Anthony Hyde - China Lake

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Jack Tannis es un veterano de la Guerra Fría, quien formó parte de una campaña para salvaguardar la tecnología militar de los Estados Unidos de aquellos que pretendían hacérsela llegar a sus enemigos, la Unión Soviética. David Harper, por otra parte, fue una vez identificado como el miembro vital de una tendenciosa conspiración que ambicionaba poner en aprietos a los Estados Unidos y a sus aliados. Aunque Tannis no estaba convencido de la culpabilidad de Harper, las pruebas eran difíciles de rebatir, por lo que Tannis mantuvo sus dudas para sí, y David Harper fue declarado traidor.
Décadas más tarde, Tannis se verá obligado a recordar el incidente cuando una misteriosa llamada, en nombre de Harper, le encamina hacia el Centro Naval de Armas en China Lake, donde descubrirá el cadáver de un refugiado político de la Alemania del Este, lo que le llevará a reabrir el caso Harper. Mientras tanto, David Harper, que anda forjándose una carrera como fotógrafo de la naturaleza, también tendrá que recordar el pasado de forma macabra, por lo que empezará a reconsiderar aquellas circunstancias que le llevaron a la desgracia.

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Eso fue lo que hizo que ocurriera. La droga, el sexo. El despertarse y el dormirse, el dormirse y el despertarse. Pero ella seguía sin tener ni idea. Eso, la idea, no llegó hasta más tarde, hasta…

Se había despertado de nuevo, pero David seguía durmiendo. No había oído ningún sonido procedente del dormitorio de Marianne, así que había vuelto a envolverse en la manta y había vuelto a salir ella sola. Aún estaba medio dormida. Había notado mucho calor, pero había una espita de agua a un extremo del remolque y se había lavado; después también había lavado la blusa y las bragas, porque estaban demasiado sucias para poder ponérselas. Por fin, mientras buscaba un sitio donde tenderlas a secar, había divisado las dos grandes rocas que se alzaban sobre la depresión en la que estaba el remolque. Y había caminado hacia allí.

Había mirado en derredor. No pensaba en nada especial. No había nada que ver salvo rocas y creosota, creosota y rocas, calor y vacío. Sabía que no podía verla nadie. Puso un par de cantos sobre la ropa para que no se la llevara el viento y se tendió sobre una de las rocas. Abrió la manta y se ofreció al sol. Bueno, ¿por qué no, si no había nadie que la viera? Cerró los ojos y dejó la mente vagar a su antojo. «Te ha follado bien follada, ahora puedes freírte.» Sonrió. Sentía que su cuerpo absorbía el calor de la roca que tenía debajo y el sol que tenía encima. Salvador Dalí, Georgia O'Keeffe. Blancas calaveras. Relojes fundiéndose bajo el calor. Hora de chocolate. Aquellos colores.

No pensaba en nada especial. Pero después de un rato empezó a preguntarse si podía estar embarazada sabiendo que no quería estarlo, no, definitivamente no, ya había pasado por eso, y empezó a contar los días desde su último periodo. ¿Cuántos días hacía?… pero al final resultó ser un esfuerzo demasiado grande y lo dejó correr. Sólo que entonces se le ocurrió algo que, en apariencia, surgía del azul, justo cuando su mente se perdía a la deriva, de hecho en el momento en que cerró los ojos, cambió el azul del cielo por un oscuro pálpito de oscuridad que luego se transformó, tras sus párpados, en un movedizo pedazo de amarillo. Y era bastante extraño. Había una especie de ausencia en su mente, como si hubiera olvidado algo. Pero unida a esa sensación había un estado peculiar de alerta, como si tuviera que estar al acecho de algo… lo había olvidado, o eso suponía ella. Pero lo que se le ocurrió fue el pensamiento de que el sexo no tenía nada que ver con quedarse embarazada en cualquier caso. Lo pensó, pero no comprendió totalmente lo que significaba. Tuvo que pensar en ello de nuevo y se refería al sentido del sexo, a que la razón por la que un hombre y una mujer se unían de esa manera en particular no era el embarazo, sino el orgasmo. Físicamente, incluso biológicamente, ésa era la razón. El sexo se practicaba para correrse, no para tener niños. Los niños eran un aspecto secundario, sobre todo considerados según el punto de vista del método. La reproducción podía conseguirse por muchos medios (división celular, época de celo, o lo que fuera), pero tal como lo hacemos los humanos, uno se corría, y eso era lo más importante. Anne lo comprendió claramente, pero al mismo tiempo se quedó bastante sorprendida. No era el tipo de cosas en las que solía pensar. Además, no estaba segura de si su pensamiento era original o completamente banal, aunque después de considerarlo, supuso que la mayoría de la gente lo vería al revés. El objetivo del sexo era el embarazo. El orgasmo era una recompensa, un premio. Un soborno. Un aliciente para follar como conejos con el fin de reproducirse como ellos. Pero eso no era cierto ni siquiera biológicamente. El sentido del método por el cual nos reproducíamos era el orgasmo, sentirse así, tener esa cálida y agradable sensación por todo el cuerpo, una especie de descanso, como si uno se despertara después de un sueño especialmente profundo. No obstante, con los ojos aún cerrados, frunció levemente el ceño. ¿Estaba en realidad de acuerdo con esto? Olía a sangre, a mística, a algo en lo que D. H. Lawrence hubiera podido pensar, y a ella nunca le había gustado Lawrence; recelaba de cualquier tipo de filosofía que tuviera al cuerpo, a la biología, como centro. Por otro lado, era cierto. Lo sabía. Algo le había ocurrido con David. Ahora era diferente. Y en esa diferencia radicaba todo. El sexo, cualquiera que fuera el modo en que había empezado, había evolucionado hasta convertirse en eso, no en un modo de tener hijos, sino de rehacernos a nosotros mismos. ¿Sí? ¿No era ésa la verdadera ventaja que teníamos sobre los animales? Entonces un recuerdo inundó su mente, nunca estaría segura de si habría sido a modo de sanción de toda aquella línea de pensamiento. Qué joven había sido, tan joven como el mundo es viejo, pero lo veía todo muy claro. Era muy sencillo. Su padre la sostenía. Ella estaba en sus brazos. Las manos de su padre la sujetaban. Podía ver el rostro de su padre, la curva de su mejilla. Podía oler a su padre, allí en California, podía oler a su padre. Y luego su madre se había inclinado sobre ella, con ojos sonrientes, y la había besado en la mejilla, y ella había sabido que era su padre quien la sostenía en lugar de su madre.

Sí, ése parecía ser el significado, y era tan sorprendente (era el recuerdo más lejano en el tiempo de sí misma que había tenido nunca) que le devolvió de golpe la conciencia. Y esa conciencia, cuando se sentó con la espalda tiesa, fue tan aguda que apenas tuvo un instante para disfrutar de su recuerdo, porque de inmediato comprendió por qué lo había tenido. Nada de todo eso era casual. Ninguno de aquellos pensamientos y sentimientos era irrelevante, sino todo lo contrario. De las manos de David a las de su padre, mano tras mano había llegado hasta ese punto, como si hubiera ascendido un risco. David le había dado el impulso para trepar a la cabeza por una ruta que él no hubiera podido tomar. Y ahora ella estaba en la cumbre, junto al borde. Que era esta pregunta: si Marianne hubiera tenido el recuerdo que ella acababa de tener, ¿qué manos habría visto? Padre e hija eran dos eslabones separados, ¿pero cómo se unían? Vogel era el padre de Marianne, pero ¿quién era el de Anna? O, dicho de otro modo, ¿quién era el marido de Marianne, el padre de su hija?

Le invadió entonces una gran premura. Se bajó de la roca a gatas, recogió sus ropas y se puso las bragas aún húmedas. Echó a andar, luego a correr, por la arenosa cuesta, hasta llegar al remolque. Una vez dentro, la oscuridad la confundió, tan brillante había sido el sol, y luego se dio cuenta de que tenía que volver a salir al exterior porque quería las fotografías que David había encontrado en Aberporth y éstas se habían quedado en su maleta, en el maletero del coche. Se produjo cierto barullo, pero David no se despertó. Pensó en despertarlo, pero le pareció que era asunto suyo completar la tarea. Él era el científico, él había iniciado el experimento, pero había funcionado porque la había conducido a ella a aquella conclusión. Después, en silencio, cogió la fotografía de Anna que había visto la noche anterior y la sacó del reluciente marco de Hollywood. Era un retrato, según el sello del dorso, realizado en Sears. Formal, artificial, con una luz y una pose demasiado pensadas, pero era cuanto necesitaba. Se lo llevó al dormitorio donde Marianne Vogel seguía dormida sobre la litera. Una ojeada bastó. No cabía la menor duda, aunque no la había tenido en realidad. Anna era la hija de Marianne. El rostro de la madre era tenso, estirado, tirante, como si sus mejillas y su frente trataran de reprimir el miedo que escondían sus grandes y oscuros ojos, pero su hija tenía exactamente la misma belleza. De vuelta en la sala de estar, se sentó sobre una de las alfombras indias y colocó las dos fotografías una junto a la otra. Una vez más el parecido era indiscutible. Verdaderamente la niña que montaba a caballo podría haber sido Anna, pero por supuesto no lo era, puesto que la foto había sido tomado veinte años atrás. Tenía que ser Marianne, algo más mayor entonces que su hija ahora. Y había un segundo punto, se dijo Anne, que era igualmente obvio. Uno no podía mirar la fotografía sin creer que el hombre bajo y moreno que sujetaba las riendas del caballo era el padre de la niña. Se notaba, percibió Anne, que Marianne se había enorgullecido de hacer que su padre se enorgulleciera de que ella montara con tanta soltura.

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