– No estoy seguro. Quizá. No podría asegurarlo. -El checo alzó la vista-. ¿Es una fotografía vieja?
– De hace más de veinte años.
– ¿Esto es el desierto?
– Sí, el desierto del Mojave.
– Bueno, no podría decirlo. Lo siento. La última vez que lo vi era un esqueleto, su cara era del color… -Se encogió de hombros.
– Comprendo. Gracias.
– ¿Y sigue sin querer decirme por qué desea saber todo esto?
– Es difícil de explicar, créame. Pero nadie saldrá dañado. Esto no hará daño a nadie.
El checo asintió y pareció a punto de hablar. Pero luego, con una rápida sonrisa, dio media vuelta y sencillamente echó a andar. David lo dejó marchar, contemplándolo mientras se alejaba a paso firme hacia la entrada del campo, con la espalda totalmente erguida, sin mirar ni una sola vez atrás. Luego desapareció y una vez que David estuvo seguro de que se había ido (rápidamente ahora), se encaminó hacia su propio coche. Tenía un largo trayecto por delante. Pero su viaje había valido la pena hasta el último kilómetro. Su mente estaba llena de miles de pensamientos. Pensara lo que pensase sobre la metafísica del checo, había hallado la gran conexión, había encontrado la premisa sobre la que se basaba todo lo demás. Mientras conducía en la noche estuvo seguro de ello. Vogel había matado al hermano de Buhler y Buhler había ido en busca de venganza, después de tantos años. Pero Vogel seguía siendo el superviviente y había vuelto a salir con vida. Había matado a Buhler y, viajando como Stern, estaba ahora borrando sus huellas, eliminando los últimos vestigios que lo relacionaban con ese lugar. Tenía que ser cierto… o gran parte de ello tenía que ser cierto. Y a medida que transcurrían los kilómetros, se preguntó si tenía algún derecho a entrar en aquella disputa. ¿Podía él juzgar a Vogel? ¿Podía él siquiera contemplar lo que aquel hombre había soportado, o las elecciones con las que se había enfrentado? No era asunto suyo. Sin embargo, lo era. Ésa era la cuestión. Aunque, incluso después de tanto tiempo y de ese terrible viaje, seguía sin comprender por qué, de forma que, a medida que iba conduciendo, sus pensamientos volvieron al punto en que se hallaban cuando había iniciado el viaje. Cuando llegó a Berlín y vio las brillantes luces del control delante del coche, se aseguró de estar pensando en Anne. Sabía que ése era el único medio de sobrevivir. A las 11.32, en compañía de una docena de turcos y tres estudiantes de Illinois, estaba de vuelta en el Oeste.
Copenhague estaba preciosa bajo el sol de junio, con el agua lanzando destellos en el puerto y los canales y el cielo azul sobre las agujas de las iglesias. Es una ciudad en la que se mira hacia arriba y siempre hay algo que ver: una aguja, una torre de reloj, una cúpula verdinegra, los rojos tejados de las altas y estrechas casas de la ciudad vieja. David no conocía bien la ciudad, pero siempre le había gustado. Caminando por ella uno podía vislumbrar un pedazo de mar al final de una calle, y calentada por el sol la piedra adquiría tonos de tierra, uniéndose así la ciudad a la tierra que la rodeaba, ese paisaje danés llano, ondulante, que se encuentra con el cielo en una línea perlada. Stroget, la principal zona comercial de la ciudad, bullía de agitación. Gente a pie. Bicicletas. Turistas desplegando mapas y esforzándose, innecesariamente, con guías de pronunciación. En el café una joven y su novio se sentaron en la mesa contigua. Ella enlazó los pies tras las patas de su silla y se metió la falda por entre los muslos: ¡Ya está!, pareció decirle a su novio cuando se inclinó hacia delante, con el mentón apoyado en la mano. Todo el mundo parecía feliz y David estaba resuelto a no quedarse al margen. Se divertía consigo mismo. Pero eso no iba a detenerlo. ¿Lo hacía eso más divertido aún? Contemplando a Anne, disfrutando de Anne, sorbió su Calsberg. Era martes por la tarde. Había llegado el día anterior. Había descubierto que Anne y Derek estaban disfrutando de una agradable fiesta danesa. Nada desafortunado les había seguido desde Escocia. Frue Brahe, la suegra de Anne, resultó ser un encanto. Vivía en un agradable y espacioso apartamento en un maravilloso edificio antiguo con escaleras de piedra y una hermosa barandilla de bronce. David no la conocía, pero era evidente que Axel le había hablado de él, así que su examen fue sumamente amable. David había percibido una diminuta pausa, un deje de melancolía. Supuso que la constatación de Anne junto a otro hombre le resultaba una confirmación más de la pérdida de su hijo. Pero sólo fue un momento, puesto que también tenía muy buen humor y una vasta colección del equivalente danés de los chistes de polacos, historias sobre personas que vivían en un lugar llamado Mol. Para su gran deleite, pues estaba chocha por su nieto, Derek no podía evitar nunca interrumpirla con una gracia o una explicación. «Debes comprender, David, que nuestros campesinos de Mol son gentes muy sencillas…» Dos campesinos de Mol están sentados en una taberna y se les apaga la linterna. Cada uno tiene una cerilla, pero uno de los dos deja caer la suya. El otro gatea por el suelo buscándola hasta que la suya se apaga. Y así se quedan en una total oscuridad. «¿Lo coges? Son tan estúpidos…»
David sonrió, recordando, mientras Anne sorbía su Campari con sifón. Le encantaba el Campari. Le había explicado a David que ahora estaba viendo su personalidad de ciudad. Habían ido de compras. Ella no había llevado maquillaje, sólo un brillo transparente en los labios, y sus cabellos rojo dorado caían libremente sobre los hombros de su vestido de lino, un contraste que le daba un aspecto muy atractivo. Junto a ella David se sentía tan desaliñado que se había comprado algo de ropa, para salir ya de la tienda con su nueva chaqueta deportiva puesta. Entonces sí tenía buen aspecto. Y se sentía bien. Tras una buena noche de sueño y unas cuantas horas de sencilla cordura danesa, empezaba a comprender lo que tenía que hacer. Contempló a Anne cuando ésta depositó su vaso sobre la mesa. Le contó que había seguido el rastro de Tannis en Escocia. Había pasado dos noches en un hotel en Dumfries, pero ya se había marchado cuando ella telefoneó. Y David le contó toda la historia referente a Stern, Vogel y Buhler, yendo de atrás adelante y de delante a atrás, calibrando el significado de todo aquello. Sobre la mesa y entre ellos estaba la fotografía que Diana le había hecho al hombre, al caballo y a la niña, y Anne dijo:
– Quiero aclarar una cosa sobre la fotografía. ¿Estás diciendo que Stern no es Vogel?
– No, no. Son la misma persona y sin duda su nombre es Vogel. Pero Vogel no es este hombre, el de la fotografía.
– Pero Diana creía que lo era. ¿Qué otra cosa podría significar la fotografía? Incluso hay un caballo y ella le había alquilado un caballo cuando estabais en China Lake.
– Sí, todo eso encaja. El problema es que el hombre que encontré en Aberporth y que se llamaba a sí mismo Stern, era indudablemente más alto que este hombre. En realidad no se parecen. Todo es diferente. Partimos pues de esa base, ¿comprendes? Y llegamos a Buhler. Sabemos que Vogel envió al hermano de Buhler a la muerte en Dora. También sabemos que Buhler apareció en China Lake y fue asesinado. Es obvio: Buhler trataba de vengar a su hermano, pero Vogel ganó. Desde entonces ha estado intentado borrar toda relación entre él y Buhler en Europa. Por eso mató a la hermana de Buhler. Pero, por supuesto, el hombre que mató a la hermana de Buhler era el hombre que conocí como Stern, así que Stern y Vogel tienen que ser la misma persona.
– Y no el hombre de esta fotografía.
– Cierto. Dios sabe quién es. Probablemente no tiene nada que ver con todo eso. Cuando miras las otras fotografías que encontré, tampoco parecen estar relacionadas.
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