John Katzenbach - El profesor

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Adrian Thomas es un profesor universitario retirado, al que acaban de diagnosticarle una demencia degenerativa que lo llevará pronto a la muerte. Ha dedicado toda su vida a estudiar los procesos de la mente y a transmitir a sus alumnos todo su conocimiento. Ahora, jubilado, viudo y enfermo cree que lo mejor que puede hacer es quitarse la vida. Pero al salir del consultorio del médico es testigo involuntario del secuestro de Jennifer Riggins, una conflictiva adolescente de dieciséis años con un largo historial de huidas, que desaparece sin dejar rastro dentro de una camioneta conducida por una mujer rubia. El profesor Thomas se debate entre poner fin a su vida y ser útil una última vez antes de morir. Decide ayudar a encontrar a Jennifer, intentar darle la oportunidad de vivir su joven vida. Para eso debe sumergirse en el oscuro mundo de la pornografía en Internet, un mundo perverso y criminal donde todo su saber académico se pone en juego, y donde debe utilizar los pocos momentos de lucidez para avanzar en una investigación para la que hay muy poco tiempo?

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Mark Wolfe se mostró perplejo.

– ¿Quién?

– Jennifer Riggins. ¿Dónde está? -No conozco a ninguna…

– Si me miente, volverá a la cárcel.

– No conozco ese nombre. Nunca lo he oído antes.

Terri sacó su libreta otra vez y escribió algo.

– ¿Sabe usted que es delito mentirle a un oficial de policía?

– Le estoy diciendo la verdad. No sé de quién está hablando.

Adrián vio muchas cosas en la cara del delincuente sexual. Es extraordinario, pensó, cómo mezcla verdades y mentiras.

– Creo que volveré a hablar con usted otra vez -anunció Terri-. No tiene planes de viajar, ¿verdad? -Ésa no era realmente una pregunta. Era una orden. Se volvió hacia Adrián-. Está bien, profesor, hemos terminado aquí por esta noche.

Adrián sabía que tenía cien preguntas para hacer, pero no podía pensar en ninguna en ese momento. Dio un paso adelante y sintió como si alguien a su lado estuviera susurrándole en la oreja. Brian, tiene que ser él. Se detuvo.

– ¿Tiene usted ordenador? -espetó.

Terri se detuvo en la puerta. Pensó que ésa era una buena pregunta.

– Respóndale, Mark. ¿Tiene usted un ordenador?

El delincuente sexual asintió con la cabeza.

– ¿Para qué usa el ordenador?

– Nada especial. Correo electrónico y para enterarme de los resultados deportivos.

– ¿Quién le envía correos electrónicos?

– Conozco a algunas personas. Tengo amigos.

– Seguro que sí -replicó Terri-. Me lo llevaré.

– Necesita una orden judicial.

– ¿En serio?

Wolfe vaciló.

– Lo traeré. Está en mi habitación.

– Iremos con usted. Siguieron a Wolfe por la cocina.

– ¿Puedo hacer ganchillo ya? -preguntó la anciana-. ¿Quiénes son tus amigos? -Él miró furioso a su madre y abrió la puerta de su dormitorio. Adrián vio alguna ropa de trabajo desparramada. Algunas revistas pornográficas usadas, un par de libros y una mesa pequeña con un ordenador portátil. Wolfe atravesó la habitación, se acercó al portátil, lo desenchufó y se lo entregó a Terri.

– ¿ Cuándo podré…?

– En uno o dos días. ¿Cuál es su contraseña?

Wolfe vaciló.

– ¿Cuál es su contraseña? -preguntó ella otra vez.

– El-hombre-de-los-caramelos -respondió.

Terri cogió el ordenador.

– Sí. Ya veo -dijo-. Está mejorando.

Mientras ella se ponía el ordenador bajo el brazo, Adrián pensó que se lo había entregado sin demasiada resistencia. No tenía sentido. De todas maneras, se volvió rápidamente y trató de retener lo más que pudiera acerca de lo que la habitación podría decir del hombre que la ocupaba. Deseó haber podido leer los títulos de los libros. También sospechó que podría haber un cajón lleno de DVD. Pero la habitación tenía aspecto de sencillez, de vacío. Una cama individual, una cómoda, la mesa y una dura silla de madera. Nada que dijera demasiado.

Sólo que, supuso, tal vez significara algo. Cuando giró para retirarse, inmediatamente detrás de la detective y el exhibicionista, escuchó un susurro: Sustituto. La idea llegó tan rápidamente que se deslizó a través de su mente casi como arena por entre sus dedos. Dio media vuelta, pero no había nadie ahí. No comprendía la palabra, pero le siguió molestando mientras seguía los pasos de la detective y del delincuente sexual hacia la puerta de calle.

* * *

El viejo profesor y la detective viajaban en silencio.

Ella había dejado el ordenador en el asiento de atrás, sabiendo que no era realmente una prueba de nada y probablemente no iba a ser más que una pérdida de tiempo revisar sus archivos. La relación entre el delincuente y Scott West era lo que la preocupaba, pero no podía dejar de ver la firme posibilidad de que se tratara de una simple coincidencia. Sabía que había mentiras en lo que Mark Wolfe le había dicho, pero sus antenas no habían recogido el tipo de mentira que pudiera conducirla en una dirección u otra. Tamborileó con los dedos sobre el volante, mientras conducía por la oscuridad hacia la casa del anciano.

El se mostraba excepcionalmente silencioso.

– ¿Qué es lo que le inquieta? -preguntó ella de repente.

Él pareció guardar los recuerdos o imágenes que estaba procesando antes de responder.

– Jennifer -respondió en voz baja-. ¿Cuáles son las posibilidades de que la encontremos, detective?

– No muchas -replicó ella-. En nuestra sociedad no es tan difícil desaparecer como la gente piensa. O que hagan que uno desaparezca.

Adrián pareció pensar profundamente.

– ¿Usted cree que hay algo en ese ordenador…?

Lo interrumpió:

– No.

Él se giró a medias en su asiento, como si la respuesta necesitara alguna ampliación. Ella lo complació.

– Tendrá algunas cosas preocupantes. Tal vez algo de pornografía común. No me sorprendería encontrar algo de pornografía infantil escondida en algún archivo. Tal vez alguna otra cosa que indique que el buen doctor West no está haciendo un trabajo de terapia del todo eficaz como probablemente él imagina. Pero ¿algo sobre Jennifer? ¿Cuál sería la conexión? No. No lo creo. Buscaré. Pero no soy optimista.

Adrián asintió lentamente con la cabeza.

– Me pareció que toda la conversación fue provocativa -dijo. Su voz era apenas poco más que un susurro-. Nunca antes había hablado con un hombre de esta manera. Fue instructivo.

– ¿Escuchó algo que pueda ayudar? -Terri hizo esta pregunta más por educación que porque creyera que él pudiera en realidad haber notado algo importante.

– ¿Eso es lo que hacen los detectives? -preguntó Adrián-. ¿Procesan la información muy rápidamente? Ella se rió.

– No es como una clase, profesor. A veces no hay mucho tiempo y uno tiene que ver las respuestas con mucha rapidez. En los casos de homicidio les gusta hablar de las primeras cuarenta y ocho horas. A decir verdad fue un maldito programa de televisión el que dijo eso. El margen es más pequeño en algunos delitos, un poco más grande en otros. Pero uno tiene que ver con mucha rapidez, si no las respuestas, por lo menos el lugar donde encontrarlas. -Terri suspiró-. Ya hemos llegado mucho más allá de esos márgenes en el caso de Jennifer.

Adrián pareció pensar en eso.

– Jennifer necesita más tiempo -dijo-. Espero que lo tenga.

Terri se dio cuenta de que el anciano no le desagradaba. Estaba persuadida de que era sincero en sus esfuerzos por ayudar. Esto le llegó como una suerte de revelación; por lo general los civiles sólo logran interponerse torpemente en el camino de la ejecución de la ley. Es mucha la gente que ha visto demasiada televisión y cree que efectivamente sabe algo. Obstáculos, no ayuda, pensó ella. Esto era una parte de su entrenamiento y de su experiencia. Pero, por otra parte, el anciano que estaba sentado a su lado -que parecía pasar de la observación aguda a la insistencia absorbente y luego a un planeta diferente- no era como la mayor parte de los entrometidos y bienintencionados a los que estaba acostumbrada. Detuvo el vehículo delante de la casa del profesor.

– Servicio de puerta a puerta -anunció ella.

– Gracias -dijo Adrián al bajar-. Quizá usted quiera llamarme con cualquier información que pueda conseguir…

– Profesor, déjeme el trabajo policial a mí. Si hay algo en lo que yo crea que usted puede ayudar, lo llamaré.

Le pareció que el anciano estaba alicaído. Jennifer ha desaparecido, pensó ella, y él se culpa a sí mismo. Hay una diferencia entre el policía -para quien las más grandes tragedias son una parte de su rutina diaria- y las personas que sienten que han sido convertidas en algo especial al verse involucradas en un delito. Es algo que sobrepasa tanto su vida cotidiana que no solamente los fascina, sino que puede volverlos obsesivos. Pero para una policía como Terri aquello no era más que algo normal. Trágico, pero normal.

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