Anthony Hyde - China Lake

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Jack Tannis es un veterano de la Guerra Fría, quien formó parte de una campaña para salvaguardar la tecnología militar de los Estados Unidos de aquellos que pretendían hacérsela llegar a sus enemigos, la Unión Soviética. David Harper, por otra parte, fue una vez identificado como el miembro vital de una tendenciosa conspiración que ambicionaba poner en aprietos a los Estados Unidos y a sus aliados. Aunque Tannis no estaba convencido de la culpabilidad de Harper, las pruebas eran difíciles de rebatir, por lo que Tannis mantuvo sus dudas para sí, y David Harper fue declarado traidor.
Décadas más tarde, Tannis se verá obligado a recordar el incidente cuando una misteriosa llamada, en nombre de Harper, le encamina hacia el Centro Naval de Armas en China Lake, donde descubrirá el cadáver de un refugiado político de la Alemania del Este, lo que le llevará a reabrir el caso Harper. Mientras tanto, David Harper, que anda forjándose una carrera como fotógrafo de la naturaleza, también tendrá que recordar el pasado de forma macabra, por lo que empezará a reconsiderar aquellas circunstancias que le llevaron a la desgracia.

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El dormitorio de Buhler era el lugar donde hallar las respuestas. Separado del de su hermana por el cuarto de baño, estaba en la parte de atrás de la casa y a causa del techo inclinado parecía una especie de buhardilla, cómoda, pero también como una celda, un refugio, un lugar donde descansar. El mobiliario era sencillo, casi institucional (la tosca cama de madera podía haber sido una litera cortada por la mitad), y en el aspecto emocional (luz grisácea cayendo sobre un suelo de madera gris) daba precisamente una impresión de soledad, que es obsesión en una vida comunal, la vida de barracas y dormitorios comunes. ¿Abandonado? Sí, pero no huido de… David tuvo la impresión de que Elsa Buhler no había tocado nada, ni quería hacerlo. Aquella habitación seguía esperando, siempre había estado esperando, ¿una sala de espera para qué? Ignoraba la respuesta, pero eso era lo que sentía: alguien que esperaba, que esperaba el momento oportuno. En el ínterin Buhler había leído, había montones de libros en los estantes, y había coleccionado sellos. Sus álbumes cubrían una pared por debajo de una pequeña mesa que consistía tan sólo en una tabla de madera contrachapada sobre caballetes. Su nombre era Walter Joseph Buhler, o sencillamente Walter Buhler. Estaba claramente escrito en casi todas las guardas de los libros. David los repasó al azar. Unas cuantas novelas y algo de poesía de autores clásicos alemanes, Heine, Mann, Feuchtwanger, Fontane. Unos cuantos extranjeros, Jack London, ¿Por quién doblan las campanas?, Jules Romains. Pero en su mayoría eran libros de consulta, textos sobre varios temas: geografía, geología, aves, puentes, mariposas; todos pulcramente ordenados, como si hubiera realizado cursillos sobre cada uno de los temas, como si hubiera aprendido lo que había en esos libros y rara vez los hubiera vuelto a hojear después. ¿Pero para qué se había preparado con todo aquel estudio? ¿O había sido precisamente un fin en sí mismo, su modo de llenar la espera?

Con tales ideas en la mente David examinó la colección de sellos, que parecía representar en gran medida lo mismo. Recordaba que él también había coleccionado sellos de niño, pero de un modo bastante diferente, puesto que sus álbumes habían sido como libros, con pequeños dibujos de los sellos; uno encontraba el que correspondía al dibujo y lo pegaba encima. Según ese modelo Buhler había sido un auténtico coleccionista, casi un profesional. Sus álbumes eran carpetas ordinarias de tres anillas, pero tenían hojas de plástico especiales y los sellos estaban metidos en pequeños departamentos. Muchos eran de Sudamérica o Centroamérica, también de África, aunque, cuando David los repasó, se dio cuenta de que Buhler no los coleccionaba por países o épocas, sino por temas. Todos los sellos eran de aves o mariposas, de cualquier cosa que volara. En opinión de David esto confirmaba su primera impresión acerca de los pósters. Era una hermosa y colorista colección. Sellos de Costa Rica y Zanzíbar, Venezuela, Perú, Mozambique, algunos triangulares o muy grandes, la mayoría muy vistosos: esmeraldas, monarcas, pavones, entre las mariposas, y las excitantes y brillantes aves: periquitos, guacamayos, cacatúas, papagayos, colibríes, cóndores, águilas. Eran tan ligeros, tan brillantes, tan frivolos, tan contradictorios con el mundo de Buhler, que al final pareció lo más adecuado que fueran ellos quienes lo desvelaran, pues fue la mariposa esmeralda, deslizándose de su página y volando hasta el suelo, la que reveló el secreto. Al agacharse para recogerla, David se percató de que una de las tablas del piso junto al borde de la cama estaba cortada. Era un corte limpio, en un ángulo, por lo que resultaba prácticamente invisible. Pero introdujo la navaja, hizo palanca y la sacó. Bajo la tabla, en el espacio entre el suelo y el techo de la habitación de debajo, había una caja metálica empotrada en el hueco.

El escondite de Buhler.

Pero estaba vacía.

Los lados metálicos de la caja, esmaltados en amarillo, destellaron ante sus ojos con un reflejo dorado y burlón. Lo que había habido allí, cartas, fotografías, un diario, había sido extraído. Desde luego guardaba cierta lógica. Todo lo que él podía hacer era descubrir aquellos indicios negativos de lo que Stern había estado buscando. Con todo, era una decepción y se dejó caer sobre los talones con un suspiro. Esto sirvió únicamente para frustrarlo aún más, puesto que al balancearse hacia atrás, los ojos de David quedaron al mismo nivel que la pequeña mesa pintada junto a la cama de Buhler y distinguió con toda claridad, impresas por el paso de los años sobre la superficie de la madera, las huellas de dos pequeños marcos. Se levantó para pasar los dedos por encima. Fotografías, supuso. Dos fotografías enmarcadas como las que había en el dormitorio de Elsa. Pero éstas habían sido diferentes, no eran imágenes de una historia familiar sino de algo más, algo crucial para Buhler, puesto que las mantenía junto a él día y noche. Y algo crucial para Stern, puesto que las había robado. ¿Qué mostraban? Alguna atrocidad. Stern mismo en una situación comprometida. Era imposible adivinarlo, pero sin duda se trataba de lo que Stern estaba haciendo: borrar. Ocultar su rastro. Lo mismo que había estado haciendo en Aberporth. ¿Sobre los Clints of Dromore? Borrar su relación con… ¿pero con qué?

Bien, no lo sabía, ésa era la pura y simple verdad. David soltó una imprecación y se sentó en el borde de la cama de Buhler. Durante esos breves instantes su resolución se debilitó. De repente se acordó de Elsa Buhler, muerta en la habitación de abajo, de la luz del sol filtrándose por entre las rendijas de la negra puerta delantera, creando un arco de luz que los ojos de ella no volverían a ver. Pero ese momento pasó y de improviso sintió una lúgubre satisfacción. Puesto que había descubierto algo, después de todo, había confirmado la dirección del propósito de Stern. Y también había confirmado su propio método. Al margen de lo que encontrara y de lo que Buhler tuviera para ofrecerle, aquél era el modo de buscarlo. Una vez más obedeció a su instinto y se levantó. Salió de la habitación dejándose llevar, buscando por el cuarto de baño y en un armario (jabón, champú, un cubo de hojalata, una estantería con trapos cuidadosamente doblados), aunque quince minutos más tarde, cuando finalmente lo encontró, encontró todo lo que iba a encontrar, estaba de nuevo en el dormitorio de Buhler. Había tomado una decisión. Echaría un último vistazo allí, luego volvería a intentarlo en el piso de abajo y si seguía sin tener suerte, cogería el coche de Buhler para volver a Berlín, aún podría llegar antes que Stern y enfrentarse con él. Pero tan pronto como cruzó el umbral de la puerta, miró hacia abajo y vio el pequeño cesto de mimbre sobre la mesa de Buhler. Era el tipo de cesto que se usa para guardar la fruta, pero estaba lleno de sellos, sobres y trozos de sobres rotos que la gente debía de haberle llevado. Hurgó en ellos, sin mirar en realidad. Pero para encontrar algo lo mejor es no buscarlo, así que sacó un trozo de sobre y vio que tenía dos grandes y brillantes sellos americanos. Eran sellos de veinte centavos, ambos iguales, para conmemorar la flor estatal de California, la amapola, y el ave, la codorniz de los valles de California, que debían de haber interesado a Buhler. Y se distinguía claramente el matase llos: Lone Pine, CA, de tan sólo unas semanas antes. Pero el «sobre» era aún más interesante. En realidad no era un sobre sino una esquina arrancada a un aeorograma, una carta doblada en fino papel azul para avión. Además, el aerograma era alemán, una Luftpostleichtbrief, lo cual significaba que Buhler debía de haberla comprado en Alemania Federal y habérsela llevado consigo a California, donde había comprado el tipo de sello que le interesaba y que Elsa Buhler (¿por costumbre?, ¿como una especie de gesto privado?) había guardado. Pero esa explicación se le ocurrió a David sólo de paso; lo que atrajo de inmediato su atención fueron las pocas líneas que habían sobrevivido en el reverso.

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