Anthony Hyde - China Lake

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Jack Tannis es un veterano de la Guerra Fría, quien formó parte de una campaña para salvaguardar la tecnología militar de los Estados Unidos de aquellos que pretendían hacérsela llegar a sus enemigos, la Unión Soviética. David Harper, por otra parte, fue una vez identificado como el miembro vital de una tendenciosa conspiración que ambicionaba poner en aprietos a los Estados Unidos y a sus aliados. Aunque Tannis no estaba convencido de la culpabilidad de Harper, las pruebas eran difíciles de rebatir, por lo que Tannis mantuvo sus dudas para sí, y David Harper fue declarado traidor.
Décadas más tarde, Tannis se verá obligado a recordar el incidente cuando una misteriosa llamada, en nombre de Harper, le encamina hacia el Centro Naval de Armas en China Lake, donde descubrirá el cadáver de un refugiado político de la Alemania del Este, lo que le llevará a reabrir el caso Harper. Mientras tanto, David Harper, que anda forjándose una carrera como fotógrafo de la naturaleza, también tendrá que recordar el pasado de forma macabra, por lo que empezará a reconsiderar aquellas circunstancias que le llevaron a la desgracia.

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El plan alemán era sencillo. El secreto de Von Braun se había descubierto y cualquier intento de fabricar su arma en instalaciones convencionales sólo conseguiría atraer más incursiones aéreas. Así pues, construyeron una fábrica subterránea, literalmente dentro de una montaña. Se eligió la colina Kohnstein por varias razones. En primer lugar, estaba en las afueras de Nordhausen, y Nordhausen era una importante estación de empalme de ferrocarriles, de modo que los cohetes terminados podían ser fácilmente transportados a los lugares de lanzamiento dentro del radio de alcance de Gran Bretaña, en concreto Londres. En segundo lugar, los alemanes ya habían inspeccionado Kohnstein y sabían que representaba, de forma rudimentaria, lo que ellos querían, ya que originalmente Kohnstein había sido el emplazamiento de una mina de amoníaco, desarrollada en 1917 con un campo de trabajo desde la Primera Guerra Mundial. Se había abandonado en 1934, pero siguiendo el consejo de I. G. Farben (y qué apropiado resultaba, pues Farben suministraba el gas venenoso a Auschwitz), sus túneles y minas se habían convertido en un depósito de almacenaje subterráneo para petróleo, gasolina y otros productos químicos. Todo lo que tenían que hacer entonces los alemanes era ampliar los túneles y… Pero, claro está, no lo hicieron los alemanes, sino los Stücke, y «todo» era el infierno.

Los primeros prisioneros, todos procedentes de Buchenwald, eran transportados en camiones, luego se les ordenaba que bajaran para entrar en los viejos pozos que se adentraban en la ladera de la colina. Los guardias de la SS los conducían. Con picos, palas y dinamita golpeaban y dinamitaban la roca,, cavando cientos de metros de túneles y cuevas. Dormían en los mismos agujeros que cavaban. No tenían camas excepto las repisas que excavaban en la piedra y no tenían agua excepto las gotas que lamían de las desnudas paredes de roca. Morían a centenares, pero había centenares más en el lugar del que procedían, y cuando murieron por miles tampoco constituyó un problema. Eran infinitamente reemplazables. Trabajaban hasta la extenuación, y cuando ya no podían trabajar más, los golpeaban hasta la muerte; a los que no estaban del todo muertos los llevaban de vuelta a Buchenwald para ser gaseados y quemados, dado que, en aquella primera fase de la historia, Dora no tenía su propio horno crematorio. Los Stücke trabajaron durante todo el otoño y el invierno de 1944. Los que no murieron en las primeras semanas (y la mayoría murieron), aquellos que de alguna manera lograron sobrevivir, pasaban días enteros sin ver el sol ni respirar una bocanada de aire fresco. Pero construyeron la fábrica de Von Braun. Era enorme. Los dos túneles principales, que distaban unos ciento cincuenta metros entre sí, alcanzaron tres kilómetros de longitud, doce metros de ancho y nueve metros de alto. Estaban conectados por cuarenta y siete túneles transversales, Hallen, de nueve metros de ancho y seis metros de alto. En total sumaban más de trescientos mil metros cuadrados de espacio útil. Por encima de todo ello estaba el techo de la montaña Kohnstein, de sesenta metros de espesor.

Cuando se acabó de construir la fábrica, se inició la producción de los cohetes. La segunda fase de la historia de Dora fue inaugurada con dos grandes visitas. La primera fue la de Albert Speer, el jefe de producción armamentística alemana, quien realizó una gira de inspección a principios de diciembre de 1943. Se sintió abrumado por lo que vio. No había utilizado expresiones como «tecnología punta», ni había llamado al V-2 «IRBM [47]tierra-tierra», aunque eso es lo que era, pero sabía que los exhaustos esqueletos de Dora eran incapaces de construir nada que requiriese precisión. Inmediatamente llamó a Peenemünde y Von Braun llegó al campo el 25 de enero de 1944. Acompañado por su séquito y un guardia de la SS («Mützen ab!», ordenaron a los prisioneros, «¡Gorras fuera!») recorrió los túneles y se mostró de acuerdo con Speer. Tanto la calidad del campo como la de sus prisioneros no estaba a la altura de su cohete. De modo que ambas cambiaron. A finales de marzo los Stücke estaban fuera de los túneles y vivían en barracones, fríos, con corrientes de aire e infestados de piojos, pero secos y libres del asfixiante polvo de la piedra de los túneles. Llegaron nuevas oleadas de prisioneros. Franceses. Checos. Italianos. Rusos. Polacos. «En realidad -dijo el secretario personal de Von Braun-, conseguimos trabajar bastante bien con los extranjeros. Era un auténtico crisol. Pero a menudo luchaban entre ellos. Recuerden que muchos se habían convertido en prisioneros por criminales u homosexuales, así como por sus creencias políticas o religiosas. Necesitábamos a los trabajadores, así que intentábamos no maltratarlos. Se trataba de una operación de alto secreto, y una vez dentro, allí te quedabas.» Siempre que uno conservara el adecuado sentido de la ironía, había mucha verdad en aquellas palabras. De las sesenta mil personas que pasaron por el campo, muchas se quedaron, puesto que quizá muriera la mitad de ellas. En cuanto al cariz político de aquellos hombres, cualesquiera que pudieran ser sus hábitos sexuales, la mayor parte se oponía sin duda a los nazis. Algunos, en especial los alemanes, eran comunistas, y muchos eran combatientes de la resistencia capturados. Estos últimos eran sobre todo franceses, los cuales formaban una proporción mucho más elevada en Dora que en otros campos. Sin duda Dora era un crisol, una caldera infernal de kapos y commandos y Sonder-Truc, el término que utilizaba la SS para designar un «evento especial»: una flagelación o un ahorcamiento, con las víctimas atadas en el Holzhof, un recinto de madera junto a la enfermería, o en los mismos túneles. Sin embargo, a pesar de los horrores, los misiles fueron fabricados. Diseñados con precisión por Von Braun para ser montados bajo los túneles de las vías principales, fueron enviados a sus lugares de lanzamiento y disparados, unos tres mil en total. El objetivo más famoso era Londres, que fue alcanzado 517 veces, pero más de 1.200 cayeron en Antwerp y cantidades menores en París, Lieja, Lille, Maastricht y Hasselt. Por supuesto, no fue suficiente. Ni siquiera aquellas asombrosas armas pudieron contener el avance de los aliados. Así, en los últimos días de la guerra, se inició el periodo final de la historia de Dora, en algunos aspectos el más horrible de todos. La población del campo aumentó, ya que se evacuaban prisioneros del Este ante el avance de los rusos, incluyendo miles que procedían de Auschwitz, quienes hallaron Dora peor que lo que habían dejado atrás. Los guardianes y la administración del campo, temiendo que pudieran pedirles cuentas por sus crímenes, empezaron a eliminar testigos. Hubo ahorcamientos en masa y rápidas ejecuciones. Los cadáveres se amontonaron. Cientos de ellos. Tantos que los hornos no daban abasto y tenían que quemarlos con leña empapada en petróleo en la Appellplatz… Pero finalmente concluyó. El 11 de abril de 1945, una semana después de que Von Braun y sus colegas hubieran huido del campo, entraron en él los tanques de la Tercera División Acorazada del Primer Ejército Americano.

Eso era Dora.

Eso era.

Poco más había que decir. Con el folleto del museo en la mano («KZ Dora: Produktionstätte Des Todes») David paseó por entre las vitrinas cuatro veces, comparó las maquetas con los mapas, observó atentamente las fotografías, pero finalmente comprendió que era inútil, no había nada más. No cabía la menor duda de que cada cohete fabricado, cada nave espacial que el hombre lanzara jamás, tenía sus orígenes en ese lugar. No obstante, había menos indicios allí de los que un arqueólogo pudiera descubrir en un emplazamiento menor de la época romana. Stücke. «Desechos.» Bueno, encajaba. Y en conjunto, suponía, era suficiente. Lo que se veía, pensó, lo que se sentía, era una cierta consistencia. Las mentes que habían fabricado los cohetes también habían construido el campo. Una cosa implicaba la otra. Todo era una pieza. No sólo había sido necesario construir los cohetes, había sido necesario hacerlo exactamente de esa manera.

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