Entonces, en ese mismo instante, se dio cuenta de que no tenía opciones. El hombre había sido específico. Cosa que subrayó al gruñir:
– Estamos todos esperando, Número 4.
Lentamente se desabrochó el sujetador y lo puso en el borde de la cama. Luego se quitó las bragas. Eso fue casi doloroso. Instantáneamente una de sus manos descendió más allá de la cintura, tratando de cubrirse la región del pubis. La otra la puso encima de sus pechos pequeños. Detrás de la venda, podía sentir los ojos del hombre que la quemaban, recorriendo su cuerpo, inspeccionándola como un trozo de carne.
– Vamos, higienícese -ordenó el hombre.
Se agachó tan pudorosamente como pudo y metió el paño en el agua para luego frotarlo con jabón. Luego se puso de pie y empezó a limpiarse, sistemáticamente, lentamente. Los pies. Las piernas. El vientre. El pecho. Las axilas. El cuello. La cara, con cuidado de no sacar la venda, tratando de mantener toda la dignidad que pudiera.
Para su sorpresa, el contacto de la espuma sobre su piel fue casi erótico. En pocos segundos se dio cuenta de que nunca hasta entonces había sentido algo tan maravilloso como la sensación de lavarse. La habitación, la cadena alrededor del cuello, la cama, todo desapareció. Fue como quitarse el miedo y de pronto las inhibiciones quedaron a un lado. Se pasó el paño enjabonado sobre los pechos y luego en la entrepierna y los muslos. Sintió como si alguien estuviera acariciándola. Pensó en una ocasión cuando se bañó desnuda y se zambulló en las olas saladas de principios de verano en el cabo, o cuando jugaba en el agua fresca y rápida de un río en una calurosa tarde de agosto, ésas eran sensaciones que se acercaban a lo que estaba experimentando ahora.
Luego se frotó con fuerza el cuerpo, como si quisiera arrancar una capa, igual que una serpiente que muda su vieja piel, para así poder brillar. Era consciente de que el hombre la estaba mirando, pero cada vez que sentía que la cohibición por su cuerpo trataba de oscurecer el placer de lavarse, ella simplemente se repetía a sí misma: Jódete, jódete, jódete, bastardo, como si se tratara de un mantra oriental. Eso hacía que se sintiera todavía mejor.
Estiró la mano para lavarse el brazo y de pronto oyó:
– No. Ahí no.
Se detuvo. La voz del hombre continuó, sin estridencias pero de manera insistente:
– En la parte más baja del abdomen, junto a la cadera y cerca de la entrepierna va a sentir algo como un apósito adhesivo ligeramente levantado. No lo toque.
Jennifer se tocó ese lugar y sintió lo que la voz había descrito. Asintió con la cabeza.
– El pelo -dijo. Quería desesperadamente lavarse el pelo.
– En otro momento -ordenó el hombre.
Jennifer continuó, metiendo el paño en el cubo y luego usando el jabón. Volvió a lavarse la cara. Tomó un borde de la tela y aunque el sabor era horrible, lo frotó sobre los dientes y encías. Recorrió cada parte de su cuerpo a la que alcanzaba una vez, dos veces.
– Bien. Terminado -indicó el hombre-. Ponga el paño de lavarse en el cubo. Use la toalla para secarse. Vuelva a ponerse la ropa interior. Regrese a la cama.
Jennifer hizo exactamente lo que se le decía. Se frotó con la áspera toalla de algodón. Luego, como un ciego, tanteó la cama hasta que encontró las dos prendas y volvió a ponérselas, cubriendo ligeramente su desnudez. Escuchó el ruido del cubo al ser levantado, y luego pasos sordos que atravesaban la habitación hacia la puerta.
Jennifer no supo qué fue lo que se apoderó de ella precisamente en ese instante. Quizá fue la energía que el ejercicio le había dado a su corazón y a sus músculos, o tal vez fue la fuerza que la comida le había proporcionado, o la sensación de renovación que le dio el baño. Lo cierto es que inclinó la cabeza hacia atrás, se llevó la mano hasta la cara y, de manera impulsiva, levantó el borde de la venda, sólo por un instante.
* * *
Cuando Michael se quitó su ropa interior, negra, larga y ajustada, junto con el pasamontañas, para ponerse un par de vaqueros gastados, Linda ya estaba escribiendo furiosamente en el teclado. Todavía estaba vestida con su arrugado traje de seguridad.
– ¡Mira! -dijo sin levantar la cabeza-. ¡El panel se ha encendido!
La pantalla de mensajes interactiva que acompañaba a whatcomesnext.comse estaba llenando con mensajes simultáneos de todas partes del mundo. La pasión, la emoción y la fascinación se redoblaban. A los espectadores les había encantado la desnudez de la Número 4, habían adorado los ejercicios, se habían enamorado de su manera casi animal de devorar la comida. Eran testimonios de amor.
No eran pocos los que querían saber más acerca de la Número 4. «¿Quién es? ¿De dónde es?». Desde Francia un hombre escribió: «Siento que es una posesión mía». Linda puso el mensaje en un servicio de traducción de Google antes de leer las palabras «como mi automóvil, o mi casa, o mi trabajo… Tengo que tener más intimidad con la Número 4. Me pertenece».
Otro espectador de Sri Lanka escribió: «Más primeros planos. Primeros planos extremos. Necesitamos estar todavía más cerca de ella todo el tiempo».
Esa era una petición que técnicamente, pensó Michael, podía ser satisfecha fácilmente con cualquiera de las cámaras de la habitación. Pero también era lo suficientemente listo como para entender que ese «primer plano» significaba algo más que sólo un ángulo de cámara.
– Creo que tenemos que hablar de la dirección en la que todo esto podría ir -le dijo a Linda-. Y creo decididamente que tendría que hacer algunos ajustes en los guiones.
Michael seguía mirando. Cada ve/, llegaban más mensajes a sus ordenadores.
– Es importante -observó- que nosotros tengamos siempre el control. Atenernos a los guiones. Atenernos a lo planeado. A ellos les tiene que parecer espontáneo… -hizo un gesto hacia la pantalla-, pero nosotros siempre tenemos que saber hacia dónde vamos.
Linda estaba a la vez indecisa y excitada. Ambos sabían que había un delgado límite entre el anonimato y el hecho de quedar expuestos. Sabían que tenían que ser cautelosos con las peticiones que vinieran desde lugares ocultos. La voz de Linda se hacía más entusiasta a medida que hablaba.
– Creo que la Número 4 puede ser el sujeto más querido por la gente que nunca hayamos tenido -exclamó-. Eso va a traer dinero. Mucho dinero. Pero es también peligroso.
Michael asintió con la cabeza. Le tocó el dorso de la mano.
– Tenemos que tener cuidado. Ellos quieren ver y saber más. Pero tenemos que tener cuidado. -Se rió, aunque nadie había dicho nada gracioso-. ¿Quién hubiera supuesto que una adolescente haría que la gente…? -vaciló-, no sé…, ¿se fascinara? ¿Es la palabra correcta? ¿El mundo entero está formado por personas que quieren seducir a jóvenes de dieciséis años?
Linda dejó escapar una carcajada.
– Tal vez tengas razón -dijo-. Sólo que «seducir» no es la palabra adecuada. -Miró a Michael, que estaba sonriendo. Había algo en la manera oblicua en que él torcía su labio superior cuando consideraba que algo era divertido que ella encontraba absolutamente atractivo. Estaba segura de que ellos dos eran los únicos sujetos puros que quedaban en todo el mundo. Todos los demás eran retorcidos y perversos. Ellos se tenían el uno al otro. Le temblaron los hombros y un escalofrío le recorrió la espalda. Estaba convencida de que cada minuto que Serie # 4 estaba en el aire hacía que ella y Michael estuvieran más cerca. Era como si ellos dos estuvieran en un plano de existencia totalmente diferente. Todo era erótico. Todo fantasía. El peligro la excitaba.
Linda regresó a la pantalla y terminó de escribir un mensaje, que se limitaba a decir: «La Número 4 hoy está viva, pero ¿qué ocurrirá mañana?». Apretó la tecla de enviar y la frase partió a través de Internet a miles de abonados.
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