió volando, veloz, silbando, brillante como un papagayo.
Sola, tras una roca, Anne tenía náuseas. Iba a ponerse a gatas, pero al final sólo se dobló por la cintura. Iba a vomitar. Lo sabía. Nada podía evitarlo. Suavemente, notó que se le estrechaba el ano. No tuvo tiempo de respirar. Su estómago se crispó y luego subió, la garganta y el cuello estaban abiertos y boqueaban como un pez y vomitó, el ano y el estómago se crispaban para sacarlo todo fuera. «Dios mío.» Era como respirar, hacia atrás. «Dios mío.» Volvía a vomitar. «Oh, joder.» Le había caído un poco sobre el pie y por supuesto llevaba sandalias.
David. Divad.
– ¿Sabía que su nombre es un palíndromo? O casi.
– ¿Qué significa eso? -preguntó Marianne.
– Bueno, que es lo mismo de izquierda a derecha que de derecha a izquierda. Hacia arriba que hacia abajo.
Leche azul manando de la Vía Láctea… Toda aquella experiencia, pensó Anne, era de ese nivel: banal, como el verso de una famosa canción. Lucy, o quien fuera, en el cielo con diamantes. En realidad los efectos eran menos intensos que los de un sueño, aunque en cierto sentido el aspecto más importante era que no estaba soñando. Era como un sueño, pero uno sabía que no estaba soñando. Aunque no sabía qué relación guardaba eso con Marianne. Pero las estrellas, las constelaciones, eran en verdad increíbles.
Se tumbaron sobre las mantas para mirar las estrellas. David conocía el zodíaco, y aquello era California después de todo; la ciencia y la astrología no estaban tan lejos una de la otra.
– Pero ya no sirve. La Tierra se ha movido. Las estrellas no están en sus casas. Se supone que el sol está en Aries en el equinoccio, así era como los antiguos lo vieron, pero creo que ahora se ha movido hasta Piscis.
Qué tranquila sonaba su voz. Anne, mirando fijamente las estrellas, dejó que se le cerraran los ojos. Dentro, en lo alto, se movía a saltos un amigable león amarillo. Anne lo contempló. Se suponía que iba a pararse y a bostezar y a rugir, pero no lo hizo. Anne abrió los ojos y el león siguió adelante, moviéndose a enormes saltos por las cumbres de las montañas, saltando claramente de un pico a otro. Oyó a David decir: «Apuntaba a las estrellas y no pensó nunca en Londres en absoluto.»
Bebió un poco más de agua y se fue detrás de las rocas. Pero en esta ocasión no sintió náuseas. Esperó, creyendo que vomitaría, levantando los ojos y mirando hacia el Panamint, pero estaba totalmente tranquila. Tras un rato, sin embargo, se inclinó hacia delante. No estaba totalmente segura de querer probarlo, pero sentía curiosidad por ver si podía o no. Relajó la garganta y abrió la boca, aflojó la mandíbula. Luego forzó los músculos del estómago. No ocurrió nada. Entonces se puso la mano en el estómago y apretó, y la resistencia le dio a los músculos algo contra lo que luchar. Se agitaron. Tuvo que cerrar los ojos, concentrarse y relajarse al mismo tiempo. Volvió a hacer que se agitaran, como una bailarina de la danza del vientre, pensó, pero por dentro. Y empezó. Súbitamente estaba aterrorizada. Pero se negó a estar asustada. Una, dos, tres. Brotó el agua en un perfecto chorro cristalino. Lo miró mientras fluía. Las gotas individuales eran tan brillantes como diamantes y absolutamente ingrávidas, salían volando hacia el cielo como globos.
Houdini podía hacerlo. Se tragaba una llave y luego la echaba para salir de la caja o de lo que fuera. Podía vomitar a voluntad.
¿Dónde estaba Marianne?
Colores, pensó Anne. Todo trataba sobre luz y colores. Una caja de lápices de colores Eagle. Colores primarios. Como los asientos de un McDonald's. Los niños de la flor, el flo w er po w er… [51] decididamente había un lado infantil en todo aquello. ¿Pero había algo de malo en ello?
Ahora estaba muy cansada. «Quiero ir más despacio.» Pero los colores no se detenían. Cerró los ojos y siguieron allí, como un elemento separado. Nadando a través de ellos, como bancos de peces brillantes, corales, temblorosas algas. Pero se movía muy suavemente. Era como nadar desnuda. Muy agradable. Deslizarse tan sólo. Así era, seguir las corrientes, las brisas, rodando bajo el sol cuando uno tenía demasiado calor. Tumbarse sobre la alfombra y dormir. Cerrar los ojos y dormir.
Y entonces, al parecer, se durmió.
Pero Anne no recordó exactamente el final de todo aquello.
Más tarde tendría recuerdos nebulosos de haberse apoyado en David para caminar sobre la arena. Y había un extraño asunto sobre «tomar el camino más largo». Pero no recordaba haber vuelto al remolque y sólo cuando se despertó unas horas más tarde recordó las peculiares dificultades que había tenido para dormirse. Ello debido a los colores, que eran sin duda el principal efecto de la droga. Tan pronto como cerraba los ojos y trataba de relajarse, empezaban. Al parecer uno no podía controlarlo. Tenía cierto poder sobre las formas que asumían los colores, pero no sobre los colores mismos; sencillamente no se iban. Resultó bastante molesto. «De acuerdo, ya he tenido bastante.» Era como escuchar a alguien contándote una historia que habías oído una docena de veces. Notaba incluso esa expresión particular, fija, formándose en su rostro. Cuando se despertó, fue ésa la primera prueba que hizo, cerrar los ojos y tratar de hallar los colores y luego mirar a su alrededor y comprobar si estaban «ahí fuera». Aunque, tan pronto como se dio cuenta de lo que estaba haciendo, pensó: «Bueno, al menos puedes distinguir la diferencia.» Al final le pareció que estaban, pero sólo levemente. Para verlos tenía que esforzarse.
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