Jeff Abbott - Pánico

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El vértigo y la incontenible alegría que sintió al despertar aquella mañana eran para Evan Casher la mejor prueba de que estaba profundamente enamorado. Sí, sin duda aquél era el inicio de una nueva y feliz vida que compartiría junto a Carrie, la joven responsable de aquel cambio sustancial en él. Sin embargo, un solo instante puede cambiar toda una vida: una llamada de su madre, apremiándolo a reunirse con ella de inmediato, iba a provocar un vuelco radical en la hasta entonces tranquila existencia de Evan. Para su horror, descubrirá que su madre ha sido asesinada, y sin tiempo siquiera para asumirlo, a punto estará de ser asesinado él también. Sólo la súbita intervención de un misterioso personaje, aparentemente surgido de la nada, le permitirá salvar la vida, al menos por esta vez…
No obstante, esto es sólo el principio de un peligroso viaje sin retorno, durante el cual Evan descubrirá que su vida hasta entonces no ha sido más que una sucesión de engaños y artificios donde nadie era quien aparentaba ser: empezando por sus propios padres y por la adorable Carrie, a la que, como pronto averiguará, en realidad no conocia en absoluto. Perseguido por un implacable traficante de información convencido de que posee unos valiosos documentos, Evan deberá salvar su vida y descubrir la verdad, consciente de que, esta vez, no tendrá una segunda oportunidad.

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Arthur Smithson. Julie Phelps. John Cobham. Richard Allan.

– Ésos eran vuestros nombres reales -dijo Evan-. ¿Qué les ocurrió a vuestros padres?

– Todos ellos murieron. Nunca los conocimos.

– ¿Dónde naciste?

Su padre no respondió. En lugar de eso preguntó:

– ¿Has descargado el programa de descodificación?

– Sí.

Su padre se inclinó y pulsó unas teclas. Descargó otra vez el documento «Cuna» y el archivo se abrió de nuevo.

No era la CIA. No era una organización independiente que Alexander Bast había creado y de la que Jargo se había apoderado. Había nombres nuevos debajo de la foto de cada niño.

Su madre. Julia Ivanovna Kuzhkina.

Su padre. Piotr Borisovich Matarov.

Jargo. Nikolai Borisovich Matarov.

– No -dijo Evan.

– Éramos un gran, gran secreto -dijo su padre detrás de él. Lloraba-. Las semillas de la siguiente olna de inteligencia soviética. Los gulags estaban llenos de mujeres, disidentes políticas a las que no les dejaban quedarse con sus hijos. Nuestros padres eran o bien otros disidentes, o bien guardias de prisión que fecundaban a las mujeres. Nuestras madres podían estar con nosotros una vez al mes y durante una hora hasta cumplir dos años; luego no nos volvían a ver nunca más. La mayoría de los niños acababan en campos de trabajo o de reeducación. Alexander Bast fue a visitar los campos. Averiguó qué prisioneras tenían los cocientes intelectuales más altos. Les hizo pruebas legítimas, ya que los soviéticos alegaban que los disidentes eran enfermos mentales y que tenían cocientes intelectuales bajos. También les realizó pruebas a sus hijos de dos años y se llevó a un grupo de nosotros.

– Bast era de la CIA.

– Y del KGB. Era un agente doble aliado con el KGB. Su lealtad era hacia la URSS. Le tomaba el pelo a la CIA.

Evan tocó la pantalla, la foto de su madre.

– Os transformó en pequeños estadounidenses.

– Los soviéticos construyeron en Ucrania una réplica de una ciudad americana. Se llamaba Clifton. Bast tenía otro complejo cerca de allí. Disponíamos de los mejores profesores de inglés y de francés, hablábamos como nativos. Incluso nos enseñaron a imitar los acentos: del Sur, de Nueva Inglaterra, de Nueva Jersey… -Mitchell carraspeó-. Teníamos libros de texto estadounidenses, aunque nuestros instructores se apresuraban a subrayar la falsedad de Occidente en favor de la verdad soviética. Y desde temprana edad nos enseñaron técnicas profesionales: cómo luchar, si era necesario; cómo matar; cómo mentir; cómo espiar; cómo vivir una doble vida. Crecimos en un constante entrenamiento, programados para el éxito, para no tener miedo y para ser los mejores.

Evan rodeó a su padre con el brazo.

– En esa época la inteligencia soviética estaba patas arriba -dijo Mitchell-. El FBI y la CIA seguían desbaratando y acabando con operaciones y agentes soviéticos en Estados Unidos. Esto se debía a que muchos de los agentes nacidos en Estados Unidos tenían lazos con el partido comunista antes de la Segunda Guerra Mundial. Y si eras un diplomático soviético, el FBI y la CIA sabían que probablemente eras del KGB; esto ataba de manos y pies a los espías constantemente. Los ilegales, es decir, los espías que vivían bajo una gran protección, tenían más éxito. O al menos esto le vendió Bast al escalón más alto del KGB. Muy pocos conocían el programa. Se camufló como bajo un método de entrenamiento llamado «Cuna» en los documentos y en los informes presupuestarios, y le dieron un perfil extremadamente bajo. Nadie podía saberlo. La inversión que se habría perdido hubiese sido demasiada, mucho más elevada que para entrenar a un agente adulto.

– Luego Bast os trajo al orfanato en Ohio.

– Lo compró. Nos dio nombres e identidades nuevas…

– Y rápidamente destruyó el orfanato y el Palacio de Justicia, dándoos una alternativa por si alguna vez se cuestionaban vuestros documentos de identidad. Y una nueva fuente de identidades para cuando las necesitase.

Mitchell asintió.

– Para crecer y ser espías.

Evan se imaginó a sus padres cuando eran niños, entrenados, instruidos, preparados para una vida de sospecha y engaño. En las fotos parecía que sólo quisieran salir a jugar. Mitchell asintió de nuevo.

– Para ser agentes durmientes. Pero íbamos a ir a la universidad. Nuestras becas las pagaría un fondo para huérfanos que gestionaba una compañía que era una tapadera de Bast. Luego Bast, como agente antiguo y de confianza de la CIA, allanaría el camino para el reclutamiento.

– En la CIA.

– Sí. O en defensa, energía, aviación… cualquier sitio que fuese útil. Teníamos que ser flexibles, centrarnos en las operaciones, esperar oportunidades, servir cuando nos reclamasen.

– Y siendo Smithson conseguiste un trabajo como traductor para la inteligencia militar, y mamá su trabajo en la marina. Tú estabas perfectamente colocado. ¿Por qué te convertiste en Mitchell Casher?

– Por ti.

Ahora su padre parecía haber recuperado las fuerzas. Se puso de pie ante Evan con las manos cruzadas delante de la cintura, como un penitente, con los ojos llenos de lágrimas y la voz fuerte. No temblaba.

– No lo entiendo, papá.

– Vimos lo que significaba Estados Unidos: libertad, oportunidades, honestidad. A pesar de sus verrugas y de sus problemas, era un paraíso. Queríamos criar a nuestros hijos aquí, Evan; sin miedo, sin preocuparnos de que nos atrapasen y nos matasen o nos hiciesen volver a Rusia, donde nuestros padres habían estado en la cárcel y donde nunca hubiésemos tenido una oportunidad en la vida. ¿Sabes? En Clifton nos tuvieron que enseñar a tomar decisiones, cómo negociar con auténtica independencia. -Mitchell sacudió la cabeza-. Teníamos libertad, teníamos un trabajo interesante, teníamos el estómago lleno y no había filas en las que colocarse. Nos dimos cuenta de que nos habían mentido. Nos habían mentido en todo.

Evan rodeó de nuevo a su padre con el brazo.

– Lo único que nos protegía del KGB era Bast. Era nuestro único responsable, nuestro único contacto. No estábamos en las listas oficiales del KGB. No estábamos reconocidos. Ni siquiera valoraban las operaciones que realizábamos con éxito. Si yo robaba tecnologías de redes informáticas, Bast se inventaba un traidor ficticio o un antiguo agente que lo había robado. El mando del KGB nunca supo de mi existencia. Si no fuese así, aquellos bobos se habrían vuelto tremendamente codiciosos; nos hubiesen pedido la luna y las estrellas y nos hubiesen destruido asignándonos trabajos imposibles. Los soviéticos acababan de invadir Afganistán; Bast le dijo a Jargo que podía ser que le asignasen el control de las redes que los soviéticos estaban construyendo en Kabul. Si se hubiese salido de su posición, nos habría expuesto a todos a la codicia y a la incompetencia que abundaba en las operaciones estadounidenses del KGB.

– Tendríais que trabajar de acuerdo con las reglas del KGB, no las de Bast.

– De un modo extraño, éramos como sus hijos. -Mitchell cerró los ojos-. Tu madre estaba embarazada de ti, otros Deeps se habían casado y habían empezado a tener hijos, a construir vidas reales. -Volvió a tragar saliva-. Se supone que no debíamos tener contacto entre nosotros, pero lo teníamos. Mi hermano vio la oportunidad. Por fin seríamos auténticos estadounidenses. Seríamos capitalistas de nuestro trabajo.

– Así que Los Deeps mataron a Bast. Dos tiros con dos pistolas diferentes. Jargo y otro Deep.

– Yo -dijo Mitchell en voz baja-. Jargo, tu madre y yo fuimos a Londres. Le disparamos, primero Jargo y luego yo. Fue como matar a mi propio padre, pero hice lo que tenía que hacer, por ti, para darte una oportunidad. -Mitchell tragó saliva-. Lo matamos a él y a los pocos que pudimos coger en Rusia que conocían «Cuna»; eran menos de diez hombres en ese momento. Ese archivo nuestro de cuando éramos niños se parece a un documento escaneado de todos nosotros que vi una vez en Rusia. Pertenecía a Bast.

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