Jeff Abbott - Pánico

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El vértigo y la incontenible alegría que sintió al despertar aquella mañana eran para Evan Casher la mejor prueba de que estaba profundamente enamorado. Sí, sin duda aquél era el inicio de una nueva y feliz vida que compartiría junto a Carrie, la joven responsable de aquel cambio sustancial en él. Sin embargo, un solo instante puede cambiar toda una vida: una llamada de su madre, apremiándolo a reunirse con ella de inmediato, iba a provocar un vuelco radical en la hasta entonces tranquila existencia de Evan. Para su horror, descubrirá que su madre ha sido asesinada, y sin tiempo siquiera para asumirlo, a punto estará de ser asesinado él también. Sólo la súbita intervención de un misterioso personaje, aparentemente surgido de la nada, le permitirá salvar la vida, al menos por esta vez…
No obstante, esto es sólo el principio de un peligroso viaje sin retorno, durante el cual Evan descubrirá que su vida hasta entonces no ha sido más que una sucesión de engaños y artificios donde nadie era quien aparentaba ser: empezando por sus propios padres y por la adorable Carrie, a la que, como pronto averiguará, en realidad no conocia en absoluto. Perseguido por un implacable traficante de información convencido de que posee unos valiosos documentos, Evan deberá salvar su vida y descubrir la verdad, consciente de que, esta vez, no tendrá una segunda oportunidad.

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– Y Khan lo guardó, como seguro en caso de que todos vosotros lo traicionaseis como Jargo hizo con Bast -dijo Evan.

– Creo que tienes razón. Creamos pruebas y se lo dimos a uno de los responsables de Bast en el KGB. Las pruebas indicaban que había sido asesinado por la CIA y que sus agentes ficticios también habían sido eliminados por ellos. Todos nos esfumamos de las vidas que habíamos vivido. Tú sólo tenías unos meses por aquel entonces.

– Pero cuando cayó la Unión Soviética… podríais haber salido a la luz.

– Entonces llevábamos años espiando, Evan. Para la CIA. Contra la CIA. Éramos independientes y éramos muy buenos. Difícilmente podríamos haber dado un paso adelante y decir: «Hola, somos una exitosa red de antiguos agentes de la KGB y hemos estado haciendo trabajos sucios con vuestros propios presupuestos, para vuestra propia gente». Nos habrían considerado la última bala perdida y todos los servicios de inteligencia nos hubiesen perseguido. Algunos de nuestros clientes llevan utilizando nuestros servicios veinticinco años. Han llegado lejos en sus carreras. No podíamos descubrirnos. Habíamos… construido vidas maravillosas.

– Así que hacías negocios con todo el mundo.

– Éramos las putas de la ciudad de los trabajos de inteligencia. Les robamos a los israelíes para los sirios. Secuestramos a viejos alemanes en Argentina para los israelíes. Les robamos a científicos alemanes para venderle a los agentes de la KGB, que nunca adivinaron que alguna vez fuimos sus colegas. Espionaje corporativo; es rápido y lucrativo. -Mitchell se pasó la mano por la cara-. El espionaje es ilegal en todos los países. No hay clemencia. Ni siquiera los ex agentes de la KGB que están trabajando como asesores ahora en Estados Unidos han hecho lo que nosotros hemos hecho. No han cometido asesinatos. No han vivido con nombres falsos. No han vendido sus servicios al mejor postor.

– Y este noble trabajo fue hecho por mi bien.

– Por ti y por Carrie. Por nosotros y por nuestros hijos. No queríamos que no tuvieseis elección. No queríamos alejaros de todo lo que conocíais. Nosotros… -en este momento a Mitchell se le quebró la voz, igual que un niño en brazos de su madre- no queríamos que os llevasen de nuestro lado. Queríamos seguir vivos y libres.

La conmoción de su afirmación hizo que Evan sintiese que las piernas se le debilitaban.

– Esto no es libertad, papá. No has podido hacer lo que querías, ser lo que querías ser. Sólo has cambiado una jaula por otra.

– No me juzgues.

Evan se puso de pie.

– No me voy a quedar en la jaula que tú mismo has construido.

Mitchell sacudió a Evan por los hombros.

– No era una jaula. Tu madre consiguió ser fotógrafa y yo trabajar con ordenadores. Era lo que elegimos. Y tú pudiste crecer libre, sin miedo, sin que nos pudriéramos en la cárcel como nuestras madres.

La boca de Mitchell se retorció con furia y dolor. La rabia encendía sus ojos.

– Papá…

– No sabes el infierno del que te hemos librado, Evan. No me refiero al infierno de la muerte; me refiero al infierno de la opresión, del sofoco del alma, del miedo continuo.

– Sé que piensas que hiciste lo correcto para mí.

– No hay nada que pensar; lo hice, ¡tu madre y yo lo hicimos!

– Sí, papá. -Evan le dio a su padre un largo abrazo y Mitchell Casher se estremeció-. No pasa nada. Yo siempre te querré.

Su padre le devolvió el abrazo con violencia.

– Hiciste lo correcto en ese momento -dijo Évan-, pero esa vida mató a mamá y casi nos mata a ti y a mí. Por favor. Tenemos una oportunidad para acabar con esto. Podemos ir a cualquier sitio. Puedo cavar zanjas, aprenderé un idioma nuevo. Sólo quiero que lo que queda de mi familia permanezca unida.

Mitchell se dejó caer en la silla delante del ordenador y se tapó el rostro con las manos. Luego se levantó rápidamente, como si pensase que ésa no era una postura natural.

«Tiene que estar preparado todo el tiempo. Cada minuto que permanece despierto.» Entonces Evan se dio cuenta de que en sólo una semana a él le había pasado lo mismo. Fue al ordenador y examinó las caras de los niños perdidos. Se sacó del bolsillo la PDA de Khan y, mediante una conexión inalámbrica, pasó todos los nombres de los clientes y de los agentes de los archivos del ordenador a la PDA.

– ¿Qué estás haciendo? -dijo Mitchell.

– Un seguro.

Evan borró todos los archivos que había descargado en el ordenador. Borró el historial de búsqueda para que no pudiese llevar de nuevo al servidor remoto. Apagó el portátil y cerró la tapa. Podía volver a descargar los archivos de internet de nuevo, si seguía vivo…

– Esos archivos nos dibujan una diana en la espalda; deberías destruirlos -dijo Mitchell.

Evan se preguntó qué cara estaba mostrando ahora su padre: el padre protector, el agente asustado o el asesino decidido. Evan tuvo un escalofrío provocado por la impresión y el miedo.

– Me das miedo -afirmó.

Piotr Matarov, Arthur Smithson y Mitchell Casher lo miraron.

Evan salió del dormitorio. La gabardina de su padre estaba colocada sobre el respaldo de una silla, en el rincón del desayuno. Evan hurgó en ella y sacó un teléfono por satélite. Lo encendió y buscó entre los pocos números de la lista. Uno estaba guardado como J. Le llevó el teléfono a su padre.

– Tú hiciste lo que hiciste para tener tu vida. Yo debo detener a Jargo para tener la mía. No puedo dejar que mate a Carrie y no puedo dejarlo marchar después de matar a mamá. Le pararé los pies. Ahora. Puedes ayudarme o no, pero antes de que te vayas necesito que hagas esta llamada de teléfono. -Evan le puso la mano en el brazo a su padre-. Llama, averigua si Carrie está bien. Tú no me has visto. Me he escapado.

Mitchell marcó.

– Steve. -Una pausa-. Sí -Otra pausa-. No. No, se me escapó. Tiene un par de amigos en Miami. Intentaré buscarlo allí. -Otra pausa-. No la mates. Puede que sepa adónde irá Evan. O si lo encuentro puede que sea útil para traerlo hasta nosotros. Todavía necesitamos saber hasta dónde llega el grupo de El Albañil -Mitchell hablaba con la energía de un soldado, sopesando opciones, ofreciendo contraataques, hablando como un hombre que estaba cómodo en la sombra-. De acuerdo. -Colgó-. Están en una casa de seguridad. La última parada en nuestra ruta de escape. Ella aún está viva. Jargo está… interrogándola. Quiere la contraseña del portátil.

¿Qué había dicho Carrie en el coche? «Me entregará a Dezz. Prefiero morir.»

– Ella no sabe la contraseña. De todas formas, ese ordenador está vacío.

«Excepto por mi plan alternativo, por mi farol para Jargo, si consigue abrirlo.»

– Le he conseguido tiempo -dijo Mitchell-, pero no será agradable para ella.

– ¿Dónde está?

Mitchell sacudió la cabeza.

– No puedes salvarla.

– Sí puedo, si me ayudas. Sólo dime dónde la tiene Jargo.

– No. Nos vamos. Solos tú y yo. Olvídate de Carrie. Tú y yo.

Evan sacó la Beretta del bolsillo de su abrigo, pero no la levantó.

– Lo siento.

– Evan, por el amor de Dios, aparta eso.

– Tú tomaste las decisiones difíciles por mí, papá. Porque me querías. Pero no voy a abandonar a Carrie. Dime dónde está. Si no quieres ir es cosa tuya.

Su padre sacudió la cabeza.

– No sabes lo que haces.

– Lo sé perfectamente. Tú eliges.

Mitchell cerró los ojos.

Capítulo 44

«Todo acabará esta noche -pensó Evan-. De un modo u otro, terminarán todos los años de mentiras y engaños. Tanto para mi familia como para Jargo.»

Mitchell conducía hacia el norte, a la I75 oeste, conocida como Alligator Alley. Mientras se dirigían hacia el oeste, la noche clareaba y la adrenalina invadía el cuerpo de Evan como un subidón permanente. Iban escuchando una emisora de noticias de Miami: McNee había muerto, un oficial de policía le había disparado cuando intentaba abandonar la escena en Miami.

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