Luego, bruscamente, las luces de la furgoneta desaparecieron.
– David…
– No, no frenes. Eso es… sólo un poco. -Sacó la cabeza por la ventanilla-. Allí, ¿ves?, ha girado.
Ella miró, pero en realidad no llegó a verlo. En aquella dirección se recortaba el enorme perfil de una montaña en el cielo.
– ¿Hay una carretera? No he visto ningún letrero.
– No lo sé. Pero sigue. Si viera nuestras luces… -No completó la frase, pero Anne comprendió lo que quería decir. Rápidamente llegaron al punto en el que la furgoneta había abandonado la autopista, y luego, cuando pasaron de largo, David giró la cabeza y miró hacia atrás, intentando fijar el lugar en la memoria-. No creo que haya una carretera. Sencillamente se ha metido en el desierto por la derecha.
– ¿Qué hago?
– El problema es que aquí en medio se ven las luces desde muy lejos…
– Sí.
– Bueno, sigue durante unos kilómetros, digamos tres. Pisa a fondo. Luego apaga las luces. Si nos está mirando creerá que hemos desaparecido tras una pendiente. Luego da media vuelta. Pero mantén las luces apagadas.
– Dios mío.
Pero lo hizo. Con David de lado en el asiento intentando ver la furgoneta (pero no estaba), siguieron, dieron media vuelta, Anne se sobresaltó cuando las ruedas delanteras entraron en la arena, y volvieron por donde habían ido, todo en la oscuridad. Mantuvo el cuentakilómetros a treinta por hora, luego se dio cuenta de que debían ser invisibles por detrás y echó una ojeada al espejo retrovisor interior.
– No, manten la vista en la carretera. Yo vigilaré por si viene alguien detrás.
Entonces Anne bajó la ventanilla, sacó la cabeza y condujo con una mano, para evitar ver a través de los reflejos del parabrisas. Entornó los ojos para protegerse de la arenisca, sintió el viento del desierto flotando por entre sus cabellos, sintió la excitación de una curva y luego volvió bruscamente a meter la cabeza y dijo:
– Eso es una carretera.
– No, no, aún no hemos llegado.
– Pero es una carretera. Mira, justo ahí.
Aminoró la velocidad. Se detuvo.
Tenía razón. Había una carretera, o al menos una pista toscamente nivelada que se adentraba en el desierto.
David meneó la cabeza.
– Esto no es. Al menos nos quedan otros tres kilómetros. -Pero luego dudó-. Sin embargo, ¿crees que podríamos seguir por aquí?
Escudriñó la oscuridad; sobre un mar de arena más claro se se extendían sombras de creosota y cormiera, encelia y salvia, como una enorme red.
– Sí, podría seguir por aquí. No es muy ancha, pero parece bastante sólida.
– Enciende las luces.
– No, así está bien. Conduciré despacio.
No fue a más de ocho kilómetros por hora, poniendo la primera y manteniéndola durante todo el rato. Volvió a sacar la cabeza por la ventanilla para ver, aunque la línea de suelo nivelado captaba la luz más claramente que el desierto y no era tan difícil de seguir. Por fin subieron por una pendiente en cuya cima hallaron dos grandes rocas, afiladas como dientes. Luego se encontraron mirando hacia una amplia y profunda cuenca donde brillaban las luces.
Anne frenó instintivamente.
Lo pensaron al mismo tiempo, pero fue Anne quien lo dijo. -David, en el contestador automático decían que habían enviado a alguien a la carretera de Trona. Ése es el remolque. Hemos encontrado a Vogel.
David entrecerró los ojos. No era exactamente un remolque, pero lo parecía.
– Todo encaja, ¿no es cierto? Tannis debe de estar vigilando este sitio. Por eso la camioneta ha girado antes. Está en esas colinas, en alguna parte, vigilándonos a nosotros ahora.
Durante cinco minutos también ellos vigilaron. Mirando fijamente y en silencio desde el coche la pequeña hilera de luces… como un único vagón de ferrocarril, eternamente olvidado en aquella vía muerta irreal. Se movió una sombra. David estaba seguro de que era una mujer. Pero no del todo. ¿Y si Vogel estaba allá abajo? Volvieron sus miedos. Pero si Vogel estaba realmente en el remolque, dedujo David, Tannis no se limitaría a vigilarle, hubiera bajado a por él. Tannis estaba aguardando a que apareciera, lo cual significaba que Vogel no estaba allí. Puso la mano en la manecilla de la puerta. -David…
– No discutas. Maniobra con el coche para ponerlo de cara a la carretera. Luego bajaré. No creo que Vogel esté ahí dentro, pero si ocurre algo conduce como si te fuera en ello la vida. Vete a Trona y trae a la policía.
Abrió la puerta y salió sin darle oportunidad de discutir. Luego esperó a que ella hubiera dado la vuelta. Anne bajó la ventanilla.
– Si no pasa nada -dijo-, hazme señas desde la puerta y bajaré también yo.
– De acuerdo.
– Ten cuidado.
David bajó rápidamente la cuesta; sus pies resbalaban en la arena, pero si Tannis o cualquier otro estaba vigilando, no se sintió observado. Sobre todo no vio movimiento alguno en la casa. Se acercó a la oscura sombra de un coche. Era un Peugeot, lo cual le sorprendió. Oyó música, sonidos de música pop en una radio. Esperó unos segundos, pero no salió nadie, sin duda no había nadie montando guardia. Así que continuó. Un par de peldaños de cemento conducían a una endeble puerta. Llamó. Tras unos instantes la radio se apagó y él volvió a llamar. Entonces habló una mujer y él respondió:
– ¿Señorita Vogel? Me llamo David Harper.
Se hizo una pausa, luego se abrió la puerta. David tuvo que descender los peldaños y se halló así mirando el perfil de una mujer joven y esbelta; un cuadrado de luz amarilla relucía detrás de ella, lo bastante brillante para deslumbrar. Luego sus ojos se adaptaron y él pensó: «Si Stern era Vogel, entonces era un viejo con un gusto excelente para las mujeres jóvenes.» La mujer estaba fumando un cigarrillo. Su rostro flaco y bronceado estaba iluminado por un fulgor rojizo. Era muy hermosa.
– Creo que no le conozco -dijo ella.
– ¿Está su padre aquí?
– ¿Para qué quiere saberlo?
– ¿O está en México? ¿En San Miguel de Allende? -David contempló el rostro mientras éste asimilaba la información, y luego añadió-: Conozco a su padre, señorita Vogel. Nos conocimos en Gales. ¿Podría entrar?
Con un gesto de asentimiento ella retrocedió, pero inclinada hacia delante para sostener la puerta abierta. David entró en la luz, rozando el cuerpo de la mujer y oliendo su perfume, algo suave y con esencia de rosas. Era muy atractiva, cosa que determinó un tanto lo que siguió luego.
– Vengo con una amiga, señorita Vogel, está arriba en el coche. ¿Le importaría…?
Ella pareció indecisa. Tenía grandes ojos castaños y David esperaba verlos agrandarse por el miedo. Pero su miedo se detuvo en las mandíbulas apretadas y asintió con una rápida inclinación de su pequeña y oscura cabeza.
Él se dio la vuelta y movió la mano en dirección a Anne, luego la vio salir del coche. Le llegó el sonido de la puerta al cerrarse, amortiguado en la distancia. Se preguntó desde dónde podría oírse, pero decidió que Tannis no estaría tan cerca.
– ¿Le apetece tomar algo? Una copa…
David miró alrededor. Era una pequeña y extraña habitación, puesto que en realidad no había muebles, sólo mantas indias cubriendo el suelo y formando una colorida alfombra. Había más colgadas de las paredes, e incluso dos que colgaban del techo, como banderas o deflectores. Era como una tienda. En una esquina había una manta enrollada para formar un cojín y ella debía haber estado sentada allí, puesto que al lado vio la radio que había oído, una botella de licor y una pequeña bolsa de tela con cuentas brillantes.
– Creo que no quiero nada -replicó.
– ¿No? ¿Un cigarrillo? Tengo algo de hierba.
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