Asintió. Luego se encogió de hombros.
– Pero lo cogieron. No sé cómo. Lo apalearon con sus Gummis. Luego, una mañana, al pasar revista, estábamos todos ahí abajo, formados sin la gorra, con nuestra cabeza de «hurones», y los SS pasearon a Vogel por las filas y él señaló a los «líderes de la Resistencia».
– No comprendo. Señaló al hermano de Buhler, y usted acaba de decir que él no era de la Resistencia.
– Oh, sí. Eso era cierto. Vogel escogió a nueve hombres al azar, cada uno de los cuales fue colgado por los SS, y ni uno solo pertenecía a la Resistencia. Los SS no lo sabían, pero la Resistencia seguía intacta.
David guardó silencio unos instantes. Estaba horrorizado. Mientras permanecía allí callado, el checo extendió la mano y le tocó el codo, dirigiéndolo escaleras abajo. También él quería marcharse. Empezaron a bajar la colina en dirección a la antigua Appellplatz, que caía ahora bajo la sombra de la colina.
Finalmente David preguntó:
– ¿Qué le hicieron a Vogel después de eso?
– Bueno, ¿sabe?, eso fue siempre un misterio, porque no lo ahorcaron. No lo sé. Al final, quién sabe qué juegos creían los SS que estaban jugando. Quizá pensaron en utilizarlo más tarde. En todo caso, desde luego fue una catástrofe, al menos para la reputación de Vogel. La mayoría de gente del campo no pertenecía a la Resistencia, así que no sabían lo que Vogel había hecho. Supusieron que era un delator. Sólo gente como yo, que no podía hablar, sabíamos la verdad. Luego… después de que llegaran los americanos… fue todo tan confuso. Los supervivientes fuimos separados por grupos según nuestra nacionalidad. Todo lo que supe de Vogel fue que había conocido a una mujer, una de las personas que había llegado aquí desde Auschwitz, y que estaban juntos. Ella era judía. Pero también era americana. Así fue como Walter trató de encontrarlos. Ella había nacido en Chicago. Sólo había vivido allí de recién nacida, apenas unas semanas, pero técnicamente era americana, así que pudieron marcharse a aquel país. Walter escribió a todos los organismos, ¿comprende?, a las Naciones Unidas y a la Cruz Roja. Después de la guerra había muchas organizaciones semejantes. Tenía cientos de cartas. En una ocasión me las enseñó.
Cientos de cartas, pensó David, que había ocultado bajo las tablas del suelo junto a la cama.
– ¿Cuál era el propósito de Buhler… si los encontraba?
– Oh, bueno. Juró que mataría a Vogel, que iba a seguirlo hasta el fin del mundo. ¿Qué otra cosa podía pensar con el cuerpo de su hermano colgando por encima de él en el túnel? Pero más tarde, no lo sé. Porque Walter sabía la verdad. Yo mismo me encargué de ello. Se lo aseguro. No lo sé… -Vaciló. Habían alcanzado el último peldaño. Zalenda se detuvo allí un momento y miró hacia la piedra conmemorativa-. Sinceramente, resulta difícil saber qué pensaba Walter realmente. Debió de comprenderlo. ¿Qué podía haber hecho Vogel? Unos hombres iban a morir. Todo el mundo era inocente. Vogel hizo lo que todo el mundo hizo, lo que tenía que hacer para seguir con vida. Pensaba que él mismo iba a morir, estoy seguro de eso. Así que probablemente estaba pensando en cómo iba a vivir aquel último segundo mientras mordía el palo, y al menos habría sabido, ¿comprende?, que no había traicionado a sus amigos. De ese modo hizo su elección. Sí. Creo que Walter debió de comprenderlo. Vogel trataba de sobrevivir, como todos los demás. Podría decirse incluso que ayudó a Walter a sobrevivir, gracias al odio que le tenía a él. -Zalenda sonrió; fue un rápido destello en su tosca piel morena. Agregó-: ¿No quiere decirme por qué ha venido aquí?
– Como ya le he dicho…
– No, no. Está bien. Pero ¿es importante que yo le cuente esto?
– Sí, para mí es muy importante.
– Bien. Bueno, entonces puedo decirle algo más -manifestó, dándose la vuelta mientras hablaba y empezando a caminar al pie de la colina-. Le diré por qué vengo yo aquí. Ahora sólo vengo en este día, es el día en que la mayoría de nosotros, los checos, nos encontramos lo bastante recuperados para marcharnos y empezaron a enviarnos de vuelta a nuestro país. Y supongo que vengo para recordar. Uno puede recordar, ¿comprende?, u olvidar… aunque me asustaría, si no recordara, que pudiera olvidar. En cualquier caso existe otra razón. Me avergüenzo de lo que hice para sobrevivir. ¿Sabe usted lo que es eso? ¿Es usted cristiano?
– No. Bueno, no lo sé.
– De todas formas, no quisiera ofenderle. Pero yo sobreviví por la fe.
– ¿Era usted cristiano?
– No, no exactamente. Pero llegué a tener fe en Dios. O fe, en cualquier caso. Antes de llegar no creía, pero aquí lo aprendí todo sobre ella. ¿Comprende?… Tiene que comprenderlo. Aquí lo que uno deseaba era vivir un día más, o incluso una hora más, y cuando sobrevivías, estabas agradecido. ¿Y a quién podías darle las gracias? Otros morían y tú no. ¿Cómo podías explicarlo? No había modo alguno. Así que hallabas la fe. Pronto la fe parecía realmente la razón de tu supervivencia, la razón por la que no te rendías mientras que los demás caían muertos a tu alrededor. ¡Dios! Sí, y cuanto más fuerte era tu fe, más parecía una razón en sí misma que justificaba y perdonaba todo lo que hacías para sostenerla. Incluso las traiciones, traiciones también a uno mismo. -El checo había estado caminando mientras hablaban, tan rápido que David había tenido que esforzarse por mantenerse a su paso, pero se detuvo entonces y miró al otro lado de la colina, hacia las cicatrices en la roca que señalaban las entradas de los túneles. Sacudió la cabeza y las señaló con un gesto de la mano-. No, olvida a Dios. Siempre pienso eso aquí. ¿Conoce esa frase de Dostoievsky: «Sin Dios todo es posible»? Es una tontería y nadie la dice nunca. Jamás la he entendido. Siempre tuvimos a Dios y justamente todo ha sido posible. Ése era el problema con Von Braun. Siempre decía eso cuando apuntaba hacia Londres con sus cohetes; tenía los ojos puestos en las estrellas y la gente siempre se reía. Pero yo le creía. Sí. Exactamente. Puesto que tenía los ojos puestos en el cielo, no veía nunca Londres, ni este sitio. Ése era el problema general. Aquí los hombres creían en Dios, pero también sabían fórmulas químicas. Creían en la ciencia.
David no dijo nada. Allí la única respuesta que uno podía ofrecer parecía ser el silencio. Pero luego, cuando la sonrisa se desvaneció del rostro del checo, se dio cuenta de que aquel hombre quería librarse de él, de que había estado siguiéndolo, impidiéndole que se marchara hacia una cita quizá, para encontrarse con unos amigos, para seguir con su vida, puesto que todos aquellos sucesos y las ideas que surgían de ellos y que para David eran tan extraordinarios, para él eran tópicos. Así que dijo:
– Perdone, ¿podría hacerle una pregunta más?
Zalenda frunció el ceño, luego se encogió de hombros.
– Sí, claro. Pero tengo que coger el coche y llegar esta noche a Erfurt. Se está haciendo tarde, ¿comprende?
– Lo siento. Pero… cree… Sólo quiero preguntarle una cosa: ¿Sería posible que aún hoy Walter Buhler matara a Vogel, que quisiera hacerlo?
Por primera vez el checo pareció alarmado.
– No… no lo sé. No comprendo. ¿Por qué quiere saberlo?
– Bueno, ¿podría usted mirar esta fotografía? El hombre que sostiene las riendas del caballo, ¿podría ser Vogel?
– ¿Vogel?
– Sí.
– Pero usted no sabía nada de Vogel. Preguntó por Buhler…
– Ya, pero ¿podría mirar la fotografía? ¿Podría decírmelo…? Es muy importante.
El checo dudó todavía un momento. Luego cogió la fotografía y la miró. La sostuvo en un ángulo determinado para captar la luz, y David se preguntó si no habría visto, tan sólo durante unos segundos, un destello de reconocimiento; también se preguntó después si las sospechas de un hombre no le impedirían decir la verdad. Pero finalmente sacudió la cabeza.
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