Anthony Hyde - China Lake

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China Lake: краткое содержание, описание и аннотация

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Jack Tannis es un veterano de la Guerra Fría, quien formó parte de una campaña para salvaguardar la tecnología militar de los Estados Unidos de aquellos que pretendían hacérsela llegar a sus enemigos, la Unión Soviética. David Harper, por otra parte, fue una vez identificado como el miembro vital de una tendenciosa conspiración que ambicionaba poner en aprietos a los Estados Unidos y a sus aliados. Aunque Tannis no estaba convencido de la culpabilidad de Harper, las pruebas eran difíciles de rebatir, por lo que Tannis mantuvo sus dudas para sí, y David Harper fue declarado traidor.
Décadas más tarde, Tannis se verá obligado a recordar el incidente cuando una misteriosa llamada, en nombre de Harper, le encamina hacia el Centro Naval de Armas en China Lake, donde descubrirá el cadáver de un refugiado político de la Alemania del Este, lo que le llevará a reabrir el caso Harper. Mientras tanto, David Harper, que anda forjándose una carrera como fotógrafo de la naturaleza, también tendrá que recordar el pasado de forma macabra, por lo que empezará a reconsiderar aquellas circunstancias que le llevaron a la desgracia.

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Desde luego Berlín era anacrónico en todos los aspectos, y en un domingo esa impresión no hacía más que acrecentarse. La ciudad había hecho una breve pausa y parecía haber perdido su propio paso. En cualquier caso, cada día de la semana se vivía la paradoja de una antigua capital europea que era al mismo tiempo el más puro ejemplo de una ciudad de los años cincuenta fuera de Texas o California, una ciudad cuyas amplias avenidas pedían a gritos coches americanos y cuya «moderna» arquitectura de acero y cristal estaba tan pasada de moda como las aletas en los coches. Allí, América era todavía el rey y en los cafés la gente luchaba contra el viento para leer sus International Herald Tribune. Allí aún era y sería siempre el ayer. No había necesidad de sentir nostalgia. Seguía siendo una ciudad de espectáculos de variedades y Johnnie Walker Red, de ocurrencias graciosas, de asuntos peligrosos y «mujeres». David captó la atmósfera; en un domingo por la mañana, ¿qué había más natural que seguir a alguien por la Ku'damm? Esperando fuera del hotel a que Stern apareciera, David se había sentido parte normal de la muchedumbre. Vigilancia. Subversión. Subterfugio. La ciudad parecía diseñada para todo ello, con sus anchas aceras y sus prácticos pirulís para los carteles publicitarios. De todas maneras, a Stern no parecía preocuparle en absoluto que alguien lo siguiera; no se había vuelto a mirar hacia atrás, pensó David, ni una sola vez desde que habían abandonado Aberporth. Aunque se preguntó qué pensarían las personas que había en los cafés. ¿Habrían adivinado lo que estaba ocurriendo? Levantaban la vista de sus periódicos y cigarrillos, mientras cubrían con la palma de la mano los ceniceros para protegerlos de la turbulenta brisa, y lo miraban un instante antes de volver al remolino de crema sobre la superficie del café. Pero vieran lo que vieran en aquella acera: enanos, ángeles, llamas o espías, ya lo habían visto antes. En cuanto a Stern, David seguía sin decidirse. ¿Conocía bien la ciudad o no había estado nunca allí? Caminaba con paso vivo y un propósito determinado y no consultaba mapa alguno, pero David tenía la sensación de que estaba siguiendo una ruta cuidadosamente trazada y de que probablemente había tomado el camino más largo, pero sencillo, dando un rodeo. Ku'damm hasta Potsdamstrasse, luego a lo largo del canal; calles principales y puntos de referencia obvios. Se mantuvo en la orilla derecha, que zigzagueaba volviendo hacia atrás, y luego cruzó hasta la Potsdamerplatz por el primero de los puentes. Pero sólo cuando llegaron a Anhalter Strasse y David sintió, y luego vio, el Muro, se dio cuenta de que se encaminaban al Control Charlie. Lo cual no debería haberlo sorprendido. Si Berlín era un anacronismo, el Control era el umbral perfecto hacia su pasado, puesto que el pasado de la ciudad ya había sido engullido por sus propios mitos y aquél era uno de los mayores, pero menos real, justo delante de él, que en las antiguas noticias de los periódicos. Había un museo, autocares de turismo, quioscos de souvenirs. Incluso una torre para que los tímidos pudieran subirse y echar un vistazo al comunismo. El Control Charlie era un objeto expuesto en el museo de Madame Tussaud o el plato de rodaje de una película. Cuando lo atravesó le resultó difícil no creer que el guarda de la línea fronteriza, que tan directamente lo miraba a la cara (comprobando la fotografía de su pasaporte en obediencia a un curioso e implacable entrenamiento), no fuera uno de esos actores que uno ha visto cientos de veces en las películas, pero cuyo nombre uno no puede nunca recordar, igual que el oficial de mayor edad que se estiraba un poco el uniforme era probablemente Curt Jurgens, y el espía británico, dos cabezas por delante de Stern, era sin duda Dick Bogarde. Tras pagar por su visado y cambiar los obligatorios veinticinco marcos, David cruzó la línea que dividía el mundo en Tecnicolor de una vieja y rayada copia en blanco y negro, una antigua producción de una compañía desaparecida largo tiempo atrás cuyo nombre, logotipo y antecedentes ya no eran comprensibles, como la RKO International o la Vitaphone. Incluso la meteorología reforzaba esa irrealidad; el brillante sol y el viento, las esponjosas nubes que cruzaban el cielo de un azul perfecto, reducían los grises y ennegrecidos edificios a decorados o ilustraciones de un oscuro texto histórico, como si la naturaleza misma hubiera dejado ese mundo atrás. Stern, a su manera, hizo lo mismo. No prestó atención a nada de lo que le rodeaba y se limitó a seguir andando, mientras David lo seguía, perdiéndose fácilmente entre el barullo de gente que se encaminaba a la avenida Unter den Linden y a los grandes museos. Pero Stern no tomó ese camino. Siguió a pie, ignorando los taxis que había en la Leipzigerstrasse, dobló a la derecha y se alejó de las multitudes. En aquel momento David empezó a dudar de su primera intuición. Stern parecía saber exactamente adónde iba. Cruzando el Spree hasta la isla. David supuso que la Marx-Engels Platz estaba en algún lugar a su izquierda y luego identificó el ayuntamiento en una esquina de la calle por la bandera que ondeaba al viento. Cruzó el Spree de nuevo. Pasó por debajo del S-Bahn [35]. A la izquierda. A la derecha. David pronto estuvo enteramente perdido. Al mirar hacia atrás, lejano en la distancia, vislumbró la forma de un avión lanzándose en picado por el maravilloso cielo azul hacia Tempelhof, en el extremo más alejado del Muro, un mundo aparte. Y él estaba en un mundo diferente que se cerraba a su alrededor como una pesadilla. Los grandes almacenes parecían aparcamientos de coches, los pisos parecían fábricas y las fábricas prisiones. Hasta los sonidos pertenecían a una época diferente. Una cadena golpeó contra el tablón posterior de la plataforma de una camioneta. Las botas de un niño golpeteaban presurosas una escalera metálica. El agua corría oscura bajo una rejilla. David trataba de anotar mentalmente unos puntos de referencia (¿y si tenía que regresar solo?) pero era inútil. Posiblemente habían pasado junto a una estación de trenes, porque había tenido la impresión de un espacio abierto tras una línea de edificios. Había notado una oficina de correos, un pequeño parque. Y luego se encontraron en una zona urbanizada de anodinos pisos de corroído hormigón y Stern desapareció. Ocurrió tan rápidamente que durante unos segundos Davis siguió caminando; el impulso de sus propios pasos lo llevó, como si su ritmo lo hubiera hipnotizado. Pero luego se dio cuenta de que Stern no estaba delante de él, aunque, con igual presteza, comprendió lo que había sucedido. Había una escalera, como la de una boca de metro, que conducía a una entrada en el sótano del edificio de la esquina. En realidad había una especie de hueco que recorría el costado del edificio y que estaba protegido al nivel de la acera por una verja de hierro de escasa altura. David comprendió que el edificio era en realidad una iglesia. No se había dado cuenta en un primer momento porque la calle era muy estrecha (de un sólo sentido) y la entrada principal estaba en el lado opuesto, pero inclinándose hacia atrás vio que había un achaparrado campanario y ventanas con un aire vagamente eclesiástico. Durante unos minutos, mientras asimilaba todo aquello, David no se movió. Y justo cuando empezaba a preguntarse qué estaría haciendo Stern y a decidir que debía de haberse encontrado con alguien, Stern reapareció subiendo las escaleras con una bicicleta bajo el brazo. La transportaba cuidadosamente, llevándola en alto para que las ruedas no tocaran los escalones, y la depositó con suavidad sobre la calzada. Luego, con un rápido vistazo arriba y abajo, se dio impulso golpeando el bordillo con el pie, se bamboleó un poco y se alejó pedaleando. Entonces desapareció realmente: giró a la izquierda en la esquina y se perdió de vista.

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