Wolfe dudó.
– El doctor dice que se supone que mi terapia es confidencial. Ya sabe, entre él y yo.
– En la mayoría de los casos es así. Pero no en el suyo.
Wolfe vaciló. Miró a su madre, que se había sentado en un sillón delante de la enorme pantalla como si Adrián, la detective Collins y su hijo no estuvieran en la habitación. Estaba a punto de coger el mando a distancia.
– ¡Mamá! -reaccionó él rápidamente-. Ahora no. Vete a la cocina.
– Pero ya es la hora -se quejó.
– Pronto. Todavía no.
La mujer se levantó de mala gana y salió de la habitación. Se la podía escuchar haciendo ruidos en la cocina. A esto siguió el ruido de un vaso que se hacía añicos en el fregadero y un aullido de frustración interrumpido por un torrente de obscenidades. El hijo miró hacia allí con el ceño fruncido, pero, como anticipándose a su respuesta, la madre gritó:
– Ha sido sólo un accidente. Yo lo recogeré.
– Maldición -exclamó Wolfe-. Eso es lo único que tenemos: accidentes. -Se volvió y miró furioso a Terri Collins-. Usted ya ve lo difícil que es esto. Ella está enferma y yo tengo que… -Se detuvo. Comprendía que a Terri no le preocupaban en lo más mínimo las dificultades de vivir con alguien en las redes de esa enfermedad.
– Su terapia -insistió ella bruscamente.
– Voy todas las semanas -respondió Mark Wolfe sombrío-. Estoy mejorando. Eso es lo que el doctor me dice.
– Dígame qué quiere decir con eso -ordenó Terri.
Wolfe pareció un poco inseguro.
– Mejorar es estar mejor -respondió.
– Va a tener que ser más preciso, Mark -insistió Terri.
Apaciguador, pensó Adrián, eso de usar el nombre de pila.
– Bien -comenzó a decir Wolfe-, no estoy seguro de qué…
Terri lo miró con dureza. Una inconfundible mirada de detective que quería decir: Tienes que mejorar tu respuesta. Adrián pensó que aquello no era demasiado diferente de la mirada silenciosa que él había usado con estudiantes prometedores que no habían satisfecho todas sus expectativas.
– Me está ayudando a controlar mis deseos -explicó Wolfe.
Deseos, creía Adrián, era un pobre sustituto de ganas.
– ¿De qué manera?
– Hablamos.
– ¿Cómo ha dicho que se llamaba su terapeuta?
– No lo he dicho.
– ¿Por qué no?
Wolfe se encogió de hombros.
– Veo al doctor West en el pueblo. ¿Quiere su número de teléfono y dirección?
– No -respondió Terri-. Ya los tengo.
Adrián escuchaba atentamente. Terapia de conducta cognitiva. Terapia de aversión. Terapia de realidad. Terapia basada en la aprobación. Programas de doce pasos. Estaba familiarizado con la variedad de programas de tratamiento y la poca probabilidad de éxito con una parafilia como el exhibicionismo. Lo que él quería oír era cómo un terapeuta de la New Age como Scott West trataba a alguien que padecía una enfermedad tan antigua como la propia vida.
– ¿Dónde conoció al doctor West?
– En su consultorio.
– ¿Alguna vez se han encontrado en otro lugar? El delincuente sexual cometió el error de vacilar brevemente.
– No.
Terri hizo una pausa. Mirada severa.
– Probaré de nuevo… ¿Alguna vez…?
– Una vez me llevó en su automóvil.
– ¿Adónde?
– Dijo que era parte de la terapia. Dijo que era muy importante para mí demostrarme a mí mismo que tenía control sobre…
– ¿Adonde lo llevó?
El delincuente sexual apartó la mirada.
– Me hizo pasar por delante de un par de colegios.
– ¿Qué colegios?
– El instituto de secundaria. Un colegio de primaria a dos calles. No recuerdo el nombre.
– ¿No lo recuerda? Otra vez el delincuente sexual vaciló. -Colegio Kennedy -respondió.
– ¿No el colegio Wildwood, ni el Fort River?
– No -espetó Wolfe-. No pasamos por ésos.
Terri Collins hizo otra pausa.
– Pero se sabe los nombres, y apuesto a que también sabe las direcciones.
Wolfe volvió la cabeza, pero no trató de moverse. No respondió a la pregunta porque estaba claro que los sabía. Adrián imaginaba que también podría decirles los horarios de todos los días, a qué hora llegaban los estudiantes, a qué hora se iban, cuándo llenaban el patio a la hora de los recreos. La detective escribió lentamente un par de notas antes de continuar.
– Así que pasaron por delante de esos centros de enseñanza. ¿No se detuvieron?
– No.
Adrián supo que estaba mintiendo.
– Usted fue acusado de retención indebida de una persona… -comenzó Terri, pero el delincuente sexual la interrumpió.
– Mire, sólo llevé en el coche a esa niña. Eso es todo. Jamás la toqué…
– En el coche con la bragueta abierta. -Wolfe frunció el ceño y no respondió-. ¿Alguna vez ha ido a la casa de su médico?
Esto debió de sorprender al delincuente sexual.
– ¡No! -espetó.
– ¿Sabe usted dónde vive?
– No.
– ¿Alguna vez ha visto a su familia?
– No. Eso no forma parte de la terapia.
– Dígame de qué hablan.
– Me pregunta qué es lo que pienso y lo que siento cuando veo… -Se detuvo en ese punto para respirar hondo-. Quiere que hable de todo lo que se me cruza por la cabeza. Le digo la verdad. Es difícil, pero estoy aprendiendo a controlarme a mí mismo. No necesito… -Otra vez se detuvo.
Adrián se sentía casi hipnotizado por la manera en que Terri interrogaba a fondo al delincuente sexual sin darle ninguna indicación de lo que realmente estaba buscando. Pero cuando escuchó el último comentario de Wolfe, algo se alzó en el fondo de su propia imaginación. Trató de recordar sus propios estudios, los momentos clínicos en el laboratorio. Un estímulo, pensó. Un sujeto podía tener una serie normal de respuestas ante una situación hasta que un estímulo extra era introducido en la ecuación. Entonces la capacidad de controlar las emociones cambiaba, y a veces se perdía.
En un cine, cuando el malo armado con un cuchillo salta fuera de la oscuridad, todos gritamos. Cuando un automóvil derrapa fuera de control sobre el asfalto mojado, el ritmo cardíaco, la actividad glandular, las ondas cerebrales, todo aumenta a medida que luchamos contra el pánico. Fuera de control. Se preguntó si su esposa había tenido miedo cuando condujo su automóvil contra aquel roble. No, pensó, sentía alivio porque estaba haciendo lo que creía que quería. Adrián inclinó la cabeza, tratando de escuchar la voz de su esposa. No estaba allí, pero había algo.
Tenía la sensación de que había una mano sobre su hombro, tratando de hacer que se diera la vuelta y mirara algo. La sensación se agudizó, como si lo estuvieran agarrando apremiantemente. Sin embargo, miró al exhibicionista. Ponle frente a una escena normal en la que hay escolares y su fantasía se desatará. Otras personas ven a niños jugando donde Mark Wolfe veía objetos de deseo. Adrián quería odiar en vez de comprender. El odio es mucho más fácil.
– Mire, detective, estoy mucho mejor. El doctor West me ha ayudado realmente. Usted tal vez no lo crea, pero es verdad. Pregúntele a él.
Terri asintió con la cabeza.
– Lo haré. ¿Comprende usted que fue una infracción pasar en automóvil frente a esos centros de enseñanza incluso con su terapeuta?
– Él me dijo que no lo sería. Dijo que mi oficial de libertad condicional lo había aprobado. Y no nos detuvimos.
Terri asintió con la cabeza otra vez. Ella no se lo cree, se dio cuenta Adrián. Y tiene razón en no hacerlo.
– Muy bien, voy a verificarlo. Hemos terminado con esto. -Cerró su libreta, le hizo un gesto a Adrián, pero entonces se detuvo y le preguntó abruptamente-: ¿Quién es Jennifer Riggins?
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