– Me gustaría que usted me hiciera unos mitones.
– Sí. Hago mitones para los niños.
– Y Mark los distribuye. ¡Qué buen hijo!
– Sí. Es un buen hijo. ¿Cuál era su nombre?
– Y ve la televisión con usted.
– Tenemos nuestros programas. A Mark le gustan los programas especiales. Vemos todos los programas cómicos temprano, juntos, y nos reímos, porque se meten en tantos problemas en todos esos programas… Y luego me hace ir a la cama porque dice que sus programas empiezan después.
– Así que ven los programas que a usted le gustan juntos y luego ve los programas que a él le gustan en ese televisor grande.
– Él lo compró para nosotros. Es como tener personas reales de visita aquí. No vienen muchos amigos.
– Pero yo soy su amigo y he venido.
– Sí. Usted parece viejo como yo.
– Lo soy. Y ahora somos amigos, ¿no?
– Sí. Supongo.
– ¿De qué tratan los programas que él ve?
– No me deja verlos.
– Pero a veces usted no puede dormir, ¿no es cierto? Y usted viene aquí… Ella sonrió.
– Sus programas son… -Dejó escapar una carcajada-. No debo decir esas palabras.
Ella tenía una mirada tímida e infantil en su cara. Adrián la observó mientras rebotaba en su asiento en un movimiento que era a la vez de anciana, de enferma y de niña. Él se daba cuenta de que se había enterado de algo y se esforzaba por precisarlo interiormente. Podía sentir a su esposa, a su hijo, a su hermano, todos rodeándolo, todos allí, pero sin estar allí, tratando de decirle de qué se trataba, estimulando su capacidad de percepción. Miró a la mujer. Dos locos, pensó. Yo puedo comprenderla a ella, pero ella no puede comprenderme a mí.
Adrián pensó que todo aquello era una lengua extranjera y esto lo llevó hacia Tommy, que murió en algún lugar lejano. Apenas podía pensar en él, sólo veía imágenes a través de una pantalla. Y esto le hizo volverse hacia la enorme pantalla de televisión y recordar algo que la mujer había dicho y algo que recordó que su hijo le había dicho a él, sólo que no era realmente su hijo, sino el fantasma de su hijo. Tejer, pensó. Ella teje.
– ¿Dónde está el ordenador que usa usted? -le preguntó-. ¿Lo guarda con la labor?
La mujer sonrió.
– Por supuesto. -Fue y cogió la bolsa con hilos y muestras de tela que estaba junto al sillón reclinable, precisamente donde Adrián la había visto la noche anterior. La llevó donde estaba él. Debajo de una madeja de hilo rosa y rojo había un pequeño ordenador portátil Apple. Había cables conectados.
Miró hacia el televisor. Utiliza el ordenador con esa enorme pantalla de televisión después de haber mandado a su madre a la cama.
– Le voy a llevar esto a Mark -dijo él-. Lo necesita en su trabajo.
– El lo deja aquí-informó ella-. Siempre lo deja aquí.
– Sí, pero la mujer policía que vino va a querer verlo, de modo que él se lo va a llevar después del trabajo. Eso es lo que quiere.
Adrián sabía que todas sus mentiras iban a funcionar, aun cuando la anciana se mostraba reticente. Sentía que era una maldad lo que estaba haciendo. La frase infantil «Como quitarle un caramelo a un niño» cruzó por su mente.
Cogió el ordenador y se dirigió hacia la puerta. ¿La contraseña? Mark Wolfe no le había parecido estúpido a Adrián. Y recordó la mirada despectiva que la detective Collins tenía en su cara cuando cogió el ordenador que el delincuente sexual le había entregado tan fácilmente. «El-hombre-de-los-caramelos». ¡Qué obvio/, pensó para sí. Una contraseña tan cargada de connotaciones que cualquiera que examinara el ordenador creería que lo iba a conducir a alguna prueba delatora, cuando lo único que iba a recorrer era un inocente y oscuro callejón sin salida.
Con el ordenador en sus manos -el ordenador de la madre, el verdadero-, miró a la mujer de pelo gris y mirada salvaje.
– ¿Mark tuvo alguna vez una mascota cuando era un muchacho…?
– Teníamos un perro llamado Butchie…
Adrián sonrió. «Butchie». Esa es una posibilidad.
– Mark tuvo que hacer que lo mataran. A Butchie le gustaba cazar cosas y morder a las personas.
Igual que a su hijo. De pronto pareció que la anciana se iba a poner a llorar. Adrián pensó un momento, y luego, con sumo cuidado, le hizo otra pregunta:
– ¿Y cuál era el nombre de la hija del vecino, se acuerda, la que vivía en la casa de al lado? ¿O era más allá en esta misma calle? Cuando Mark era adolescente.
La cara de la anciana cambió en un instante. Frunció el ceño.
– Esto es como un juego de memoria, ¿no? Ya no puedo recordar muchas cosas, me olvido todo…
– Pero a esa niña usted la recuerda, ¿no?
– No me gustaba.
– Su nombre era…
– Sandy.
– Ella fue la que metió a Mark en problemas por primera vez, ¿no? -La mujer asintió con la cabeza. Se preguntaba si Mark Wolfe tenía sentido de la ironía. Adrián se dirigió hacia la puerta con el ordenador bajo el brazo, pero se detuvo antes de abrir la puerta, y preguntó-: ¿Cómo se llama usted?
Ella sonrió.
– Me llamo Rose.
– Como una hermosa flor.
– Solía tener las mejillas muy rojas cuando era joven y me casé con… -Se interrumpió. Se llevó la mano a la boca.
– ¿Adonde se fue?
– Nos dejó. No recuerdo. Fue un mal momento. Estábamos solos y fue difícil. Pero ahora Mark se ocupa de mí. Es un buen hijo.
– Claro que lo es. ¿Quién la dejó?
– Ralph -respondió la mujer-. Ralph nos dejó. Siempre fui la Rose de Ralph y él decía que estaría en flor para siempre, pero se fue y ya no florezco más.
«Ralphsrose», pensó Adrián. Tal vez.
– Esto ha sido muy divertido, Rose. Volveré y podremos hablar de labores de punto otra vez. Tal vez usted me teja un par de mitones.
– Eso estaría muy bien -replicó ella.
Jennifer le estaba cantando en voz baja al Señor Pielmarrón cuando la puerta se abrió. No era una canción específica, ya que estaba mezclando todas las canciones de cuna y canciones infantiles que podía recordar, de modo que Rema, rema, rema en tu bote y Estaba la paloma blanca se unían a Un elefante se balanceaba y Me dijeron que en el reino del revés. Mezclaba también de vez en cuando un villancico. Murmuraba y cantaba silenciosamente cualquier letra, cualquier estrofa, cualquier melodía que pudiera recordar. No recurrió al rap ni al rock and roll porque no creía que pudieran darle consuelo. Contuvo la respiración cuando el ruido de la puerta la interrumpió, pero con la misma rapidez continuó, levantando la voz, aumentando el volumen.
– Dios os bendiga, alegres caballeros, que nada os haga sufrir, recordad que Cristo, Nuestro Salvador, nació en esta Navidad…
– Número 4, por favor, preste atención.
– Un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña, como veía que no se caía…
– Número 4, deje de cantar ahora mismo o la voy a castigar.
Jennifer no tuvo ninguna duda de que la amenaza era en serio. Dejó de cantar.
– Bien -dijo la mujer.
Jennifer quería sonreír. Pequeñas rebeliones, se dijo. Haz lo que ellos quieren, pero…
– Preste atención -dijo la mujer.
Sé dónde estás, pensó Jennifer. No sabía por qué eso era importante para ella, pero lo era. Los pocos segundos que había logrado espiar por debajo de su venda le habían servido mucho para aumentar su fortaleza. La habían orientado en la habitación. Había visto la cámara de vídeo dirigida hacia ella. Había visto las paredes muy blancas, el color gris del suelo. Había medido rápidamente el tamaño del espacio y, sobre todo, había visto su ropa apilada cerca de la entrada. Estaba cuidadosamente doblada, colocada junto a su mochila, como si hubiera sido lavada y estuviera esperándola. No era lo mismo que estar vestida en realidad, pero la mera posibilidad de volver a ponerse sus vaqueros y la camiseta le había dado una sensación de esperanza.
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