Anthony Hyde - China Lake

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Jack Tannis es un veterano de la Guerra Fría, quien formó parte de una campaña para salvaguardar la tecnología militar de los Estados Unidos de aquellos que pretendían hacérsela llegar a sus enemigos, la Unión Soviética. David Harper, por otra parte, fue una vez identificado como el miembro vital de una tendenciosa conspiración que ambicionaba poner en aprietos a los Estados Unidos y a sus aliados. Aunque Tannis no estaba convencido de la culpabilidad de Harper, las pruebas eran difíciles de rebatir, por lo que Tannis mantuvo sus dudas para sí, y David Harper fue declarado traidor.
Décadas más tarde, Tannis se verá obligado a recordar el incidente cuando una misteriosa llamada, en nombre de Harper, le encamina hacia el Centro Naval de Armas en China Lake, donde descubrirá el cadáver de un refugiado político de la Alemania del Este, lo que le llevará a reabrir el caso Harper. Mientras tanto, David Harper, que anda forjándose una carrera como fotógrafo de la naturaleza, también tendrá que recordar el pasado de forma macabra, por lo que empezará a reconsiderar aquellas circunstancias que le llevaron a la desgracia.

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David miró alrededor. No vio a nadie en la calle, pero donde él estaba debía ser demasiado evidente, incluso sospechoso. Se inquietó. En un lugar como aquél la gente responde cuando llamas a la puerta. Debía de ocurrir algo malo. A menos… que Stern tuviera una llave y hubiera entrado con ella. O que el lugar estuviera vacío y él hubiera forzado la puerta. Pero eso no parecía probable. Algo había ocurrido y en su interior sólo podía oír una voz que le decía «corre». Pero no podía hacerlo después de haber llegado tan lejos. Rápidamente y con la intención de que no lo descubrieran, caminó hacia el lado y cruzó la puerta en el muro. Se encontró entonces en un oscuro y frío jardín lateral, oculto no sólo a la calle, sino también a la casa contigua, puesto que había una valla de madera. Escuchó, y las voces y risas de más allá le parecieron totalmente normales. No le habían descubierto. Miró a su alrededor. El jardín era de tierra desnuda, apenas con el espacio suficiente para el coche, un Skoda, que estaba muy pegado a la casa. Lo rodeó con apuros para mirar por una ventana, pero el interior de la casa estaba tan oscuro y tenebroso como una vieja pintura. Desde otra ventana, en la parte posterior, descubrió la cocina; vacía, una mesa y cuatro sillas de madera; latas iguales para harina, azúcar y café alineadas pulcramente sobre una encimera. La ventana por la que miraba estaba justamente encima del fregadero y en él vio un tazón con una cuchara. Pero no vio ni oyó a la persona que había bebido de él. Siguió moviéndose a lo largo del muro hasta la valla de madera, que era una especie de cobertizo adosado. Estaba justo en la parte posterior. Más allá había un sendero, que era por donde debían de sacar el coche. Al otro lado distinguió las frondosas y pulcras hileras de un huerto muy bien cuidado. Pero allí se encontraba de nuevo al descubierto. La valla terminaba antes de llegar al sendero. Así que se movió deprisa. Dos peldaños de madera conducían hasta una puerta que tenía un cierre para un candado, pero no había ninguno, tan sólo un pestillo. Lo abrió fácilmente y se halló dentro de la casa.

Parecía estar muy oscura. Esperó un momento para dejar que sus ojos se adaptaran. Luego descubrió que estaba en una especie de mezcla entre almacén y despensa. En la esquina más alejada había una pila de viejos neumáticos de coche. En todas las paredes había estanterías de madera llenas de tarros de cristal llenos de remolachas en vinagre de un intenso color rojo, cebollas rojizas, conservas de pepino y melocotones. Por alguna razón había un gancho metálico con un trozo de cadena de hierro negro colgando del techo. Un gran artefacto de latón, que pensó que podría ser un conducto para humos, estaba metido bajo una mesa pintada, y contra la pared trasera de la casa había un enorme fregadero de cemento con un grifo de acero. David permaneció inmóvil asimilando todo aquello. El lugar olía a polvo, humedad y pintura desconchada. Quiso luego llamar en voz alta, pero no lo hizo, aunque de repente se dio cuenta de que estaba tan tenso que temblaba. Tomó aliento. Se acercó a la puerta que conducía a la casa propiamente dicha. Tenía un pomo de cristal que giró con facilidad. La traspasó. Luego se dirigió directamente a la puerta que había enfrente llamando en voz alta: «Entschuldigung… Entschuldigung!» [38]Pero no hubo respuesta y ahora ya estaba seguro de que no la habría. Delante de él había un corto pasillo que conducía hasta la puerta delantera que se perfilaba contra la luz exterior. Caminó lentamente hacia ella. Sus pasos eran silenciosos sobre la alfombra del pasillo que por algún motivo captó su atención. Le recordó una pensión victoriana de tan fea, renegrida y recargada como era. No había ninguna luz, excepto el perfil de la puerta, pero podía ver ya en la penumbra. Se acercó a un arco, a su izquierda, que se abría a la habitación que había visto desde el jardín, pero incluso antes de verlo realmente sus ojos se movieron hacia el otro lado del pasillo. Supuso que era la «sala de las visitas». Tenía una especie de decoro desesperado y resuelto, limpia y ordenada, pero raída, anticuada, como una radio de lámparas, aunque había un televisor, con una gran pantalla redonda y azulada, en un rincón de la habitación sobre unas largas patas metálicas. Era una estancia para los domingos. Un servicio de té para dos; porcelana sobre una bonita bandeja de madera en la que había grabadas unas bailarinas todas con lederhosen [39]. Había un tapete bajo la violeta africana y abultados cojines sobre el voluminoso sofá de respaldo alto. La pintura de la pared era indescifrable. Un reloj repetía su tictac pesadamente. Había una luz encendida: una lámpara de pie con una pantalla marrón adornada con borlas, que proyectaba un amarillo círculo de luz sobre la mitad inferior del cuerpo de la mujer, sus regordetas piernas enfundadas en unas medias de algodón marrón y la falda gris un poco subida. Seguramente se había deslizado por el sofá hasta el suelo. Estaba apoyada contra él. En la parte superior llevaba una blusa blanca bajo un suéter abotonado. Un roto collar de perlas colgaba del cuello dejando caer las perlas por el pecho.

Durante unos instantes David no movió un solo músculo.

Sabía que estaba muerta y en realidad no le sorprendía (desde el momento en que el eco de su llamada había vuelto vacío a él), salvo quizás el hecho de que fuera una mujer y no un hombre. Pero aunque estaba seguro, fue una dura conmoción. Tenía miedo. No estaba asustado de nada en concreto. Sentía sencillamente el miedo, como el silencio, a su alrededor. Tuvo que cerrar los ojos unos segundos para encontrarse a sí mismo, pero lo hizo y avanzó al centro de la estancia. Sí, estaba muerta. Pensó que tal vez la había estrangulado por el aspecto de su cara, retorcida, abotargada. Al inclinarse un poco para ver, para estar absolutamente seguro, olió los polvos cosméticos, lo que le hizo pensar en su tía, en su pequeña casa de Burslem, la pequeña habitación de la parte de atrás, no mayor que un armario, en la que se había alojado él, que caía dormido mientras escuchaba las voces de los adultos murmurando en las profundidades de la casa.

Su tía. Aquel olor. El casi silencio. La habitación delantera… Su bolso, nunca la había visto sin él, su cara se volvía ansiosa en el momento mismo en que lo echaba de menos bajo su mano. Quizás aquella mujer había sido igual, pues tenía el bolso junto a ella y su contenido estaba esparcido por el suelo. Hurgó rápidamente en aquel batiburrillo. Y descubrió (había un montón de documentos, papeles, tarjetas) que su nombre era Buhler, Elsa Margrit Buhler, que aquel lugar se llamaba Niederberg, y que la semana siguiente habría cumplido sesenta y tres años de edad.

14

David apagó la luz. Se alejó del cadáver de Elsa Buhler, lo cubrió instintivamente de oscuridad. Era lo menos que podía hacer; era lo único que podía hacer. Y luego salió al pasillo. Quería ir más allá, pero no se atrevía. Desde allí se podía ver la cocina y la habitación opuesta a cuyo interior había mirado desde el jardín. Solo allí, con el perfil de la cerradura de la puerta delante de él, estaba completamente seguro.

Permaneció apoyado contra la arcada mientras su corazón emprendía una loca carrera provocada por una segunda conmoción. Pero en el otro lado del horror que sentía estaba la conciencia clara de lo que había descubierto. Buhler. Era un modo terrible de descubrirlo, pero al menos era una prueba. No se había lanzado a una búsqueda inútil. Buhler era uno de los nombres que Tannis había mencionado, que Tim había oído y que Diana había escrito en su carta. Así que todo era real. Buhler, Vogel, Stern; todos estaban relacionados.

Se retiró unos cuantos pasos para no poder ver así el interior de la habitación. Después de un rato notó que el horror disminuía. Estaba aún allí, pero al otro lado de… traspasando una línea, en cualquier caso. Se dio cuenta de que esa línea lo separaba del horror y también de una definición previa de sí mismo. No, no estaba tan horrorizado como… ¿hubiera estado?, ¿podría haber estado?, ¿debería haber estado? En realidad, a medida que

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