Ella vaciló. El nombre disparaba alguna chispa, algo hacía ruido en algún recoveco de su memoria. Pero no podía ubicarlo inmediatamente.
– Un delincuente sexual condenado. Un exhibicionista con una predilección especial por niñas adolescentes. No vive lejos, en las afueras de pueblo. ¿Eso la ayuda?
El ruido aumentó. Ella sabía que el nombre estaba en una de las hojas de papel que había ocultado a los ojos de Adrián sobre su mesa. Asintió con la cabeza, mientras interiormente trataba de bosquejar una imagen de aquel hombre. Gafas. Gruesos cristales con montura negra. Recordó eso de una foto del archivo policial.
Se balanceó hacia atrás en su silla y le hizo un gesto a Adrián para que tomara asiento. Pero él permaneció de pie. Ella lo vio rígido y se preguntó adonde había ido a parar la mirada distraída. Se preguntó también cuándo iba a retornar.
– Lo he visto hoy…
– ¿Lo ha visto?
– Sí. Y…
– ¿Cómo supo usted quién era? -Adrián metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y le entregó un montón de papeles arrugados. Terri vio que se trataba de listas impresas de delincuentes sexuales locales sacadas de la web-. Y Wolfe…, por qué lo eligió a él…
– Parecía lo más lógico. Desde el punto de vista de un psicólogo.
– ¿Y cuál es exactamente esa perspectiva, profesor?
– Los exhibicionistas viven en un curioso mundo de fantasía. A menudo obtienen excitación y satisfacción sexual al exhibirse y desatan la fantasía de que las mujeres que los vean (en el caso de este hombre, mujeres muy jóvenes) se sentirán mágicamente atraídas hacia ellos, en lugar de sentir repulsión, que es lo que ocurre realmente. El acto de exhibirse les desata la fantasía.
Terri podía escuchar los tonos mesurados de una clase en cada palabra.
– Sí. Todo está muy bien y claro, pero ¿qué tiene que ver él…?
Adrián la interrumpió otra vez:
– Esta noche al salir de su trabajo le he visto entrar en el consultorio donde Scott West recibe a sus pacientes.
Terri no reaccionó de inmediato. Esa era la primera lección que recibía un policía: mantener la cara inexpresiva. Interiormente, ella estalló. ¿Cómo ha sabido el profesor que ha ido después del trabajo? ¿Por qué lo estaba siguiendo? Frunció los labios y decidió hacerse la tonta.
– Sí, ¿y…? -preguntó.
– ¿Esto no le parece raro, detective? ¿Tal vez relevante?
– Sí. Así es, profesor.
Ése fue un renuente gesto de honestidad.
– Recuerdo que se mostró muy firme al asegurar que ninguno de sus pacientes, actuales o del pasado, podría tener algo que ver con…
– Sí. Yo también escuché eso, profesor Thomas. Pero usted está haciendo suposiciones que todavía no… -Adrián pareció concentrar su mirada para enfocarla directamente a ella. Ella se detuvo. No quería parecer tonta.
– ¿No le parece que eso requiere alguna investigación? -Creo que sí.
Hubo una pausa momentánea entre ellos dos. Luego Adrián dijo:
– Usted lo sabe, detective: si usted no la busca, lo haré yo.
– La estoy buscando, profesor. Esto no es como levantar una piedra, o abrir un cajón, o mirar detrás de una puerta y encontrarla. Se ha ido y hay datos contradictorios… -Otra vez ella interrumpió sus propias palabras. Metió la mano debajo de los papeles amontonados en su escritorio y retiró el volante que había preparado. Tenía la fotografía de Jennifer arriba, debajo de la palabra «Desaparecida», y había una lista de sus datos personales y teléfonos para ponerse en contacto. Era el tipo de octavilla que se podía ver todos los días en las oficinas de policía y en los edificios del gobierno. Era ligeramente más exhaustivo que las octavillas hechas a mano buscando un perro o un gato perdido que la gente clava en los troncos de los árboles y en los postes de teléfonos de los barrios periféricos-. La estoy buscando -repitió-. Eso ha sido repartido en oficinas locales de la policía y en los cuarteles de la policía del Estado en toda Nueva Inglaterra.
– ¿Con cuánta atención va a buscarla esa gente?
– Usted no espera que yo responda a esa pregunta, ¿verdad?
– Usted sabe, detective, que hay una diferencia entre buscar a alguien y esperar a que alguien diga: «Acabo de encontrar a alguien».
Los ojos de Terri se entrecerraron. No le gustaba que un profesor la sermoneara sobre su trabajo.
– Ésa es una diferencia con la que estoy familiarizada, profesor -respondió fríamente.
Adrián observó la octavilla. Miró la fotografía de Jennifer. Estaba sonriendo, como si no tuviera ninguna preocupación en el mundo. Ambos sabían que esa imagen era una mentira. Adrián vio que su mano se ponía tensa y empezaba a arrugar la octavilla de papel, como si necesitara agarrarla con fuerza para que no escapara de su mano. Dio un paso hacia atrás. Podía escuchar ruidos raros que resonaban en su cabeza…, no las voces que ya conocía, sino ruidos como de papel rasgado o metal retorcido. Se sentía vacío por dentro, como si el hambre estuviera royéndole el estómago, aunque no podía pensar en la comida que deseaba comer. Los músculos de sus brazos se pusieron tensos, y enderezó la espalda, como si hubiera estado inclinado en la misma posición durante demasiado tiempo o padeciera de la rigidez propia de un corredor o hubiera hecho demasiado esfuerzo en un día de calor. Luchó contra el deseo de descansar. No podía detenerse, no podía hacer una pausa, no podía cerrar los ojos por un instante porque ése sería el momento en que perdería a Jennifer para siempre.
Pensaba que Jennifer era exactamente igual a todas las alucinaciones en su vida. Existió alguna vez, y en ese momento tenía que esforzarse mucho para evitar que se desvaneciera. Todavía era real, pero sólo levemente, y cualquier cosa que pudiera identificar que le diera sustancia era un paso para encontrarla. Deseó no haber devuelto la gorra de béisbol rosa a la madre de Jennifer. Eso era algo real, algo que podía tocar. Se preguntó si podría percibir su olor de la gorra, como un sabueso, y luego seguir la pista. Respiraba rápidamente. Un conocido delincuente sexual relacionado con la familia de Jennifer. Eso tema que significar algo, pensó Adrián. Pero no sabía qué.
– ¿Profesor?
Él siguió ensimismado.
– ¿Profesor?
Iba a enfrentar al hombre. Iba a obligarle a decirle algo que le ayudara a llegar a Jennifer.
– ¡Profesor!
Bajó la vista y vio que estaba agarrado al borde de la mesa de la detective Collins y que sus nudillos se habían puesto blancos.
– ¿Sí?
– ¿Está usted bien?
Terri vio que la cara enrojecida de Adrián recuperaba lentamente su color normal. El respiró hondo.
– Lo siento. ¿Hay algo…?
– Parecía que estaba en otra parte. Y luego ha sido como si tratara de levantar la mesa o algo así. ¿Se siente bien? -volvió a preguntar.
– Sí -respondió-. Lo siento. Es sólo la vejez. Y ese nuevo tratamiento que le mencioné el otro día. Me distraigo.
Ella lo miró y pensó dos cosas: No es tan viejo y Está mintiendo.
Adrián exhaló lentamente.
– Mis disculpas, detective. Me siento muy comprometido con este caso de la niña desaparecida. Jennifer. Me…, me fascina. No puedo quitarme de la cabeza la idea de que mi experiencia y mis conocimientos de psicología son útiles. Entiendo que ustedes tengan que atenerse a los procedimientos y que haya protocolos que seguir. Esas cosas eran en otro tiempo muy importantes en mi tipo de trabajo. El conocimiento sin los procedimientos establecidos es a menudo inútil, sin importar lo valioso que parezca.
Otra vez, aquello parecía una lección a Terri, pero esta vez no la molestó. Tuvo la impresión de que el anciano tenía buenas intenciones. Aun cuando su mente fuera y volviera cada vez que se ponían a hablar. Y estaba segura de que no sólo por la medicación. Observó a Adrián como si pudiera diagnosticar qué era lo que le volvía tan errático sólo por la intensidad de su mirada.
Читать дальше