Anthony Hyde - China Lake

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Jack Tannis es un veterano de la Guerra Fría, quien formó parte de una campaña para salvaguardar la tecnología militar de los Estados Unidos de aquellos que pretendían hacérsela llegar a sus enemigos, la Unión Soviética. David Harper, por otra parte, fue una vez identificado como el miembro vital de una tendenciosa conspiración que ambicionaba poner en aprietos a los Estados Unidos y a sus aliados. Aunque Tannis no estaba convencido de la culpabilidad de Harper, las pruebas eran difíciles de rebatir, por lo que Tannis mantuvo sus dudas para sí, y David Harper fue declarado traidor.
Décadas más tarde, Tannis se verá obligado a recordar el incidente cuando una misteriosa llamada, en nombre de Harper, le encamina hacia el Centro Naval de Armas en China Lake, donde descubrirá el cadáver de un refugiado político de la Alemania del Este, lo que le llevará a reabrir el caso Harper. Mientras tanto, David Harper, que anda forjándose una carrera como fotógrafo de la naturaleza, también tendrá que recordar el pasado de forma macabra, por lo que empezará a reconsiderar aquellas circunstancias que le llevaron a la desgracia.

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– Pero tú sí estás relacionado, David. Quiero decir que tienes que estarlo, porque viste a Stern, o más bien a Vogel, entrar en la casa de Diana en Aberporth.

– Sí, pero me pregunto si eso no nos lleva a otra conclusión obvia. Creo que Vogel era el espía. Vogel fue el hombre que entregó el Sidewinder a los rusos. Y de alguna manera me tendió una trampa para que pagara por él. -Se inclinó hacia delante-. No es tan descabellado, si piensas un poco en ello. El Sidewinder era mi vínculo original con China Lake, la única razón por la que estoy involucrado en todo esto. Había tres elementos principales en el caso contra mí. El primero era el material al que yo tenía acceso. Quiero decir que sin duda podía haberlo hecho. Probablemente Vogel no lo sabía. Pero podía saber que yo era un científico, hubiera sido natural que Diana se lo contara…

– Y ella podría también haber dejado caer que tú realmente…

– No, lo dudo. Diana era siempre cuidadosa en el cumplimiento de las reglas. Pero él podría haber descubierto fácilmente que yo era un científico que trabajaba en la base y eso era todo lo que en realidad necesitaba saber. Punto dos. Ese viaje que hice a Checoslovaquia cuando era estudiante para visitar a mi padrino. Quizá lo he visto siempre desde el ángulo equivocado. Estaba tan preocupado por convencerlos de que los rusos no me reclutaron que tal vez pasé por alto lo más importante. Muy bien hubiera podido ser que los rusos supieran que yo estaba allí. Podrían habérselo dicho a Vogel, si éste trabajaba para ellos. Hubieran sabido exactamente cómo reaccionarían los americanos.

– Y el tercer punto fue la carta…

– Sí. Bueno, yo destruí la carta, lo que resultó ser una estupidez, aunque supongo que de no haberla hecho desaparecer habrían dicho que la había escrito yo mismo.

– Pero en ella se decía que Diana tenía una aventura. ¿Crees que podía ser cierto?

– No lo sé. Supongo que sí. Aunque acabábamos de casarnos. Pero ella estaba muy por delante de mí. Yo era demasiado inocente. Supongo que es la única palabra. Pero no estoy seguro de que tenga importancia. Trato de ver las cosas desde el punto de vista de Vogel. Ella le alquiló un caballo. Solía estar sola. Quizás eso le diera la idea a Vogel. Todo lo que necesitaba era conseguir que yo me paseara por el desierto. Así que inventó esa carta. Luego se las arregló para que los rusos se encontraran conmigo. ¿Comprendes?, eso era lo que parecía…

– Sí.

– Pero la verdadera cuestión es Tannis. De un modo u otro, sé por qué estoy involucrado en esto. Sabemos lo que ocurrió con Buhler y con Vogel. Pero si todo el asunto, lo que ha ocurrido ahora, era tan sólo una rencilla privada entre ellos que se remontaba a la época del campo de concentración, ¿por qué habría tenido que enterarse Tannis?

– Bueno, tiene que haber sido el hombre que estaba en los Clints de Dromore aquel día.

– Sí, y sin duda también estuvo en Aberporth. Estaba pensando… mira, le pregunté a Tim si parecía que Tannis tuviera una misión oficial cuando estuvo en la casa, y él creía que no.

Y yo lo comprendo perfectamente. Imagínatelo. Buhler, un alemán oriental, es asesinado en China Lake, justo en la base, por lo que sabemos. Tienen que hacer algo al respecto. No pueden ignorarlo.

– Sí.

– Y digamos que existía una relación con lo que me ocurrió a mí. Tal vez algo que hallaron en el cadáver. No estoy seguro de lo que pudo ser, pero debió de ser algo. Quizá pensaron que tenían que poner en marcha una investigación, pero se mostrarían reacios…

– Así que tuvieron una charla oficiosa con Tannis.

– Exactamente. Le pidieron que buscara por su cuenta, que descubriera si había fuego bajo el humo. Pero si Vogel se enteró, debió de asustarse. Desde su punto de vista, todo podía llegar a destaparse.

– Así que Tannis es la clave.

– Sí. Al final. -David titubeó. Tannis era la clave y él sabía lo que eso significaba. La noche anterior había comprendido que debía volver a China Lake. Allí estaba Tannis. Y también Vogel, con toda probabilidad. Buhler había sido asesinado allí. Allí era donde había empezado todo. Pero se mostraba reticente. ¿Asustado? Vogel, quien era en realidad Stern, ¿había intentado matarlo en el risco aquella tarde? Probablemente. Pero eso sólo tenía sentido…

– ¿David?

– ¿Sí?

– No querrás volver allí, ¿verdad?

– No estoy seguro. En cierto modo, sí. Pero no estoy seguro de que deba hacerlo. Tal vez no tenga derecho. Supongamos que Vogel es el espía. Piensa en lo que le ocurrió en Dora. ¿Tengo realmente derecho a…?

– Sí. Piensa en lo que te ocurrió a ti. Tienes todos los derechos.

David se encogió de hombros.

– Supongo. Pero además está Tim. He vuelto a telefonear. Nadie parece saber dónde está. -Anne empezó a decir algo, pero él sacudió la cabeza-. No, no creo que se haya suicidado. Pero estaba muy transtornado. No era sólo lo de Diana, sino lo que le conté acerca de mí. Creo que a ese respecto cometí siempre un error. Ocurría algo que yo no comprendía. No quiero ni pensar en lo que estará haciendo.

– Entonces, ¿qué hacemos?

– Tal vez deberíamos volver a Londres. Olvidarnos de todo. Dejar el pasado atrás.

– ¿Pero harán los demás lo mismo? Stern, o Vogel, o cualquiera que sea su nombre. Sin duda él no.

– Lo sé. Ése es el problema.

Anne terminó su bebida.

– David, sé que depende de ti. Podemos volver a Inglaterra, o podemos ir a California, lo que tú quieras. Recuerda, sin embargo, que yo te acompañaré.

Ese punto al menos había sido establecido de antemano. Anne había insistido. Derek estaría a salvo en Copenhague y ella no dejaría que David se marchara solo. Él no había intentado contradecirla. No lo deseaba. Pero su objetivo inmediato y concreto era algo a considerar. No tenía pistas que seguir, nadie como Stern que le condujera. Por supuesto que irían a California. Desde que había salido trepando del mar de Irlanda no había tenido la menor duda de que iba a seguir adelante. Pero ¿qué haría cuando llegara allí? Encontraría a Tannis, pero ¿qué le diría? Sintió entonces una especie de sospecha sobre sí mismo. ¿Tendría el valor suficiente? No obstante, no sabía con seguridad en qué podría fallarle el valor. ¿Tenía miedo de salir corriendo? O quizá, se dijo, al buscar a Tannis estaba intentando hacer la paz, llevar a cabo una especie de reconciliación. Tannis estaría en contacto con el FBI. Dados los acontecimientos de las pasadas semanas, sin duda tendrían que volver a plantear sus antiguas conclusiones. ¿Se conformaría con eso? ¿Podía considerarlo una victoria? Por otro lado, su verdadera intención tal vez estaba en el extremo opuesto. Quizá, después de todo, lo único que quería era vengarse. Sí, a pesar de sus bonitas palabras acerca de Vogel y Dora, ¿no querría él también saldar una cuenta? Anne le había dado permiso, si eso era lo que pedía. Y cabía otra posibilidad: el simple deseo de saber… aunque no era tan sencillo. Aquélla era su historia, había sido moldeado por ella, de eso se trataba, tanto si lo comprendía ahora como si no lo conseguía nunca. En lo más profundo de su corazón, seguía siendo un científico. ¿Realmente iba a continuar viviendo el resto de sus días en la ignoran cia de cómo se había definido esa vida? No obstante, al tiempo que se planteaba tales preguntas, las descartaba. Le parecía crucial, de hecho, no insistir en las respuestas. Reconocería la respuesta cuando ésta apareciera, y eso definiría la pregunta de sobra. Mientras tanto tenía una certeza, y era Anne.

Volaron hasta Los Ángeles pasando por Londres; necesitaba conseguir algún dinero en cualquier caso y además así tendría la oportunidad de ponerse en contacto con Tim, aunque no lo hizo. No estaba en Aberporth ni en la universidad y no había dejado mensajes en ninguna parte. Le preocupaba. Pero mientras se tragaban los kilómetros a diez mil metros de altura, a David no le cabía la menor duda de que quería a Anne junto a él. No dejaron de repetirse mutuamente que Tannis era la clave, pero David sabía que la clave era ella, al menos para él. Literalmente, ella era su salvación una vez más, tal como ya había comprendido en Alemania, era la única razón por la que estaba mirando las nubes que tenía debajo. Más que cualquier otra cosa, David no podía pasar por alto la coincidencia. Sabía que, formalmente, la historia de lo que le había ocurrido había empezado con Vogel y Buhler, mucho antes de China Lake, pero no podía evitar pensar que el verdadero inicio se había producido también en la pequeña casa de campo de Anne, cuando él había cruzado la habitación para besarla. Y eso había estado a punto de no ocurrir. En ese momento su valor se había enfrentado con una pequeña prueba y los nervios casi lo habían traicionado. ¿Y si hubiera sido así? Todo lo que había ocurrido después, los Clints de Dromore, la muerte de Diana, lo hubieran separado de Anne y de cualquier esperanza para sí; hubiera estado perdido, lo sabía. Aquel momento había cambiado el curso de todas las cosas, a pesar de que entonces él no había sabido que existiera un curso a cambiar. Ella lo había cambiado a él, o acaso se había cambiado a sí mismo. Aún percibía los cambios operando en su interior. Sintió un cierta timidez en su sentido más simple, pero también más profundamente.

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