Anthony Hyde - China Lake

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Jack Tannis es un veterano de la Guerra Fría, quien formó parte de una campaña para salvaguardar la tecnología militar de los Estados Unidos de aquellos que pretendían hacérsela llegar a sus enemigos, la Unión Soviética. David Harper, por otra parte, fue una vez identificado como el miembro vital de una tendenciosa conspiración que ambicionaba poner en aprietos a los Estados Unidos y a sus aliados. Aunque Tannis no estaba convencido de la culpabilidad de Harper, las pruebas eran difíciles de rebatir, por lo que Tannis mantuvo sus dudas para sí, y David Harper fue declarado traidor.
Décadas más tarde, Tannis se verá obligado a recordar el incidente cuando una misteriosa llamada, en nombre de Harper, le encamina hacia el Centro Naval de Armas en China Lake, donde descubrirá el cadáver de un refugiado político de la Alemania del Este, lo que le llevará a reabrir el caso Harper. Mientras tanto, David Harper, que anda forjándose una carrera como fotógrafo de la naturaleza, también tendrá que recordar el pasado de forma macabra, por lo que empezará a reconsiderar aquellas circunstancias que le llevaron a la desgracia.

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En cualquier caso, Stern no estaba a la vista. Había desaparecido completamente, lo cual significaba que debía de haber entrado en una de las casas.

Conteniendo la respiración, David se arrodilló tras el mayor de los pinos y examinó aquella pequeña y recóndita aldea. Ahora que Stern ya no estaba, no había signos de vida, con la excepción, según comprobó, de dos gallinas marrones que picoteaban a lo largo del borde del camino a unos cien metros de él. Pero ninguna persona. No salía humo de las chimeneas, pero era lógico que no estuvieran encendidas en aquella época del año. Probablemente todo el mundo estaba descansando en casa después de comer, o quizá (¿cuántas personas vivirían allí, veinticinco?) todos en pleno estarían de visita en la población más cercana. Contó las casas. Había sólo ocho en total. La más grande era también la más alejada, asomada al camino donde éste se curvaba de nuevo. Estaba parcialmente oculta por un pino tan grande como el que lo ocultaba a él. Más cerca y en el mismo lado de la carretera, había cuatro pequeñas casas en hilera, separadas por senderos fangosos y bajos establos de madera. Quizá los pollos tenían allí su hogar. Justo enfrente había otras tres casas que estaban unidas por un muro de cemento. Éste tenía unos dos metros y medio de alto y formaba la parte delantera de cada una de las casas. Los tejados sobresalían por encima. David supuso que habría jardines tras el muro. Todos los edificios estaban construidos de la misma manera, de ladrillos tan irregulares que la argamasa se había caído. Por consiguiente, los habían cubierto de cemento, que a su vez se había desprendido en grandes trozos. Sin embargo, también aquél era un lugar que parecía, de un modo casi extravagante, fuera de un posible presente, y debido a su aislada situación casi conseguía dar ese efecto. Tras seguir a un hombre en bicicleta, había acabado de forma natural en una aldea campesina, hacia 1935, una curiosa combinación de Cabaret y Sonrisas y lágrimas. En cualquier momento aparecería un enorme Duesenberg rugiendo y dando bocinazos por la colina. Sí, era una imagen apropiada, ¿pero qué papel desempeñaba Stern en ella? Resultaba imposible adivinarlo y por el momento David fue consciente de que nada podía hacer para hallar la respuesta. Porque no podía acercarse más. Stern podía reaparecer en cualquier momento y pillarlo a campo abierto. Además, Stern tenía que regresar por el mismo sitio; tenía que hacerlo si pretendía recuperar la bicicleta. Los pinos bajo los que se hallaba David le proporcionaban un buen escondite, aunque estaban tan sólo a unos pocos metros de la carretera, pero eran el único refugio que había por allí. No tenía más remedio que permanecer donde estaba. Durante los siguientes treinta y dos minutos eso fue justamente lo que hizo.

Muy poca cosa ocurrió. Las gallinas asentían enérgicamente arriba y abajo por el margen de la carretera. Un hombre que llevaba arremangadas las mangas de su blanca camisa apareció brevemente en el umbral de la puerta de la gran casa y luego volvió a meterse dentro. En lo alto el cielo azul, el sol brillante y las nubes blancas, la hermosa tarde de domingo que hacía que todo aquel país pareciera incongruente, iban transformándose en atardecer. Entonces Stern salió por la puerta de la más lejana de las tres casas unidas por la pared.

No estaba allí y de repente sí estaba. Dos segundos más tarde y al acercarse por la carretera David no hubiera sabido de dónde había salido.

Así de rápido fue.

No obstante, nada había de subrepticio en él. Allí ni siquiera parecía extranjero. Era sólo un hombre mayor con una gorra de tela, un visitante de domingo, el tío o el abuelo de alguien. Parecía apoyarse ligeramente más sobre la pierna derecha sin llegar a ser una cojera y posiblemente era puro artificio, pero de un modo u otro le hacía parecer aún más inocente. Sólo cuando llegó a la altura de los pinos David se dio cuenta de que llevaba algo debajo de la cazadora. Estaba más ancha y plana y se la había metido por dentro de los pantalones. Posiblemente era una carpeta con documentos o fotografías. Incluso podía tratarse de un libro. David no hubiese podido decirlo. Pasó de largo y David contempló su espalda de nuevo. Siguió por la carretera, alargando quizá un poco sus zancadas y finalmente despareció por el sendero donde había ocultado su bicicleta.

Sin embargo David permaneció en el mismo lugar. Ya había decidido que no tenía demasiado sentido seguir a Stern de vuelta a Berlín, que era el lugar a donde debía dirigirse. Y el hecho de que aparentemente se llevara algo con él reforzaba su decisión. Stern había buscado algo en Aberporth, pero lo había encontrado allí y, pensó David, si quería descubrir lo que era, tendría que ir a aquella casa.

Le dio a Stern cinco minutos para cambiar de idea y luego salió a la carretera.

En ese momento David se sintió más tranquilo de lo que se había sentido en todo el día. Estaba cansado y dolorido, pero se había librado de la bicicleta robada y de Stern, y sólo ahora podía admitir cuánto le había preocupado haber transgredido las leyes en un estado totalitario cuya policía secreta parecía tan ridicula como Boris Karloff, pero que, desgraciadamente, era también real. Supuso que técnicamente había violado su visado, pero eso no podía ser el final del mundo y, de todos modos, mientras estuviera de vuelta a medianoche, nadie iba a enterarse. Así que no creyó estar en peligro. Sobre todo, se dijo para sus adentros, porque cualesquiera que fueran los asuntos en los que andaba metido Stern, era obvio que trabajaba por su cuenta y que no tenía más aliados a ese lado del Muro que él mismo. Así pues, con cierta confianza, siguió por la carretera. No tenía sentido tratar de ocultarse, aunque cuando la carretera giró para adentrarse en la calle principal de la aldea, se dio cuenta de que había más gente alrededor de la que había supuesto. En el otro extremo, tras una de las casas adosadas, vio a dos niños jugando con arco y flechas. La niña, vestida con sus mejores galas domingueras, chilló cuando su flecha acertó en la diana de papel clavada sobre una estaca. Y tras el muro, cuando llegó hasta él, oyó alzarse unas súbitas voces y un estallido de risas, así que quizá se trataba de una especie de fiesta. Pero nadie se percató de su presencia. En realidad no había nadie en la calle. El muro, cuando caminó a lo largo de él, era de unos dos metros y medio de alto, de sucio hormigón que se estaba desconchando. Pero alguien había barrido cuidadosamente al pie del mismo; vio las marcas de la escoba sobre la suciedad, y las casas, a pesar de sus destartalados ladrillos, estaban bien cuidadas. Todas las puertas y ventanas lucían pintura nueva y cada una de las puertas que se abría en el muro había sido también pintada de marrón brillante. En la tercera casa, la que Stern había visitado, la puerta estaba entornada. En realidad no accedía a un camino de entrada para coches, no era lo suficientemente amplia y uno tenía que agacharse para traspasar el pequeño umbral, pero David vio un pequeño coche blanco aparcado junto a un costado de la casa, así que presumiblemente un sendero por detrás de las tres casas conducía de vuelta a la carretera. Y también era de suponer que la persona a quien Stern había ido a ver todavía estaría allí. David caminó a lo largo del muro hasta llegar a la parte delantera de la casa. Durante unos breves instantes vaciló. ¿Qué iba a decir? ¿Cómo explicaría su presencia? Ni siquiera estaba seguro de que tuviera importancia. Probablemente lo más importante sería descubrir el nombre de la persona que vivía allí.

Llamó a la puerta.

No obtuvo respuesta.

Después de otros tres intentos siguió sin recibir respuesta.

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