Anthony Hyde - China Lake

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Jack Tannis es un veterano de la Guerra Fría, quien formó parte de una campaña para salvaguardar la tecnología militar de los Estados Unidos de aquellos que pretendían hacérsela llegar a sus enemigos, la Unión Soviética. David Harper, por otra parte, fue una vez identificado como el miembro vital de una tendenciosa conspiración que ambicionaba poner en aprietos a los Estados Unidos y a sus aliados. Aunque Tannis no estaba convencido de la culpabilidad de Harper, las pruebas eran difíciles de rebatir, por lo que Tannis mantuvo sus dudas para sí, y David Harper fue declarado traidor.
Décadas más tarde, Tannis se verá obligado a recordar el incidente cuando una misteriosa llamada, en nombre de Harper, le encamina hacia el Centro Naval de Armas en China Lake, donde descubrirá el cadáver de un refugiado político de la Alemania del Este, lo que le llevará a reabrir el caso Harper. Mientras tanto, David Harper, que anda forjándose una carrera como fotógrafo de la naturaleza, también tendrá que recordar el pasado de forma macabra, por lo que empezará a reconsiderar aquellas circunstancias que le llevaron a la desgracia.

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También comprendía en ese momento que para David todo aquello era muy importante. «Fingía» creer en los demás, podía representar su papel con absoluta perfección, pero en realidad no creía ni lo más mínimo. No podía. Era demasiado peligroso. Pero creía en ella. ¿Cómo había ocurrido? ¿Por qué la había elegido a ella? Formuló estas preguntas en su mente, pero no insistió en ellas, porque sabía, se decía a sí misma, que estaba empezando a comprender la profundidad de su confianza en él. «Ahora empiezas a creerte todo esto, ¿no es cierto?» El tono de David había sido despreocupado, ¿o era eso lo que pensaba? No, no quería decir eso, pero había cierta verdad en sus palabras. Cada día era como una nueva confirmación de él en su mente. Entonces comprendió adónde la conducían sus pensamientos. «Le quiero más que a Axel», reflexionó. Hasta entonces no hubiera podido soportar hacer la comparación, pero ahora sí: «Le quiero más a él.» Y luego pensó en Derek. «Oh, a él le quiero mucho también.»

No obstante, no dijo nada, y David tampoco adivinó lo que ella estaba pensando, su mente estaba ocupada en miedos e ideas más inmediatos. Aún meditaba acerca de Tannis y el contestador automático. Habían sacado únicamente la conclusión obvia: Tannis quería mantener una cierta conexión con su casa, al menos con el teléfono. «Pero podría ir más lejos», pensó. Tannis había comprado el contestador recientemente porque quería grabar mensajes, pero también porque estaba esperando uno. ¿De quién? Matheson… el FBI… David no lo creía; Tannis podía llamarlos siempre que quisiera. No, cuanto más pensaba en ello, más seguro estaba de que Tannis esperaba una llamada de Vogel. Ése era el mensaje que no se quería perder. Pero esa conclusión tenía un aspecto alarmante. En el momento en que había entrado en la casa, había tenido el presentimiento de que Tannis había abandonado el lugar, y ahora estaba convencido de que se había ido por temor a Vogel. David comprendía el porqué. Era un lugar muy aislado y totalmente al descubierto. Por eso había insistido en mantener las luces apagadas. Ni siquiera cuando recogió los platos de sopa y los llevó a la cocina encendió las luces. Los lavó en la oscuridad («Si vamos a mudarnos aquí, deberíamos comportarnos como buenos invitados») y durante todo el tiempo no le quitaba el ojo a la ventana, puesto que la cocina era la habitación que tenía mejor vista de la carretera, de la que se veían varios kilómetros, así que había estado siguiendo las luces de un coche durante varios minutos cuando se dio cuenta de que aminoraba la marcha. Aminoraba la marcha justo al girar para tomar el camino de entrada a la casa.

– Anne. Ven. Rápido.

El miedo saltaba en su pecho cuando el coche giró, pero en realidad no giraba como él había pensado. El coche (aunque no era un coche, sino una furgoneta) dio una vuelta en U y luego se detuvo. Cuando Anne entró en la cocina y una figura se movió por entre el haz de luz de los faros, se percató súbitamente de lo que ocurría.

– ¿Qué pasa?

– El correo. Por Dios, no había pensado en eso. Mira, tendremos que salir…

– ¿Es Tannis?

En realidad, al ver pasar la sombra delante de los faros no había creído que fuera Tannis; la figura parecía demasiado esbelta y delgada. En realidad había pensado en Tim porque el movimiento había tenido algo de juvenil, pero no podía ser y dijo:

– No lo sé. Quizá. Pero podría ser Vogel. Anne, quiero que tú… -Quería que ambos salieran de la casa; no quería verse atrapado allí. Después de todo Vogel podía matarlos. Había matado a Buhler, había matado a la mujer en Alemania. Pero mientras hablaba se dio cuenta de que la furgoneta, en lugar de acercarse a la casa, retomaba su camino anterior y volvía a la autopista.

– No pasa nada -dijo Anne.

Los sentimientos de David cambiaron de repente y por completo.

– Sí, sí que pasa. Si ése era Tannis… fuera quien fuese, vamos a seguirlo. Mira, sal y pon el coche en marcha.

Y es que David no llevaba puestos los zapatos; estaban en la sala de estar. Lo que tenía de gracioso esta escena lo alivió; consiguió tranquilizarlo. Finalmente, con los cordones de los zapatos aún por anudar, salió corriendo de la casa y se metió en el asiento de pasajero. Anne condujo por el largo y empinado camino de asfalto que rodeaba el cañón. Probablemente representaba un kilómetro y medio. Pero no tardaron en alcanzar a la furgoneta. Cuando bajaron la colina vieron sus luces traseras moviéndose por la autopista. Y aunque lo perdieron al descender aún más, sólo fue un momento, hasta que Anne pisó el acelerador y volvieron a captar las luces. Era una buena conductora.

Había pocos coches en la carretera, unas luces tan sólo, muy atrás, y todavía no era noche cerrada, de modo que no tenía que enfrentarse con esa desconcertante vaciedad del desierto, el negro de la carretera fundiéndose con la noche del desierto, la sensación, al girar una curva, de que uno se adentra en la nada. Además, la furgoneta no iba demasiado rápido. Desde luego, no daba la menor impresión de querer huir de nada. Así que, manteniéndose a distancia, evitando que sus luces se vieran reflejadas en el retrovisor de la furgoneta, la siguieron hacia el norte y hacia el este, a lo largo de la carretera 14, mientras el día moría detrás de ellos y su sombra corría por delante. Después la furgoneta giró y David vio, extendiéndose en la caída de la noche, las luces de Ridgecrest, aunque todo lo que él pensaba era «China Lake», y cuando Anne lo miró, negó con la cabeza.

– No, no recuerdo nada en absoluto. Era mucho más pequeño. Mira eso. -A su derecha vieron una larga cuesta no demasiado alta toda ella iluminada, como una especie de Vía Láctea… y también había muchos más coches, coches del desierto, furgonetas de reparto, sueños del Oeste: bruñidos tubos de escape, hileras de luces en el techo de los taxis, grandes ruedas de aleación de magnesio y melodiosas bocinas.

– Creo que debería acercarme más -opinó Anne.

Por el rabillo del ojo vio la placa de una calle; CHINA LAKE BLVD., decía, ypensó: «Ahora hemos llegado oficialmente.» Se sentía menos nerviosa si hablaba.

– ¿Dónde está exactamente la base? ¿Es allí adónde va?

– Está por allí, justo delante y luego a la derecha.

Pero la furgoneta no llegó tan lejos. Había otro coche entre ellos cuando giró (todos se pararon en el semáforo) y luego el coche de delante se separó camino de un motel.

– No te acerques demasiado ahora.

– No creo que pueda vernos desde aquí.

– No, pero podría aminorar la velocidad y entonces no parecería normal que no lo adelantaras. En realidad no tienes que preocuparte por si nos ve. Tú conduces, somos una pareja. No es eso lo que él esperaría ver.

Anne asintió.

– ¿Dónde estamos?

Porque de repente ya no había luces. La carretera y todo lo que la rodeaba era negro, todo negro salvo las dos luces rojas de delante.

David tenía un mapa en las rodillas.

– Estamos en la autopista 178 en dirección oeste. La próxima población se llama Trona, y luego sigue durante treinta kilómetros y se divide, hay un cruce. Girando a la izquierda se corta por la parte norte de la base y se sale de la autopista a la carretera 14, en la que estábamos antes. Girando hacia la derecha se va hacia el Valle de la Muerte y a Las Vegas.

Guardaron silencio.

Anne mantuvo el coche cerca del otro, pero no demasiado. Se retrasaba y luego aumentaba un poco la velocidad, acortando la distancia cuando cruzaron Trona y alargándola luego cuando volvieron a la suave y negra carretera. Estaba asustada. Lo notaba en los hombros y cuando desvió los ojos hacia la derecha, en dirección al Panamint, apartó la vista sobresaltada; no podía soportar el vacío.

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